domingo, 23 de abril de 2023

Españoles y judíos en México: dos experiencias distintas de exilio.

 

Publicado en: Antolín Sánchez Cuervo, Mauricio Pilatowsky y Leonardo Senkman (EDS:)) Exilio, ciudadanía y deber de memoria: Perspectivas iberoamericanas, Siglo XXI, Anthropos, UAM, México, 2021. p.p. 83-117

Mauricio Pilatowsky.

1.     Presentación:

Lo que a continuación se presenta es una reflexión sobre dos experiencias colectivas que convergieron en México: la de los judíos provenientes de una diversidad de países y culturas y la de los españoles que llegaron en varias épocas y bajo distintas circunstancias. En el primer caso analizaremos la inmigración en términos de la tradición diaspórica milenaria; en el segundo estudiaremos el caso coyuntural del exilio  como un incidente más de la trayectoria colonial española y su expresión cultural denominada  hispanismo.

La comparación responde a una interrogante que nos hacemos en el presente al revisar la participación de ciertos grupos de inmigrantes en la configuración de sus imaginarios históricos. La persecución de los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial y el exilio de los republicanos españoles después de su derrota en la Guerra Civil los hizo coincidir en tiempo y espacio. La imagen de los barcos anclados en el puerto de Veracruz en 1939 con miembros de ambos colectivos esperando ser acogidos será parte del imaginario nacional cada vez que se trate este tema.  Lo que sucedió es que el presidente Cárdenas les negó la entrada a la mayoría de los judíos mientras que permitió que los españoles se quedaran[1], por esta razón la comparación no puede hacerse si nos limitamos a esos individuos en concreto. Lo que planteamos es una revisión más amplia de las dos tradiciones que se ven atravesadas por las condiciones históricas concretas: la de las distintas expresiones identitarias tanto en la de los judíos  como la de los españoles.

En el caso de la diáspora judía en México veremos cómo lo acontecido en la Shoah no transformó en lo fundamental la experiencia diaspórica post ilustrada  y en cuanto a lo español veremos como la lógica del colonialismo, que podría resumirse con el término hispanismo, desembarcó y se asiló en un México que a pesar de su independencia política del imperio nunca consiguió desterrarlo.                                  

 

2.   Lo      2. Los judíos, exilio y la diáspora.

2.1.   La inmigración a México

La inmigración judía a México se produjo a principios de siglo XX; algunos sostienen y con razón que hubo presencia judía en este territorio desde la Conquista en 1521 ya que en los contingentes españoles venían judaizantes o cripto judíos, quienes estuvieron presentes desde entonces.[2] Estos individuos tuvieron que llevar su judaísmo de manera oculta y por lo mismo no se organizaron como comunidad: fue hasta 1914 cuando surgió la vida institucional judía.[3]

La inmigración de los judíos hacia México dio inicio a fines del siglo XIX, a partir de la declaración tanto de Maximiliano de Habsburgo como posteriormente de Benito Juárez de la libertad de cultos en 1860. La necesidad de emigrar no siempre coincidió con la disponibilidad de un lugar adonde hacerlo en condiciones favorables. A lo largo de las primeras décadas del siglo XX la inmigración fue aceptada y eventualmente alentada por los regímenes revolucionarios. Fueron años en los cuales la mayor parte de los inmigrantes provenían de países como Siria, Grecia, Polonia, Rusia, Hungría, Checoslovaquia, Lituania, Alemania, Francia, Holanda y Austria.[4]

 

En el año de 1921 en los Estados Unidos se limitó el ingreso de los inmigrantes provenientes de la Europa Oriental lo cual llevó a muchos judíos de estos países a inmigrar a México.[5] Se calcula que en 1921 había en total  2000 judíos en México para 1924 ya eran 9500;[6] estos datos dan idea del flujo migratorio en estos años. En 1926 Plutarco Elías Calles promulga una nueva ley de inmigración y comienzan las restricciones que irían en aumento.[7]  

