sábado, 15 de octubre de 2022

Entre la memoria crítica y la empática: un peinado a contrapelo de la narrativa latinoamericana.

 

1.   El anhelo de paz y justicia: los disensos sobre la historia y la memoria.

En los países que conforman el vasto continente latinoamericano escuchamos un clamor generalizado: ¡Paz y Justicia! Este reclamo colectivo expresa un consenso que en el plano discursivo parecería no presentar fisuras y que se ha convertido en una consigna que nos unifica como sociedad. Líderes políticos de todos las facciones, funcionarios del gobierno, representantes de obreros, campesinos y empresarios, los medios de comunicación sin importar sus políticas editoriales, dirigentes de organizaciones civiles y de grupos indígenas, académicos, estudiantes, intelectuales, artistas, sacerdotes, militares y diplomáticos, por citar algunos de los más importantes, concuerdan que para poder transitar a una forma de vida más armónica se requiere reconocer las injusticias del pasado, atender las exigencias del presente y proyectar un futuro de paz para todos.

En esta formulación se presenta una situación ideal donde se pretenden resolver desde los imperativos del presente las injusticias del pasado para generar un acuerdo que permita contener la violencia y ofrecer una posibilidad para la paz. Podemos suponer que la mayoría de los integrantes de la sociedad estarían de acuerdo con esta propuesta ya que el anhelo de paz y el sentido de justicia se podrían considerar aspiraciones valoradas positivamente. En este sentido podríamos suponer que a partir de una correcta instrumentación de las políticas en el presente y un reconocimiento de las injusticias cometidas en pasado podríamos abrigar la esperanza de una futura convivencia pacífica.

La realidad, sin embargo, transita por otras vías ya que no sólo no existe un acuerdo sobre la manera de organizar nuestro presente y tampoco lo hay cuando buscamos recuperar el pasado con la intención de hacerle justicia a las víctimas. Las discrepancias con respecto a las políticas en la actualidad llegan a manifestarse como conflictos y tienen su proyección en la definición de lo acontecido y en las interpretaciones sobre el significado de la memoria. En este sentido, todo anhelo de paz debe partir de un reconocimiento de estas visiones encontradas que se disputan los derechos de herencia con respecto al sufrimiento.   

En los últimos años hemos sido testigos de un debate sobre la forma de recuperar lo que se ha entendido como la historia de nuestras naciones: por un lado, tenemos la visión de los historiadores y por el otro, la de aquellos que sostienen que la aproximación debe hacerse desde la ‘memoria’ y defienden que la única forma de evitar que los males ocurridos se repitan es recuperando el testimonio de las víctimas, reconocer su sufrimiento y hacerles justicia. A continuación, analizaremos la última propuesta desde la perspectiva que nos plantean algunos de sus más importantes promotores, para pasar luego al estudio de los dos momentos considerados fundacionales en la narrativa de lo que se ha denominado Latinoamérica: el de la Conquista y el de la Independencia.

 

2.   Historia, memoria y memoria crítica.

Walter Benjamin fue un filósofo alemán víctima del nazismo, tuvo que salir de Alemania para refugiarse en Francia y cuando ésta fue ocupada por Hitler buscó huir, pero al no poder cruzar la frontera hacia España terminó quitándose la vida. En sus Tesis sobre la filosofía de la historia, publicadas después de su muerte, advierte del peligro que conlleva la utilización de la historia en la justificación de las políticas del presente a partir de la prefiguración de un futuro emancipador pero que en la realidad nos conduce a la destrucción.  A este dispositivo imaginario donde el pasado y el futuro se articulan para justificar la violencia en el presente lo define como progreso[1].  Para este filósofo la tarea del historiador materialista debe consistir en desarticular este complejo mecanismo. Así es como lo expone en la tesis número 7:

7

LA HISTORIA, ESCRITURA DE LOS VENCEDORES

O POR QUÉ TODO DOCUMENTO DE CULTURA LO ES TAMBIÉN DE BARBARIE

Considerad cuán oscuro y helador es este valle que resuena a lamentos

(Brecht, La ópera de tres centavos)

 

Fustel de Coulanges recomienda al historiador que quiera revivir una época, que se quite de la cabeza todo lo que sepa sobre lo que ocurrió después. Mejor no se puede describir el método con el que ha roto el materialismo histórico. Es el método de empatía. Nace de la desidia del corazón, de la acedía, que da por perdida la posibilidad de adueñarse de la auténtica imagen histórica, esa que brilla fugazmente. Los teólogos de la Edad Media la consideraban causa profunda de la tristeza. Flaubert, que la conocía bien, escribe: ‘Pocos se imaginan cuánta tristeza fue necesaria para resucitar Cartago’. La naturaleza de esa tristeza se hace más evidente cuando se plantea la pregunta de con quién entra en empatía el historiador historicista. La respuesta es que, innegablemente, con el vencedor. Ahora bien, quienes dominan una vez se convierten en herederos de todos los que han vencido hasta ahora. La empatía con el vencedor siempre les viene bien a quienes mandan en cada momento. Para el materialista histórico, con lo dicho ya es bastante. Quien hasta el día de hoy haya conseguido alguna victoria, desfila con el cortejo triunfal en el que los dominadores actuales marchan sobre los que hoy yacen en tierra. Como suele ser habitual, al cortejo triunfal acompaña el botín. Se le nombra con la expresión de bienes culturales. El materialista histórico tiene que considerarlos con un aire distanciado. [Sie werden im historischen Materialisten mit einen distanzierten Betrachter zu recchen haben]. Todos los bienes culturales que él abarca con la mirada tienen en conjunto, efectivamente, un origen que él no puede contemplar sin espanto. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. No hay un solo documento de cultura que no sea a la vez de barbarie. Y si el documento no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión de unas manos a otras. Por eso el materialismo histórico toma sus distancias en la medida posible. Considera tarea suya cepillar la historia a contrapelo. (Walter Benjamin en Mate, 2006, pág. 130).

 

En esta tesis el filósofo alemán identifica el elemento que guía al ‘historiador historicista’ en su forma de recuperar el pasado; nos dice que su método es la ‘empatía con el vencedor’. La utilización de este recurso emocional tiene como finalidad que los habitantes del presente se identifiquen con los vencedores en el pasado y no con las víctimas que se encontraban entre los vencidos o que resultaron afectadas sin haber sido parte del conflicto. Benjamin recurre a la psicología para explicar la manera en la que se escribe la historia desde la perspectiva de los vencedores y que define como el ‘cortejo triunfal’ que ‘acompaña’ el botín y que él identifica con la expresión de ‘bienes culturales’, a lo que se apela es a la tristeza. El filósofo nos dice también que este sentimiento surge ante la imposibilidad de saber que fue lo que realmente sucedió, como una expresión emocional de impotencia que es recogida por el vencedor, invitando a superarla al identificarse con la alegría del victorioso. Benjamin regresará sobre esta idea en su tesis IX al describir al ángel de la historia:  

El ángel de la historia tiene que parecérsele. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. Lo que a nosotros se presenta como una cadena de acontecimientos, él lo ve como una catástrofe única que acumula sin cesar ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer los fragmentos. Pero desde el paraíso sopla un viento huracanado que se arremolina en sus alas, tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. El huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el cúmulo de ruinas crece hasta el cielo. Eso que nosotros llamamos progreso es ese huracán.

 

La imagen de un ‘ángel de la historia’ impotente difícilmente podría simbolizar al materialista histórico en el que Benjamin depositaba la responsabilidad de una auténtica transformación de la sociedad, pero tampoco al historiador historicista que sólo ve datos donde el ángel ve ruinas. Al parecer, lo que el filósofo simboliza es el peligro de utilizar la empatía como recurso para responder ante el pasado cuando no se ‘toma distancia’ de éste, pues implica caer en la impotencia y la tristeza y sólo poder ver ruinas y dolor. Es entonces que aparecen las promesas de un futuro redentor, un ‘legítimo heredero’ del botín de los vencedores que ofrece una salida a la melancolía en la ficción del progreso.

Reyes Mate es un filósofo español contemporáneo que se ha especializado en el pensamiento judío en general y en el de Benjamin en particular. Su interés por esta corriente del pensamiento está motivado por lo sucedido en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y de manera especial con lo que se ha denominado como Holocausto, Shoah o Auschwitz. Muy influido por su maestro Metz recupera la tesis de Adorno donde sostiene que el imperativo de toda filosofía debe ser que Auschwitz no se repita[2]. Es en este sentido que Mate formula su concepto de memoria:  

Que no se repita Auschwitz significa, de entra­da, tenerlo presente, es decir, recordarlo; por eso el nuevo imperativo no se traduce en una máxima de acción, sino en algo previo, esto es, en el deber de recordar. De repente el pasado se carga de exigencia moral. El pasado no debe ser recordado solo more historico, sino también more ethico. Ahora bien, no hay que moralizar en exceso el pasado porque se trata de eso y de algo más. Adorno no dice que el nuevo imperativo con­sista en recordar para que no se repita -eso es lo que todo el mundo dice y repite-, sino en reorientar el pensamiento y la acción para que la barbarie no se repita. Recordar es re-pensar. (2018, pág. 14)

 

Lo que nos propone Reyes Mate es que re-pensemos a partir de la memoria, es aquí donde recurre a Benjamin y a sus citadas Tesis sobre filosofía de la historia. De acuerdo a su interpretación, para ‘peinar la historia a contrapelo’ debemos dirigirnos al pasado con un cambio de empatía: ya no por los vencedores ahora por los vencidos. El filósofo español propone que la identificación con las víctimas del pasado, que desarticularía la empatía con los vencedores, debe generarse a partir del sufrimiento. “Si queremos profundizar en el bien, tenemos que partir del sufrimiento y si queremos pensar la verdad, también” (Mate, 2018, pág. 14).

En esta interpretación de Benjamin que nos ofrece Reyes Mate establece dos maneras de recuperar el pasado: ya sea a partir de la empatía con los vencedores, que se traduce en la historia historicista, o el deber de memoria que surge al sentir empatía con el sufrimiento de las víctimas del pasado (Mate, 2018). Esta lectura que busca responder a la barbarie del Holocausto se desvía de lo que Benjamin realmente proponía: este autor sugiere como antídoto a la historia del vencedor no es la identificación con los vencidos sino ‘tomar distancia’ para ‘peinar la historia a contrapelo’. Lo que no queda claro en la propuesta del filósofo español es cómo ‘re-pensar’ por medio de la memoria ya que sólo se puede pensar a partir de los conceptos y no de los sentimientos.

Benjamin no dice mucho más, no explica en qué consiste esta toma de distancia por lo que habrá que seguir en la dirección que traza con sus imágenes filosóficas. El método del historiador materialista, a diferencia del historicista, debe evitar transitar exclusivamente por las emociones ya que el fomento de la tristeza termina avalando el triunfo de los vencedores y el acompañamiento del ‘desfile triunfal’ o la impotencia paralizante del ángel melancólico.

Si no es por medio de las emociones podemos deducir que la tarea le corresponde a la razón, pero se trata de una racionalidad crítica y no especulativa. Para comprender esta diferencia recuperemos lo que Adorno y Horkheimer señalan en su estudio sobre la Dialéctica de la Ilustración publicado pocos años después de la muerte de Walter Benjamin.

El juicio filosófico tiende a lo nuevo, y sin embargo no conoce nada nuevo, puesto que siempre repite sólo aquello que la razón ha puesto ya en el objeto. [...] Lo que existe de hecho es justificado, el conocimiento se limita a su repetición, el pensamiento se reduce a mera tautología. Cuanto más domina el aparato teórico todo cuanto existe, tanto más ciegamente se limita a repetirlo. De este modo, la Ilustración recae en la mitología, de la que nunca supo escapar. (1994, pág. 80)

 

La razón especulativa o lo que los filósofos de la Escuela de Frankfurt denominan ‘aparato teórico’ sólo considera verdadero lo que puede comprobarse con las reglas lógicas que se elaboran con los axiomas en los que se fundan las mismas reglas, de ahí su circularidad tautológica. De acuerdo a este funcionamiento del pensamiento todo aquello que queda fuera de este movimiento de validación no debe considerarse objeto de estudio del pensamiento filosófico.