Durante el gobierno de Calles se agregó a la lista de indeseables a los gitanos (1926) y a las poblaciones de origen árabe (1927). Esta última prohibición se hizo pública a través de un acuerdo que apareció en el Diario Oficial el 15 de julio de 1927, en el que prácticamente se prohibía la inmigración de trabajadores de origen sirio, libanés, armenio, palestino, árabe y turco, […]. Esta limitación afectaría a la inmigración judía de origen árabe y sefardí que provenía de Medio Oriente (Siria, Líbano, Palestina) y de otros territorios que también habían pertenecido al recientemente desmembrado imperio otomano (Turquía y Grecia, principalmente).[8]

Durante el cardenismo se limitó aún más la entrada de los judíos que a partir del ascenso de Hitler al poder buscaron refugio; de los 500,000 mil solicitantes México recibió aproximadamente a 2000.[9] Es difícil determinar el número exacto de la población en México que se sigue considerando parte de este grupo y parte de esta dificultad tiene que ver con los elementos de su identificación. El elemento que generalmente se toma como factor distintivo es el religioso, pero en el caso de este colectivo nos encontramos con un sector que a pesar de no profesar esta confesión se siguen considerando parte del de él. En la actualidad se calcula que su número total en toda la República mexicana asciende a alrededor de 70,000.[10]

2.2.  Características de la inmigración judía

La población judía en México está conformada casi en su totalidad por descendientes de inmigrantes de muchos países que llegaron fundamentalmente en la primera mitad del siglo XX. Generalmente se les identifica por su religión lo cual no es del todo exacto porque no todos los que se consideran judíos son practicantes. Incluso podemos encontrar miembros de este colectivo que se definen como agnósticos o ateos y no por eso se excluyen. La explicación de esta situación es pertinente porque está relacionada con su postura ante el exilio y su vinculación con el surgimiento de una idea de nación en la modernidad.

No todos los judíos que inmigraron a México llegaron de Europa. Muchos llegaron de varios confines de lo que otrora fue el Imperio Otomano; particularmente de Estambul, Esmirna, Damasco y Alepo. Estas comunidades se vieron afectadas por los procesos europeos ya que la colonización de estas tierras se acompañó de la instauración del proceso ilustrado y además porque al llegar a México tuvieron que adaptarse a estas dinámicas. Por esta razón podemos hablar de un proceso similar para todos los descendientes de los inmigrantes.

2.3.      Los antecedentes históricos

2.3.1.  La Ilustración

La “Ilustración” es el nombre con el que la historia de occidente “bautizó” su voluntad de entenderse sin la necesidad de recurrir a lo divino. Es también el término con el que se define un proceso  emancipatorio;[11] no sólo remite a un evento histórico, sino también a un episodio de la vida política europea en el que se escenificó una revolución, tanto en el sentido político como en el conceptual, y que tuvo lugar a finales del siglo XVIII. La propuesta que surgió en la oposición al Absolutismo buscó responder a la “igualdad” desde la “vigilancia” crítica de la razón. El reto consistió en ofrecer una nueva concepción del poder donde estos principios pudieran conservarse e incluso procurarse.

2.3.2.     Los judíos y la Ilustración

Para comprender la situación de los judíos en la actualidad es importante entender los antecedentes históricos que determinaron su marco de identificación. Antes de la Ilustración los judíos vivían segregados. Esta política generalizada debe entenderse dentro de un abanico de situaciones; desde un extremo donde se presentaban expulsiones, conversiones forzadas y matanzas, a una convivencia pacífica de intercambio y aceptación. Entre estos dos extremos existía una realidad donde  se toleraba su presencia y se les permitía vivir dentro de restricciones particulares. A lo largo de los siglos los judíos sobrevivieron en este universo cristiano dentro de los límites que, en cada caso, se iban estableciendo. La propuesta emancipatoria surgió en el seno de la sociedad cristiana. La libertad fue una concesión del opresor ante las demandas del oprimido.

2.3.3.     Los contextos teológicos

Para comprender esta situación es necesario recordar que las dos tradiciones refieren a un mismo origen y aluden a un mismo texto sagrado: La Biblia.[12] Los cristianos se entendían como continuadores del judaísmo, fundamentaban su religión en la interpretación de sus textos considerando que Jesús es el Mesías[13] anunciado en ellos. Los judíos, en cambio, se oponían a esta lectura y no reconocían  al redentor.

2.3.4. La lectura cristiana

Cuando el cristianismo pasó de ser una fe perseguida a la religión del Imperio Romano en la Europa Medieval,[14] los judíos fueron segregados por negar a Cristo. Desde el discurso teológico no eran acreedores del perdón universal[15] que otorgaba la fe en Cristo como el Dios encarnado.  La aplicación social y política fue la de una segregación de las estructuras sociales que se regían por los principios cristianos.[16] La tolerancia a los judíos se fundaba en la esperanza de que admitieran su error o en la profecía de que vivirían para atestiguar que siempre estuvieron equivocados.

2.3.5. La lectura judía

La explicación judía para su desventurada condición, a partir del primer siglo de la era cristiana, nada tiene que ver con Jesús o con la nueva doctrina. La Galut o diáspora se produjo después que los romanos sometieron la rebelión judía en Palestina. Junto con la destrucción del Segundo Templo en el año 70 D. C. se exilió a los líderes políticos y religiosos, con lo cual se destruyó la entidad nacional judía.[17]

La dispersión de las sectas de cristianos por todo el Imperio Romano responde al mismo patrón de las judías, ya que en un principio no existía una ruptura. Con la destrucción del centro político y religioso, y sin la conducción de sus líderes, los grupos de judíos fueron construyendo una nueva forma de explicar y dirigir su vida;  mientras que los judíos-cristianos  crearon una nueva religión con un nuevo centro político y religioso, los judíos se organizaron en torno a una cultura diaspórica y a una vida en el exilio.  En la interpretación judía, la Galut representa un castigo y una posibilidad de expiación. De acuerdo con esta explicación los judíos que vivieron en la tierra de Israel no cumplieron con las obligaciones que su ley les exigía, se dejaron corromper por el poder, la ambición, y la entrega a los placeres materiales.[18]

Los judíos le dieron una explicación expiatoria a su segregación y sufrimiento, relacionando esto con su carácter singular como pueblo elegido. Como resultado de esta nueva lectura desplazaron los centros de autoridad de las estructuras político religiosas de su vida como nación en su Estado antes del exilio al estudio de las escrituras y a la adaptación de las leyes escritas.

2.3.6.  La salida del gueto

Un espacio emblemático donde se materializó la lectura teológica cristiana en el “tratamiento” de los judíos y que coincidió con la explicación metafísica que hicieron estos últimos de su condición fue el gueto. Este espacio se comprende como sinónimo de reclusión, aislamiento o negativa a la integración; por lo mismo se utiliza para señalar una inclinación contraria a lo universal, a la apertura y a la convivencia.

El origen de la palabra al parecer es italiano: viene de ghetto (fundiciones), que describe la ubicación del gueto de Venecia[19] pues éste se encontraba cerca de las fundiciones. Este gueto se hizo tristemente célebre por la comedia de Shakespeare (1564-1616)  El Mercader de Venecia.[20] El término describía un espacio físico dentro de las ciudades medievales donde vivían los judíos. En cada una de las poblaciones se destinaban algunas calles dentro de una misma zona para que ahí vivieran solamente los judíos. Al comienzo de la Edad Media se agrupaban por sus propias necesidades religiosas y sociales; “posteriormente, en el período del gueto, la convivencia enclaustrada les fue impuesta por una legislación.” [21]

2.3.6.  La emancipación napoleónica

A finales del siglo XVIII y principios del XIX se produjo un cambio en esta relación y fue en la figura de Napoleón que se personifico el proceso. Para él, el sistema autonómico judío representaba un riesgo estructural dentro de su Imperio Ilustrado.[22] Por imposición se convocó a una simulación de parlamento judío, el “Gran Sanedrín”, en París en febrero de 1807; a este evento acudieron rabinos de muchas partes de Europa. La emancipación forzada se extendió a grandes sectores de la Europa Occidental.[23] Ante la presión, los líderes judíos tuvieron que renunciar a la autonomía en lo referente a leyes civiles, comerciales y políticas; se comprometieron a servir en el ejército, renunciando al cumplimiento de las leyes religiosas que dificultaran su servicio.[24]