El análisis de pasado que desarrollan los historiadores a partir de sus ‘aparatos teóricos’ cae en esta dinámica autorreferencial ya que es a partir de ciertos principios metodológicos determinados a priori que se hace la selección e interpretación de los documentos y las narrativas. Antes de comenzar la revisión, el historiador ya determinó que elementos deben buscarse y cómo organizarlos. En esta dinámica no hay posibilidad de recuperar lo que escapa al método, antes de comenzar a explorar ya se conoce de alguna manera el resultado. La ‘novedad’ queda reducida a nombres, fechas, lugares, estadísticas que terminan organizándose en un guión que ya estaba de alguna manera predeterminado.

La razón crítica busca escapar de esta dinámica autorreferencial de la especulación teórica recuperando lo contingente, lo irreductible al modelo tautológico. Es aquí donde el sufrimiento de la víctimas, del que habla Adorno en la cita que nos presenta Reyes Mate,  adquiere relevancia. Y para comprenderlo debemos recuperar un fragmento de la tesis 7” de Benjamin cuando escribe que “todos los bienes culturales que él abarca con la mirada tienen en conjunto, efectivamente, un origen que él no puede contemplar sin espanto. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos”. El autor nos remite sin lugar a dudas a la experiencia de la explotación al hablar de la ‘servidumbre anónima’ de aquellos sobre los que se cimienta la civilización; sin embargo, la parte crítica aparece en la siguiente afirmación: “no hay un solo documento de cultura que no sea a la vez de barbarie. Y si el documento no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión de unas manos a otras”.

Benjamin es muy contundente en esta afirmación al señalar que en todo proceso civilizatorio hay explotación y sufrimiento, pero nos deja claro que en esta dialéctica los elementos de cultura y de barbarie son inseparables y va más allá al afirmar que lo mismo ocurre con la trasmisión; es decir, con el lenguaje y por lo tanto con la misma razón. Dicho con otras palabras cuando hacemos memoria recurrimos a la razón que opera con la dialéctica cultura-barbarie. Nada escapa a este movimiento ni siquiera la ‘memoria’ ya que ésta es factible sólo a partir de la recuperación de los testimonios que, a final, son transmisión. El lenguaje y la articulación racional de palabras y conceptos son las únicas vías por las que puede transitar la memoria de las víctimas.

De vuelta a la propuesta de una razón crítica que pueda romper el doble peligro: el de la empatía y el de la violencia tautológica de la razón especulativa recuperemos lo que sostienen Adorno y Horkheimer:

Cada progreso de la civilización ha renovado, junto con el dominio, también la perspectiva hacia su mitigación. Pero mientras la historia real se halla entretejida de sufrimientos reales, que en modo alguno disminuyen proporcionalmente con el aumento de los medios para abolirlos, la realización de esa perspectiva depende del concepto. Pues éste no se limita sólo a distanciar, en cuanto ciencia, a los hombres de la naturaleza, sino que, además, en cuanto autorreflexión del pensamiento que en la forma de la ciencia permanece atado a la ciega tendencia económica, permite medir la distancia que eterniza la injusticia. (1994, pág. 83)

 

Lo que sostienen estos pensadores de la Escuela de Frankfurt es que en el ‘concepto’ y en la elaboración teórica se encuentran los dos elementos: el de la dominación y el de la perspectiva de su abolición. Las experiencias reales de sufrimiento sufren una transformación en el discurso del vencedor; se minimizan, trasvolaran e incluso se pretenden borrar[3]. La dialéctica se presenta en la misma transmisión ya que el vencedor al buscar borrar las huellas del sufrimiento causado da cuenta de su postura crítica frente al acto mismo y al presentarse como agente civilizatorio reproduce la contradicción que abre la posibilidad de terminar con el dominio[4].

A partir de estas precisiones es posible concluir que es por medio de la razón crítica que podemos ‘peinar la historia a contrapelo’, y que recurriendo al análisis deconstructivo de las narrativas de los vencedores es factible recuperar el sufrimiento que conlleva todo proceso civilizatorio. A esta forma de estudiar el pasado la denominaremos ‘memoria crítica’ que se distingue de la forma tradicional de hacer memoria porque parte del reconocimiento de los peligros que conlleva la utilización de los sentimientos para generar una empatía con las víctimas y como mecanismo utilizado por los dominadores que se erigen como representantes de las víctimas y a su nombre se presentan a ‘cobrar el testamento’.  

Uno de los elementos fundamentales que deben acompañar la memoria crítica es la definición de lo que entendemos por víctima en cuanto merecedora de justicia. Esta condición de víctima está determinada por una situación específica en un contexto singular y complejo. Si nos limitamos a la pura identificación de las personas que resultaron afectadas no podemos discernir claramente cuando se ha cometido una injusticia ya que en una conflagración hay ‘víctimas’ de ambos lados sin importar quiénes fueron los agresores y cuáles los agredidos. Tan lo fueron, los que murieron a manos de los nazis como los propios soldados alemanes que fallecieron en los combates o en los ataques de las distintas resistencias.

Sin embargo, para ‘peinar a contrapelo’ por medio de la memoria crítica es necesario hacer distinciones, aquí la pura identificación del sufrimiento no es suficiente, por lo que se hace necesario analizar críticamente los pormenores que llevaron a la situación específica estableciendo los márgenes de responsabilidad y el grado de inocencia. Esta tarea se complica cuando vemos que en cada situación concreta es difícil determinar cuándo una persona amenazada por su opresor colabora en el crimen[5].

Por medio de lo que hemos definido como ‘memoria crítica’ podemos ‘peinar a contrapelo’ la historiografía historicista con la que se configura el pasado de nuestras sociedades en Latinoamérica, analizar la barbarie que acompaña el proceso civilizatorio, identificar el ‘botín en el desfile triunfal de los vencedores’ y buscar cómo podría ser un futuro en el que podamos vivir mejor. A continuación, trazaremos algunas líneas en esta dirección como un ejercicio, que lejos de pretender ser exhaustivo, busca ilustrar las aplicaciones de esta manera crítica de ver el pasado.

 

3.   Las situaciones históricas concretas.

3.1.   El imaginario Latinoamericano

Es pertinente aclarar a que nos referimos cuando agrupamos a más de seiscientos millones de personal bajo el término ‘Latinoamérica’ lo que representa por sí misma una abstracción problemática. Estamos hablando de un enorme colectivo que identificamos de acuerdo a un imaginario, entendiendo este término como lo hace el historiador Benedict Anderson cuando al hablar de una entidad política dice que “es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de los miembros, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión” (1993, pág. 23). Hay comunidades reales conformadas por individuos que se conocen como: la familia, los compañeros de un salón de clase o un equipo deportivo, los vecinos o quienes trabajan juntos, pero los millones de habitantes de ‘Latinoamérica’ es imposible que puedan llegar a conocerse. Lo que señala el historiador es que a pesar de no tener un contacto directo los miembros de una comunidad imaginada se sienten ligados entre sí por lazos afectivos.

Eric Hobsbawm, otro historiador inglés, está de acuerdo con la definición de Anderson y la complementa cuando define cómo se consigue socialmente que los individuos de un colectivo imaginado establezcan lazos emocionales con desconocidos. Lo hacen por medio de un sustrato protonacional  el cual define de la siguiente forma:

¿Por qué y cómo un concepto como el ‘patriotismo nacional’, tan alejado de la experiencia real de la mayoría de los seres humanos, pudo convertirse en una fuerza política tan poderosa tan rápidamente? Es obvio que no basta con remitirse a la experiencia universal de seres humanos pertenecientes a grupos que se reconocen unos a otros como miembros de colectividades o comunidades y, por ende, reconocen a otros como ex­tranjeros. El problema que tenemos delante se deriva del hecho de que la nación moderna, ya sea como estado o como conjunto de personas que aspiran a formar tal estado, difiere en tamaño, escala y naturaleza de las comunidades reales con las cuales se han identificado los seres humanos a lo largo de la mayor parte de la historia, y les exige cosas muy diferentes. Utilizando la útil expresión de Benedict Anderson, diremos que es una ‘comunidad imaginada’ y sin duda puede hacerse que esto llene el vacío emocional que deja la retirada o desintegración, o la no disponibilidad, de comunidades y redes humanas reales, pero sigue en pie el interrogante de por qué la gente, después de perder las comunidades reales, desea imagi­nar este tipo concreto de sustituto. Puede que una de las razones sea que en muchas partes del mundo los estados y los movimientos nacionales po­dían movilizar ciertas variantes de sentimientos de pertenencia colectiva que ya existían y que podían funcionar, por así decirlo, potencialmente en la escala macropolítica capaz de armonizar con estados y naciones mo­dernos. A estos lazos los llamaré ‘protonacionales’. (2000, pág. 55)

 

3.2.  Re-pensar la Conquista como momento fundacional del imaginario latinoamericano

De acuerdo a esta definición identifiquemos cuales son los elementos protonacionales con los que se configura en forma imaginada la nación latinoamericana. Por un lado, podemos señalar las lenguas ibéricas, aunque con sus limitaciones ya que hay también hablantes del francés, del inglés y de una enorme variedad de lenguas precolombinas. Tampoco lo es exclusivamente el factor étnico o cultural ya que lo que impera en este aspecto es la diversidad; la variedad de pobladores que se encontraban en estas tierras, antes de la llegada de los europeos, vieron llegar a los conquistadores y con ellos a los esclavos africanos que trajeron para la explotación. Inmigrantes de todos los continentes se han ido sumando a esta demografía multicultural que se diversifica aún más con las mezclas. Tampoco podemos reducir el factor de identificación a la fe católica ya que entre los pobladores encontramos creyentes de todos los cultos, manifestaciones de sincretismo donde rituales precolombinos o africanos siguen practicándose y no podemos dejar fuera a los latinoamericanos agnósticos o ateos. Con respecto al territorio diríamos que la división en naciones que reivindican sus fronteras dificulta utilizar este factor como elemento de comunión.[6]

Para determinar cuál es el elemento protonacional que sirve como amalgama en la configuración de la ‘nación latinoamericana’ sería conveniente recuperar las narrativas sobre su gestación como nación. En el ‘imaginario colectivo’ de los millones de  habitantes de ‘nuestro’ vasto territorio existe un referente común que aglutina a todos a pesar de las diferencias: el hecho de haber sido conquistados y colonizados por invasores europeos en el siglo XVI[7]. La mayoría de los territorios fueron ocupados por españoles y portugueses, y a pesar de la presencia minoritaria de franceses, ingleses, y holandeses en algunos territorios[8], en la narrativa el referente es a los países de la península ibérica donde quedan excluidos Estados Unidos de Norteamérica y Canadá[9].

Los idiomas, los elementos “raciales”, las expresiones religiosas o el territorio por sí mismos no son factores determinantes en la configuración de la identidad latinoamericana, el elemento imaginario amalgamador de identificación para los millones de habitantes de este continente cultural hace referencia más bien a su genealogía. Los latinoamericanos somos hijos de la de una violencia original y a un acto de injusticia. Lo primero tiene que ver con la conquista misma que, como toda campaña de esta naturaleza, cobró la vida de millones de habitantes; y lo relativo a la injusticia se desprende de lo primero ya que la colonización se consiguió por medio del despojo, el sometimiento, la explotación y la imposición de normas, valores y creencias de los conquistadores.[10]

La misma fundación de la entidad colectiva imaginada se encuentra signada por la violencia. En este sentido se podría decir que nuestra hermandad imaginaria se configura a partir de una ‘cultura que es a su vez una manifestación de la barbarie’. El clamor de justicia, cuando hace referencia a la Conquista y la Colonia, confronta a los distintos sectores de acuerdo a su posición con respecto a la narrativa del origen. Para los descendientes de los pobladores precolombinos y de los que fueron traídos como esclavos de África el anhelo de una hermandad latinoamericana no puede imaginarse sin el reconocimiento y la reparación de las injusticias causadas por los colonizadores y sus herederos; mientras que para los que se identifican con los colonizadores la mirada al pasado enfatiza los aspectos culturales y relativiza la injusticia a partir de las aportaciones civilizatorias.

De acuerdo a la narrativa historicista el elemento fundacional del imaginario latinoamericano es la Conquista que de acuerdo a la tesis de Benjamin se podría identificar como el ‘desfile triunfal de los vencedores’, su ‘patrimonio cultural’. Una memoria que busque deconstruir esta visión para ‘peinar a contrapelo’ la narrativa colonialista debe recuperar el sufrimiento de las víctimas lo que nos llevaría a una empatía con las culturas precolombinas. Existen muchos planteamientos políticos que transitan en ese sentido y que sostienen que debemos recuperar las manifestaciones culturales de lo que se ha denominado ‘pueblos originarios’.