Con una nueva estrategia política e ideológica, la judería europea fue “emancipada” y  recibió la libertad condicional con más promesas que soluciones, pues fue obligada a renunciar a su protección  en contra de su voluntad autónoma. Las “puertas” del gueto se “tiraron” desde afuera y sus habitantes fueron “arrojados” a un mundo que distaba mucho de ser ilustrado. “La imagen de la “fractura de la estructura” representa lo que sucedió a la sociedad tradicional a mediados del siglo XVIII en Francia (Alsacia), en Alemania, en Bohemia, en Moravia y, después de una o dos generaciones, también en Hungría. En los lugares en donde actuó y se extendió el movimiento ilustrado y de ciudadanización.”[25]

2.3.7.      El desmoronamiento de las estructuras comunitarias judías; el doble sentido del término “emancipación”

 

En su propuesta positiva la Emancipación se entendió como la universalización de los derechos civiles, políticos y comerciales; dicho de otra forma, como la cancelación de todas las medidas restrictivas y discriminatorias. De acuerdo con los principios ilustrados, era inadmisible que en una sociedad existieran ciudadanos de segunda clase; “todos los hombres tienen los mismos derechos” así reza el “coro igualitario” de los emancipadores ilustrados. Para fines prácticos este lema significaba el cambio estructural de la relación del poder hacia la minoría judía.

En el ámbito de los derechos civiles significaba quitar las restricciones medievales.[26] Con respecto al libre tránsito y asentamiento el judío podía abandonar el gueto y vivir en dónde le pareciera, también podía viajar libremente como cualquier otro ciudadano; podía comprar en cualquier tienda, vestirse como todos, casarse con quien fuese su elección, acudir a los tribunales para solucionar sus conflictos, tenía derecho a gozar de la protección de la ley y era libre de profesar su religión. En cuanto a sus derechos políticos se supone que los judíos podían aspirar a ocupar cualquier puesto dentro de la burocracia o a participar de los procesos democráticos, ya sea como elector o como candidato. “En todo caso, la “Emancipación” se convirtió en la consigna de los combatientes liberales por la causa judía, que arguyeron que la Emancipación judía significaba dejar sin efecto las limitaciones políticas impuestas a una minoría religiosa a la que se había hecho sufrir debido a su rebeldía.”[27]

En el aspecto comercial o profesional, la Emancipación parecía ofrecer el fin a las prohibiciones: el mercado laboral debería abrirse para el judío, las universidades recibirían estudiantes judíos y los profesionistas egresados podrían ejercer sin restricciones. En el comercio, la propuesta no podía ser menos abierta: todos los ramos de la industria, los servicios y el comercio podían ser atendidos por judíos. “Pero cuando comenzó a ser vista la sociedad como una composición de individuos que gozaban de movilidad social; la participación de los judíos en un número limitado de ocupaciones fue considerada anormal.”[28]

En el universo de los derechos, las bondades de la Emancipación significaban una bendición para la minoría judía. La posibilidad de vivir en libertad, con garantías y protección legal significaba el fin del sufrimiento milenario, la promesa de una convivencia pacífica y respetuosa. Si bien en otras épocas y lugares se alcanzó esta situación, nunca se reguló jurídicamente de tal manera que no dependiera de condiciones contingentes.

Sin embargo, desde la perspectiva de grandes sectores de la sociedad cristiana, el término “emancipación” seguía remitiendo al contexto teológico de la evangelización, en otras palabras, se entendía el “contrato de libertad” con cláusulas implícitas, y supuestamente aceptadas por ambas partes. “Para muchos cristianos, (...) la emancipación de los judíos no era considerada por ellos como la fase final de un proceso, sino como el primer paso hacia el bautismo de los obstinados, que debía ser la única rúbrica definitiva de su total asimilación a la sociedad circundante.”[29] Antes de ser considerados ciudadanos de primera y recibir todos los derechos prometidos, los judíos debían renunciar a sus antiguos “privilegios autonómicos comunitarios”: rechazar sus sistemas judiciales comunitarios, sus procedimientos civiles, desconocer a sus autoridades tradicionales y repudiar los elementos de su fe que no compaginaran con la sociedad cristiana en esta lectura de la Ilustración.