Para los defensores de esta visión empática con los ‘indígenas’ la justicia consiste en la recuperación de las lenguas, construcciones, tradiciones, vestimentas, usos y costumbres, etc. En todos los países se han creado instituciones gubernamentales y organizaciones civiles que se abocan a lo que consideran debe ser el ejercicio de la memoria.  En estas políticas vemos como se genera una empatía con el sufrimiento y se capitaliza para mantener el sistema de dominación instrumentado desde el poder.

La memoria crítica a diferencia de la empática debe ‘tomar distancia’ y cuestionar el imaginario con el que se configura lo latinoamericano.  Lo primero es revisar críticamente el supuesto momento fundacional que se elabora a partir de la visión de los vencedores ya que lo sucedido en el siglo XVI efectivamente fue una conquista, pero ésta no puede entenderse desde la dicotomía ‘europeos-indígenas’. En el continente llamado América -el puro nombre responde a la visión de los vencedores- habitaban cientos de colectivos con una gran diversidad de manifestaciones culturales que no pueden entenderse agrupados en una unidad y etiquetados con un mismo nombre. Lo segundo importante de señalar es que en este territorio la dialéctica entre cultura y barbarie de la que habla Benjamin determinaba un complejo sistema de dominación y servidumbre donde también encontramos víctimas y victimarios.

A su llegada, los conquistadores se encontraron con grandes y poderosos imperios como el Azteca, el Maya o el Inca que tenían sometidos a otros pueblos que habían conquistado y sin la ayuda de estos grupos no hubieran podido vencer. Una memoria empática que convierte a todos los conquistados en víctimas termina cometiendo una injusticia con los millones de pobladores que sufrieron la dominación de los imperios derrotados por los conquistadores.

Por otro lado, nos encontramos que, en la narrativa de los que se consideran herederos de los conquistadores, éstos se presentan como liberadores generando, por ejemplo, una empatía con las víctimas de los aztecas para justificar la colonización[11]. Estas narrativas describen los rituales sacrificiales donde los vencidos eran inmolados para generar un rechazo a los que lo realizaban y a partir de este sentimiento justificar la Conquista y la Evangelización. Uno de los ejemplos de este manejo empático lo encontramos en los argumentos empleados por Juan Ginés de Sepúlveda en 1550:

A lo que dice: que por librar de muerte a los inocentes que sacrificaban era justa la guerra, pero no se debe hacer porque de dos males se ha de escoger el menor, y que son mayores los males que se siguen desta guerra que las muertes de los inocentes: muy mal hace su señoría la cuenta, porque en la nueva España a dicho de todos los que de ella vienen y han tenido cuidado de saber esto: se sacrificaban cada año mas de veinte mil personas: el cual numero multiplicado por treinta años que ha que se ganó y se quitó este sacrificio: serían ya seis cientos mil: y en conquistarla a ella toda: no creo que murieron más numero de los que ellos sacrificaban en un año. Y también por esta guerra se evita la perdición de infinitas ánimas de los que convertidos a la fe se salvaran presentes y venideros. Y como dice Sant Agustín en la Epístola 75. Mayor mal es que se pierda un ánima que muere sin baptismo: que no matar innumerables hombres aunque sean inocentes. (Ginés de Sepúlveda en Bartolomé de las Casas, 1965, pág. 315)

 

 La memoria empática con el sufrimiento de las víctimas de la violencia no alcanza para comprender la dialéctica entre cultura y barbarie y termina avalando el discurso de los vencedores tal y como advertía Benjamin en sus Tesis sobre filosofía de la historia. En cambio, si tomamos distancia por medio de una memoria crítica podemos ‘peinar a contrapelo’ y sin hacer una calificación en cuanto al sufrimiento de todas las víctimas podemos re-pensar lo sucedido buscando que las injusticias no se repitan.

Desde esta perspectiva debemos cuidarnos de idealizar el pasado de los llamados ‘pueblos originarios’ y cuestionar las políticas que, en lugar de buscar cómo mejorar las condiciones de marginación en las que se encuentran, se dedican a la reconstrucción artificial de un folclorismo cultural que apela a la nostalgia de un pasado que nunca existió. El historiador Serge Gruzinski nos advierte que “tanto la arqueología como la historia prehispánicas han olvidado, frecuentemente, que la mayoría de los testimonios que conservamos de la época precortesiana fueron elaborados y redactados en el contexto trastocado de la naciente Nueva España y que, antes que nada, ofrecen un reflejo de esa época” (1980, pág. 10).

 De igual forma debemos analizar críticamente los discursos que generan empatía con las víctimas de los imperios precolombinos para justificar la Conquista, la Colonia y la Evangelización. Como veremos a continuación, en la configuración de los estados nación latinoamericanos se habla de un segundo momento fundacional el de sus respectivas independencias y desde estas narrativas se vuelve a reconstruir la ‘memoria de las víctimas’.

 

3.3.  Re-pensar las Independencias en el imaginario latinoamericano

En las narrativas historicistas sobre la configuración del imaginario latinoamericano el tema de las independencias nacionales se presenta como un segundo momento fundacional de la identidad colectiva; se entiende como el fin del colonialismo y el inicio de una vida colectiva autónoma en términos ilustrados.  En los manejos políticos de estos episodios se recurre a la exaltación de las gestas heroicas de los llamados ‘próceres’ y se les rinde homenaje año con año.  A continuación revisaremos desde las herramientas de la memoria crítica algunos aspectos de estas narrativas.

La mayoría de los países latinoamericanos, o por lo menos los que se han considerado más importantes, iniciaron su independencia a principios del siglo XIX[12].  La razón por la que estos movimientos acontecieron en los mismos años se explica por lo que sucedió en Europa con la invasión napoleónica de España (hay que tener presente que Napoleón impone a su hermano José como monarca de España y las Colonias el 7 de julio de 1808). Las causas más profundas tienen que ver con la situación de los españoles nacidos en américa y sus descendientes conocidos como ‘criollos’ que fueron discriminados por los peninsulares desde la conquista. Las ideas ilustradas de los revolucionarios franceses y de los colonos en norteamericanos inspiran a los líderes de los movimientos latinoamericanos.  El historiador David Brading llega a la siguiente conclusión:

La invasión napoleónica a España y la imposición del rey José destruyeron la unidad del mundo hispánico. En apenas dos años las colonias ameri­canas se vieron encendidas por la rebelión y la guerra civil, cuando un siglo antes las posesiones de ultramar habían permanecido como simples espectadoras ante la guerra de sucesión en España. ¿Qué provocó esta reacción tan diferente ante lo que era con mucho el mismo acontecimiento? Primero, la tendencia fue atribuir el cambio a la influencia de las ideas de la Ilustración y al ejemplo de las revoluciones francesa y norteamericana. Posteriormente, se inició la búsqueda de razones internas. El mismo éxito del régimen borbón generó su decadencia. La expulsión de los jesuitas, la sin igual eficiencia de la explotación fiscal de las colonias, la tendencia a desplazar a la élite criolla del poder, el ataque a los privilegios del clero, la nueva ola de inmigración proveniente de la Península, la revigorización de la economía y la administración: todos estos factores y más todavía se consideran como suficientes para haber creado un resentimiento entre los criollos, que los condujo a aprovechar la oportunidad que ofrecieron los acontecimientos de 1808-1810 para obtener la autonomía. (1980, pág. 43)

 

Las independencias en los países latinoamericanos deben entenderse como el resultado de una separación de los descendientes de los conquistadores de la metrópoli y no como una emancipación de los pobladores originarios o de los esclavos que fueron traídos encadenados de África. No se trata solamente de una cuestión identitaria, más bien tiene que ver con la dinámica misma de la Conquista ya que los criollos reivindican sus derechos a partir de un doble discurso: frente a los conquistados se presentan como sus herederos y frente a los peninsulares como nativos de América. Es así como lo presenta Fray Servando Teresa de Mier uno de los líderes de la independencia mexicana:

¡Americanos! Tenemos sobre América el derecho mis­mo que tengan los indios originarios de la Asia como todo el género humano, el que tienen todas las naciones en sus países, el de haber nacido en ellas, cultivado la tierra, edificado y defendido sus pueblos: tenemos el mismo derecho que nos da la injusticia de los espa­ñoles europeos, que por haber nacido allí nos quieren considerar como iguales sino en palabra: tenemos el derecho de las castas, que han sido excluidas del censo español en la Constitución, porque dicen los europeos que su representación está embebida en la nuestra: tenemos el derecho de los indios, porque como paisanos tenemos el derecho nato de protegerlos contra el bárbaro derecho que se arrogaron los españoles de declarar en pupilaje eterno a la mitad del mundo para darle su protección que nadie le pedía. (1997, págs. 577-578)

 

Las luchas de independencia en Latinoamérica deben entenderse como movimientos que promueven los criollos a partir de la reivindicación de sus derechos frente a los peninsulares donde los indígenas, los afroamericanos y los mestizos, en todas sus complejas variantes, son ‘invitados’ a participar con reservas. Esta discriminación se establece a partir de los argumentos que conforman el reclamo independentista y que emplean los españoles nacidos en América para separarse del proyecto colonizador. Por un lado, se apela al derecho de conquista para justificar su posición frente a los pobladores originales, pero por el otro, se apela al derecho de haber nacido en el nuevo continente, en donde se equiparan imaginariamente con los indígenas. La discriminación hacia los afroamericanos tiene otros matices ya que se les considera extranjeros, lo cual explica que se les excluya del imaginario latinoamericano[13].

Los criollos, para poder consolidar su poder, tuvieron que enfrentar a los europeos que no renunciaron fácilmente a sus intereses y al mismo tiempo buscaron mantener sus privilegios frente a los indígenas y a los afroamericanos. De lo primero tenemos constancia en las narrativas sobre las independencias donde se conmemora e incluso se festeja el fin del colonialismo mientras que lo segundo no aparece nunca registrado en los discursos nacionalistas y más bien se ‘disfraza’ en la supuesta emancipación universal promovida por los libertadores.

La configuración de la nación latinoamericana a partir de las narrativas independentistas es instrumentada por los criollos que son una minoría de la población pero se encuentran en la parte más alta de la jerarquía económica y social y por lo mismo cercanos a los círculos religiosos. Para movilizar a las masas y buscar integrarlos como nación imaginaria las elites criollas se encontraron un lugar en la historia colonial como víctimas del opresor peninsular y defensores de los derechos de los indios. Dentro de este discurso la evangelización se recupera en términos de un humanismo que buscó rescatar a los indios y emancipar a los esclavos frente a un colonialismo explotador ajena al verdadero espíritu del cristianismo. “Los principales temas del patriotismo criollo surgían a partir de la búsqueda de derechos autónomos. El español americano halló en la historia y en la religión los medios simbólicos que le permitían rechazar el status colonial” (Brading, 1980, pág. 43).

Una de las figuras a las que se recurre para articular esta memoria empática es la de Fray Bartolomé de las Casas que a mediados del siglo XVI se convirtió en un defensor de los derechos de los llamados ‘indios’. En lo que se conoce como “La junta de Valladolid” (1550) mantuvo un debate con Juan Ginés de Sepúlveda que citamos anteriormente y en el argumentó lo siguiente:

 

En el año de mil e quinientos y diez y siete se descubrió la Nueva España, y en el descubrimiento se hicieron grandes escándalos en los indios y algunas muertes por los que la descubrieron. En el año de mil e quinientos e diez y ocho la fueron a robar e a matar los que se llaman cristianos, aunque ellos dicen que van a poblar. Y desde este año de diez y ocho hasta el día de hoy, que estamos en el año de mil e quinientos y cuarenta e dos, ha rebosado y llegado a su colmo toda la iniquidad, toda la injusticia, toda la violencia y tiranía que los cristianos han hecho en las Indias, porque del todo han perdido todo temor a Dios y al rey e se han olvidado de sí mesmos. Porque son tantos y tales los estragos e crueldades, matanzas e destruiciones, despoblaciones, robos, violencias e tiranías, y en tantos y tales reinos de la gran tierra firme, que todas las cosas que hemos dicho son nada en comparación de las que se hicieron; pero aunque las dijéramos todas, que son infinitas las que dejamos de decir, no son comparables ni en número ni en gravedad a las que desde el dicho año de mil e quinientos y cuarenta y dos, e hoy, en este día del mes de septiembre, se hacen e cometen las más graves e abominables. Porque sea verdad la regla que arriba pusimos, que siempre desde el principio han ido cresciendo en mayores desafueros y obras infernales. (Bartolomé de las Casas, 1965, págs. 64-65)