Es importante remarcar que el desarrollo histórico del proceso emancipatorio se presentó de acuerdo a este mecanismo. Los derechos prometidos se fueron otorgando en forma gradual e incompleta mientras que las exigencias de renunciar a las particularidades culturales y religiosas se fueron volviendo cada vez más intensas. Mientras más se integraban los judíos a la sociedad cristiana, más evidentes aparecían las particularidades y más fuertes eran las presiones para que renunciasen a ellas. Estas presiones venían de sectores intolerantes que conservaban la formula contextual teológica donde universalidad significaba evangelización. Desde la perspectiva de la mayoría cristiana, las reivindicaciones de particularidad de los judíos “violaban” las bases del acuerdo que permitía el ingreso a la sociedad. “Todos los que propugnaban la emancipación exigían la asimilación, es decir, el acoplamiento y la recepción por parte de una sociedad, considerados o bien condición preliminar de la emancipación judía o como su consecuencia automática.”[30] En los  países de la Europa Occidental se presionó a los judíos para que renunciaran a sus tribunales comunitarios, para que abandonaran sus costumbres en cuanto a la alimentación; se les pedía que trabajaran en sábado, lo cual iba en contra de su religión, se les condicionaba su participación dentro de empresas, universidades o puestos de gobierno a su cristianización. 

2.3.8.     El compromiso con el proyecto ilustrado como garantía exclusiva de supervivencia.

 

Desde la óptica de la minoría judía, el proceso emancipatorio planteado por la Ilustración debía examinarse con una actitud precavida y diferenciadora. Todo lo referente a los derechos y libertades era bienvenido y se entendía como extensión de las manifestaciones de tolerancia con las que los judíos se encontraron a lo largo de su historia dentro de la sociedad cristiana. En cuanto a las condiciones que había que cumplir para recibir los derechos, la postura fue de precaución y recelo. Esta actitud debe entenderse también a la luz de la experiencia histórica del desencuentro.

Los judíos ya no contaban con una comunidad orgánica que los orientara para poder adaptarse a esta nueva situación. Sin el marco tradicional dejaron de tener una forma de vida donde la particularidad se manifestara  prácticamente. Como resultado se creó una población que buscaba parecerse a la mayoría, integrarse, social y políticamente, pero conservando una particularidad que pasó a ser más de corte psicológico que cultural. En su negativa a cristianizarse, los judíos asimilados mostraron una oposición vital a las estrategias homogeneizadoras; al defender su derecho a la diferencia se convirtieron en una amenaza para todo sistema totalizador.

Por un lado, la Emancipación los empujaba a sumarse al proyecto de una humanidad universal  en el sentido laico de la salvación evangelizadora; por el otro, los rechazaba por no querer renunciar a sus particularidades y aceptar la conversión laica. Para ser aceptado como hombre, el judío debía dejar de ser judío, pero si lo intentaba hacer sin asimilarse se le colocaba en un “subgrupo” humano junto con otros “subgrupos” igualmente discriminados y perseguidos. Esta dinámica negativa fue radicalizando la intolerancia antisemita:  lo “judío” dejó de ser una religión, una nación o un pueblo, y pasó a definir un defecto, una anomalía o un vicio. “Los judíos habían podido escapar del judaísmo mediante la conversión; de la judeidad no había escape. Además, un delito tropieza con el castigo; un vicio sólo puede ser exterminado.”[31]

Los judíos, por su parte, reaccionaron de diferentes formas: una parte decidió cristianizarse para poder obtener su emancipación completa, otra buscó construir un gueto “conceptual” donde las “paredes” consistían en prohibiciones y radicalización de los rituales religiosos, este se definió como “ortodoxo”[32], otra se pronunció por una definición nacionalista de la cuestión judía, de aquí nació el movimiento sionista. Un grupo reducido conformado por pensadores y estudiosos se caracterizó por su identificaron con los principios de la Ilustración, su propuesta fue buscar una solución para la situación a partir de los principios de la razón donde no tuvieran que cristianizarse para poder integrarse a la sociedad.