 

 La figura de Bartolomé de las Casas es recuperada por la memoria empática de la historiografía criolla ya que la defensa de los derechos de los indígenas que expone se sostiene en una  visión cristiana siendo parte del proceso evangelizador. En sus relatos se sigue la dinámica que expone Walter Benjamin en su Tesis 7: primero genera una empatía con el sufrimiento de las víctimas (indígenas) y luego propone como solución su conversión al cristianismo lo cual a final de cuentas es parte del ‘patrimonio cultural de los vencedores’. La memoria crítica nos permite ‘peinar a contrapelo’ esta narrativa a partir de lo que realmente sucedió; a pesar de los argumentos la situación de los indígenas ya cristianizados no cambio y Fray Bartolomé de las Casas terminó avalando la explotación de los negros, aunque al parecer después se arrepintió.

El análisis de este importante periodo de la historia a partir de la memoria crítica nos confronta con una situación compleja donde es difícil establecer con claridad quiénes fueron los perpetradores y quiénes las víctimas. La élite criolla consiguió independizarse de Europa para poder gozar de los antiguos privilegios de los peninsulares para lo cual generó un imaginario donde se presentaban como los precursores de la emancipación de toda la nación donde se incluían a los indígenas y a los afroamericanos. En la realidad las desigualdades económicas y sociales continúan hasta la fecha.

Mientras que para los criollos y sus descendientes la demanda de justicia se entiende como herencia de privilegios; para indígenas, afroamericanos, y sus descendientes en las distintas expresiones mestizas justicia significa el fin de estas desigualdades. Para los primeros la aplicación de la justicia debe proteger las libertades individuales, pero sin afectar la jerarquía económica y social; mientras que para los segundos ésta no puede entenderse sin el reconocimiento del despojo, la esclavitud y la explotación; dos lecturas distintas de lo que se requiere para alcanzar la paz.

Otro aspecto a considerar para nuestro análisis tiene que ver con lo que cada uno de estos colectivos significa por nación. La élite criolla y sus descendientes la entienden en términos de la herencia cultural hispana, cristiana y la blanquitud de la piel; mientras que para los demás el referente genealógico se ubica en otra parte. Para los descendientes de las culturas originarias sus lenguas, tradiciones culturales y el color moreno de la piel los excluye, al igual que a los afroamericanos, de los elementos que configuran el imaginario nacional.

 

4.   Conclusiones

En este breve recorrido hemos recuperado algunos aspectos de la manera en la que la historiografía historicista nos presenta lo que considera los dos momentos fundacionales de lo que se entiende como Latinoamérica: el de la Conquista y el de la Independencia.  Los hemos revisado a partir de lo que definimos como ‘memoria crítica’ en contraposición a lo que denominamos ‘memoria empática’. Para este ejercicio nos apoyamos en las Tesis de filosofía de la historia de Walter Benjamin y las aportaciones de Theodor W. Adorno y Max Horkheimer.

A manera de conclusión queremos dejar apuntadas algunas reflexiones que fueron surgiendo en  el desarrollo. La primera tiene que ver con la crítica a las narrativas historicistas que presentan las experiencias humanas como una suma de datos y en las que se evita metodológicamente la consideración de la barbarie que acompaña todo documento de cultura. En segundo término problematizamos las aproximaciones al sufrimiento que plantea la memoria empática y que de alguna manera se pone al servicio de los procuradores del progreso. Por último, presentamos una revisión ‘a contra pelo’ de la historiografía historicista recurriendo a la memoria crítica.

Una de las conclusiones que resultan de este modesto análisis se relaciona con la aparición y proliferación de espacios de memoria que pueden ser museos, archivos, centros de exposiciones, cátedras, sólo por mencionar algunos ejemplos. Una lectura equivocada de este fenómeno social podría suponer que por fin existe un reconocimiento de la necesidad de replantear el quehacer histórico y mirar al pasado, al sufrimiento de las víctimas del progreso, re-pensar el presente y vislumbrar un futuro más prometedor. Nuestra lectura es contraria a este optimismo generalizado ya que lo que podemos observar es que por medio de estas estrategias se promueve una empatía que termina neutralizando la posibilidad de una auténtica emancipación.

En los estudios sobre la configuración de los imaginarios latinoamericanos pudimos observar como la empatía acrítica con las víctimas refuerza las prácticas de exclusión y se articula como uno de los mecanismos de poder de un grupo que se sigue proclamando heredero del sufrimiento ajeno y legítimo dueño de ‘patrimonio cultural’ que, como escribió Walter Benjamin, no es más que el botín de los vencedores que siguen desfilando triunfalmente.

 

5.   Bibliografía citada

Adorno W. Theodor y Max Horkheimer. 1994. Dialéctica de la Ilustración; Fragmentos Filosóficos; Introducción y traducción de Juan José Sánchez, primera edición en alemán 1947 en la editorial Querido de Ámsterdam y se reeditó en 1969. Madrid:  Editorial Trota.

Anderson, Benedict. 1993. Reflexiones sobre el origen y la difusión del Nacionalismo, traducción de Eduardo L. Suárez. México: Fondo de Cultura Económica.

Arendt Hannah 1999. Eichmann, en Jerusalén; Estudio sobre la Banalidad del Mal, traducción de Carlos Ribalta, (segunda edición) publicado en inglés en 1963. Barcelona:  Editorial Lumen.

Brading David. 1980. Los orígenes nacionalismo del mexicano, traducción Soledad Loaeza Gave. México: Ediciones Era.

Gruzinski Serge. 1980. La colonización de lo imaginario: Sociedades indígenas y occidentalización en el México español Siglos XVI-XVIII, traducción Soledad Loaeza Gave, Ediciones Era.

Las Casas, Fray Bartolomé. 1965. “De la Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, Colegiada por el obispo don Fray Bartolomé de las Casas o Casaus, de la Orden de Sancto Domingo, año 1552, en Bartolomé de las Casas, Tratados I. 3-173. México: Fondo de Cultura Económica.

Mate, Reyes. 2006. Medianoche en la historia. Comentarios a las Tesis de Walter Benjamin ‘Sobre el concepto de Historia’. Madrid: Trotta.

__________. 2018. El tiempo, tribunal de la Historia. Madrid: Trotta.

Metz Johannes Baptist Metz, 1999. Por una cultura de la memoria; presentación y epílogo de Reyes Mate. Barcelona: Ánthropos

Ginés de Sepúlveda Juan,Prólogo del doctor Sepúlveda a los señores de la congregación” en: Bartolomé de las Casas, Tratados I. 287-329. México: Fondo de Cultura Económica.

Hobsbawm Eric. 2000. Naciones y nacionalismo desde 1780. Barcelona: Crítica.

Teresa de Mier, Fray Servando. 1997. Los imprescindibles; selección y prólogo Héctor Perea. México: Ediciones Cal y Arena.



[1] Benjamin Walter, “Tesis sobre filosofía de la historia”, en Mate, Reyes. 2006. Medianoche en la historia. Comentarios a las Tesis de Walter Benjamin ‘Sobre el concepto de Historia’, Madrid: Madrid (Tesis número IX).

[2] “Sólo puede recordar Auschwitz una memoria capaz de aten­der los gritos inauditos de dolor de millones de víctimas inocen­tes con el ánimo de que no se repita. A eso le llama Metz ‘una memoria moral’ que puede interpretarse filosófica o teológica­mente. Ejemplo de la interpretación filosófica es la constitución de recuerdo de Auschwitz en el nuevo imperativo categórico, por parte de Adorno. Para el teólogo, a su vez, recordar es reco­nocer que el pasado está pendiente y lo seguirá estando mien­tras la redención llega. Esa esperanza contra toda esperanza se activa con cada recuerdo moral. Cada vez que nos negamos a reconocer como prescritos los derechos de las víctimas (recuer­do moral), se pone en juego, añade el teólogo, la esperanza de la resurrección, al invocar el nombre del Dios de Israel o de Jesús (teología). El sufrimiento de las víctimas exige hablar de Dios pues sin él el recuerdo sería vano, sería reducible a un cálculo racional, a costumbre ritual, al olvido. Se ve la diferencia. La interpretación filosófica de la ‘memo­ria moral’ apunta en dirección histórica: que no se repita. La in­terpretación teológica, por el contrario, mira de frente los ojos de las víctimas y responde a la misteriosa pregunta del cara a cara” (Reyes Mate en Metz, 1999, pág. 181).

[3] Un ejemplo de esto lo podemos ver en la justificación que hacen los españoles de la conquista de sus colonias en el siglo XVI cuando minimizan el número de víctimas adjudicando sus muertes a las enfermedades, presentan la parte civilizatoria ‘evangelizadora’ que al cristianizar terminó con los sacrificios humanos que hacían los pobladores de los territorios conquistados y muestran a las víctimas como victimarios aduciendo que liberaron a los pueblos sometidos de sus dominadores como por ejemplo en el Imperio Azteca.

[4] Un ejemplo de estas contradicciones lo encontramos en los discursos norteamericanos en los años de la Guerra Fría donde justificaron su apoyo a las dictaduras militares de América Latina a nombre de la defensa de la libertad.

[5] Un ejemplo de esta situación podemos encontrarlo en el debate que se abrió sobre la colaboración de las autoridades judías en el Holocausto ver: Arendt Hannah. 1999. Eichmann, en Jerusalén; Estudio sobre la Banalidad del Mal, traducción de Carlos Ribalta Segunda edición. Publicado en inglés en 1963. Barcelona: Editorial Lumen.

[6] En estos días (noviembre de 2018) miles de inmigrantes hondureños, salvadoreños y guatemaltecos se encuentran en la ciudad de Tijuana al norte de México tratando de cruzar hacia los Estados Unidos de Norteamérica y una parte de la población de esa ciudad se está manifestando para que el gobierno mexicano los deporte con el argumento que son extranjeros y no hay porque recibirlos ni ayudarles.

[7] Incluso aquellos cuyos descendientes llegaron después de lo que se conoce como la Conquista identifican este elemento como constitutivo de la narrativa amalgamadora de la identidad colectiva.

[8] Nos referimos a Bahamas, Barbados, Belice, Dominica, Haití, Jamaica, Las Guyanas, Trinidad y Tobago 

[9] La explicación de esta diferenciación es compleja y no será tratada en este espacio por tratarse de otro tema que si bien no es del todo ajeno tampoco es necesario para el desarrollo de esta exposición.

[10]De una población de quizás 25.2 millones de habitantes (según los investigadores de Berkeley), el centro de México había descendido en 1532 a 16.8 millones, luego a 6.3 en 1548, antes de alcanzar los 2.6 millones en 1568. En 1585, el país ya sólo contaba con 1.9 millones de indígenas y, sin embargo, el estiaje todavía estaba lejos de alcanzarse”. (Gruzinski, 1980, pág. 87)

 

[11] José Antonio Sánchez, quien fue responsable de la Radio y Televisión Española RTVE afirmó el 6 de abril de 2017 que: “Lamentar la desaparición del imperio azteca es como mostrar pesar por la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial” como uno de sus argumentos para probar que “que la misión de los españoles que colonizaron América fue ‘evangelizadora y civilizadora’”.  

https://verne.elpais.com/verne/2017/04/06/mexico/1491435975_945457.html

[12] Argentina 1810, Bolivia 1809, Brasil 1822, Chile 1810, Colombia 1818, Ecuador 1809, México 1810, Paraguay 1811, Perú 1811, Uruguay 1825, Venezuela 1810.

[13] En México se minimiza la participación demográfica de los negros y mulatos y se les confunde con los llamados mestizos que se presentan como mezcla de español con indígena.


Publicado en: Delfin Ignacio Grueso y Carlos Andrés Tobar Tovar compiladores, Conflicto, memoria y justicia. Repensando las vías para la paz en Colombia, Universidad del Valle, Pontificia Universidad Javeriana de Cali, Cali, 2022. pág. 315-334. 

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