2.3.9.     El judaísmo sin Dios

La Ilustración condujo a un sector importante de los judíos a vivir una cierta paradoja: por un lado buscaron asimilarse a la cultura cristiana reproduciendo la mayoría de sus hábitos, costumbres y formas de vida pero por el otro se resistieron a llegar a una conversión al cristianismo. Al adoptar la cotidianidad de los cristianos asimilados rompieron con muchas de las reglas rituales judías: dejaron de comer comida Kosher, trabajaron los sábados, se vistieron con las indumentarias gentiles, se casaron con parejas cristianas, a sus hijos ya no los educaron en la tradición judía, aprendieron los idiomas locales, etc. Ya que la religión judía se práctica a partir de todos estos rituales y de forma colectiva, al dejar de cumplir con los mandamientos se produjo una ruptura con esta tradición. La conversión al cristianismo fue un fenómeno muy común en esta población pero para algunos existía un rechazo a la cristianización que les impedía hacerlo.

Por otra lado la violencia del antisemitismo creciente ya no refería las creencias y por lo mismo no se podía frenar mediante la conversión sino que apuntaba más bien a lo que se definió como <<raza>>, en donde lo judío se definía y trasmitía de forma genética por lo que los asimilados que querían integrarse a la sociedad no eran aceptados y quedaban en un no-lugar que de alguna manera se constituía la <<condición judía>. Sartre lo define de la siguiente manera: “Como acabamos de comprobar, y contrariamente, en efecto, a una idea muy extendida, no es el carácter judío el que provoca el antisemitismo, sino que, y por el contrario, es el antisemita el que crea al judío;” [33] y lo crea cuando primero lo cuestiona por su particularidad y le exige su integración al colectivo universal y después, cuando éste lo trata de hacer, es rechazado aduciendo una incapacidad fisiológica de integración creando una identidad vacía de contenido.

“Así pues, los datos sobre la cuestión nos indican que: una comunidad histórica concreta es en primer lugar una comunidad nacional y religiosa; más, la comunidad judía, que fue ambas, se ha vaciado poco a poco de estas características concretas. De buen grado la denominaríamos una comunidad histórica abstracta.

(…) Lo que une a los hijos de Israel no es ni su pasado, ni su religión ni su tierra. Pero si todos ellos tienen un nexo común, si todos merecen su nombre de judío, es porque comparten su situación común de judíos, es decir, porque viven en el seno de una comunidad que los tiene por tales.” [34]

2.3.10.  Las posiciones de los judíos en México

 

Los descendientes de los inmigrantes judíos en México reprodujeron las distintas variantes que hemos expuesto anteriormente: unos se asimilaron convirtiéndose al catolicismo, otros se organizaron a partir de la ortodoxia, un grupo se identificó con los valores universales y se sigue considerando judío sin practicar la religión y por último existe una identificación con el proyecto sionista. Para los descendientes de los inmigrantes de origen judío y que llegaron de una diversidad de culturas y naciones no existe un consenso en cuanto a su factor de identificación con el judaísmo. Sara Sefchovich, investigadora de la UNAM, lo describe de forma testimonial de la siguiente manera:

En mi juventud participé en un grupo que se preguntaba si éramos mexicanos judíos o judíos mexicanos y qué venía primero si la mexicanidad o la judeidad y recuerdo algunas respuestas a estas preguntas […] Por ejemplo, las de quienes nos recordaban que esto ya se había discutido en la Alemania de entreguerras cuando muchos judíos se empezaron a considerar “alemanes de religión mosaica” y que los nazis de todos modos mataron por igual a los judíos que se reconocían como tales que a los que no[…].

En el otro extremo, estaban quienes decían que era posible y hasta necesario abandonar completamente al judaísmo y lo judío y sobre todo a la comunidad judeo-mexicana.[…]

Y es precisamente en este punto que las preguntas se reiteran y repiten: ¿Cómo se determina esto? ¿Por la mamá que te parió? ¿Por el rabino que te validó? ¿Por el marido con quien te casaste? ¿Por la comunidad que te considera? ¿Por los rituales que cumples? ¿Por los temas que estudias?[35]

 

La fractura identitaria producida en los judíos a partir de la Ilustración se reprodujo con todas sus variantes en los que se asentaron en México durante el siglo pasado; incluso en aquellos que llegaron de países musulmanes como Turquía o Siria ya que por medio de la colonización europea se instrumentó una dinámica similar a la de los países cristianos. La escasa inmigración durante la Segunda Guerra Mundial no tuvo ningún impacto es esta situación que, de hecho y con sus variantes, se continúa hasta hoy en día.

 

3.   Los españoles en México, de la Conquista al hispanismo cultural.

 

3.1.  Antecedentes históricos

La presencia de los españoles en México se remonta al año de 1521 cuando Hernán Cortés conquistó estas tierras.  A partir de ese momento lo que se inició fue una colonización que duro hasta 1810, año en el que se produjo el movimiento de Independencia. Durante estos siglos la demografía se convirtió en un tema complejo. Por un lado estaban los pobladores que pertenecían a una gran variedad de culturas y a los que los conquistadores catalogaron de forma arbitraria como indígenas; por otro los mismos españoles divididos en dos grupos: los que llegaban de Europa conocidos como peninsulares y los ya nacidos aquí de padres españoles y que se llamaban criollos. Otro grupo importante fue el de los pobladores de África y sus descendientes que originalmente fueron traídos como esclavos para trabajar en las empresas coloniales. Durante todos estos siglos los diversos colectivos se fueron mezclando ya que existía una relación entre los orígenes étnicos y el escalafón. Los colonizadores se ocuparon de establecer un catálogo que caracterizaba escrupulosamente a cada origen y combinación.

La colonización de lo que los conquistadores denominaron la Nueva España, que después de la Independencia se conocería como México, se apoyó de distintas estrategias: la militar, la instauración de la fe católica en lo que se conoce como evangelización y la cultural que tuvo como eje central la imposición del idioma español.

Con respecto a la primera es importante señalar que para lograr sus objetivos se buscaron los apoyos de grupos locales que se unieran a las batallas contra el imperio azteca; sin embargo, después de conseguir la victoria los españoles sometieron también a sus aliados, quienes fueron asimismo colonizados. En el ámbito religioso el proceso de cristianización se instrumentó a partir de una suerte de sincretismo del catolicismo con las creencias prehispánicas; se construyeron iglesias sobre los antiguos templos derrumbados y se adaptaron imágenes y ritos; la más emblemática de estas figuras fue sin lugar a dudas la de la Virgen de Guadalupe.[36] A pesar de existir un sincretismo los elementos cristianos se convirtieron en dominantes y por medio de la Inquisición se persiguieron y condenaron las prácticas consideradas paganas. La imposición del español como idioma del imperio fue uno de los mecanismos más eficientes e implacables de la colonización, fue sin lugar a dudas un elemento amalgamador que consiguió convertir a millones de personas en hispanohablantes. A la fecha existen todavía hablantes de las lenguas indígenas pero se encuentran dispersos y su poder comunicativo es limitado y se van extinguiendo poco a poco. De la mano del idioma se colonizó el horizonte cultural identificando a los colonizados con los desarrollos científicos y artísticos de la metrópoli desde esta perspectiva podemos afirmar que el hispanismo fue uno de los ingredientes fundamentales de esta empresa “civilizatoria”.

La lucha de la Independencia de México en 1810 terminó con la Colonia española desde el punto de vista político pero los mecanismos coloniales siguieron operando en la configuración del imaginario colectivo. Hay que recordar que los principales líderes de este movimiento fueron españoles criollos que ante la invasión francesa de España reclamaron su autonomía; desde este punto de vista podemos afirmar que no hubo realmente un rompimiento con los aspectos culturales del colonialismo. Uno de los ejemplos más representativos de estos posicionamientos ideológicos del criollismo español es el de Fray Servando Teresa de Mier. Como parte de sus argumentos a favor de la independencia de España, Mier nos presentó una visión muy particular de la historia.  En un sermón que pronunció en 1794 se confrontó con la versión oficial de la aparición de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego, a continuación un fragmento del mismo:

 

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe no está pintada sobre la tilma de Juan Diego sino sobre la capa de Santo Tomás Apóstol de este reino. [...]

  Mil setecientos cincuenta años antes del presente, la imagen de nuestra Señora de Guadalupe ya era muy celebre y adorada por los indios ya cristianos, en la cima plana de esta sierra de Tenayuca donde la erigió templo y colocó Santo Tomás. [...]

  Apostatas los indios muy en breve de nuestra religión maltrataron la imagen que seguramente no pudieron borrar, y Santo Tomás la escondió hasta que 10 años después de la conquista apareció la Reina de los Cielos a Juan Diego pidiendo templo, y le entregó la última vez su antigua imagen para que la presentase ante el señor Zumárraga. [...]

  La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es pintura de los principios del siglo primero de la Iglesia, pero así como su conservación su pincel es superior a toda humana industria, como que la misma Virgen María se estampó naturalmente en el lienzo viviendo en carne mortal.[37]

 

            Esta fábula que presenta Fray Servando Teresa de Mier pretende sustentar el reclamo independentista en una suerte de autoctonía del cristianismo en México y con esto desacreditar la empresa evangelizadora que los colonizadores peninsulares presentan como argumento justificador de lo que denominan empresa civilizatoria. Lo paradójico en esta apología de lo prehispánico es que se hace desde una visión donde la creencia católica se universaliza de tal manera que requiere de un movimiento absolutamente anacrónico en el que se inventa un nuevo mito que lleva a la propia María a encontrarse con los “indígenas” en el siglo I. Esta fábula que construye Teresa de Mier contiene también un episodio que recuerda la postura evangelizadora, en un lugar comenta: “Apostatas los indios muy en breve de nuestra religión maltrataron la imagen que seguramente no pudieron borrar”. La supuesta apostasía de los indígenas que los lleva a desconocer la aparición de Jesús, Santo Tomás y la Virgen María hace hincapié en la negativa a reconocer la verdad y de ahí que se justifique su maltrato. Desde la perspectiva del católico, incluso de aquel que reivindica la formación de una nación independiente, el aspecto de la universalidad excluyente del cristianismo sigue vigente como en el caso de Fray Servando Teresa de Mier. 

La Revolución Mexicana fue uno de los eventos más importantes de la historia nacional. En el año de 1910 se inició lo que sería prácticamente una guerra civil que culminaría en 1921. En esta lucha nos encontramos con representantes de las distintas ideologías de la época y miembros de todos los estratos sociales y culturales; lo interesante es que al final de la conflagración el hispanismo se convirtió en factor de unificación y elemento central en la configuración de México pos revolucionario. La figura más representativa de este periodo fue sin lugar a dudas José Vasconcelos, considerado en la historiografía oficial como uno de los próceres de la educación en México y no sin razón, ya que al final de la revolución impulsó una campaña de alfabetización, promovió bibliotecas públicas y fue el impulsor del muralismo mexicano. Estudió Derecho en la Ciudad de México, activó en el Ateneo de la Juventud, en 1920 fue nombrado rector de la Universidad Nacional y un año después fungió como Secretario de Educación Pública hasta 1924. Para Vasconcelos el proyecto de nación mexicano debe verse como continuación del proyecto colonial español en contra del sajón; en La Raza Cósmica de 1925 escribe:

Nosotros no seremos grandes mientras el español de la América no se sienta tan español como los hijos de España.  Lo cual no impide que seamos distintos cada vez que sea necesario, pero sin apartarnos de la más alta misión común.  Así es menester que procedamos, si hemos de lograr que la cultura ibérica acabe de dar todos sus frutos, si hemos de impedir que en la América triunfe sin oposición la cultura sajona.[38]

 

La empresa cultural que impulso Vasconcelos tuvo una enorme influencia y marcó una dirección en lo que sería la consolidación del proyecto nacional. En las misiones educativas que impulsó en todo el país se enseñaba el español por medio de textos clásicos y la alfabetización tuvo un efecto homologador que buscaba erradicar la diversidad lingüística que se manifestaba en el habla de idiomas prehispánicos. Este hispanismo cultural contenía también elementos católicos y en este sentido se podría entender como una continuación del proyecto colonial. Así lo consideraba el mismo prócer de la educación mexicana; en el discurso que pronunció al ser nombrado rector de la Universidad Nacional dijo lo siguiente:

Seamos los iniciadores de una cruzada de educación pública, los inspiradores de un entusiasmo cultural semejante al fervor que ayer ponía nuestra raza en las empresas de la religión y la conquista […]esto que teóricamente parece muy sencillo es, sin embargo, una de las más difíciles empresas, una empresa que requiere verdadero fervor apostólico.  Para resolver de verdad el problema de nuestra educación nacional, va a ser necesario mover el espíritu público y animarlo de un ardor evangélico, semejante, como ya se ha dicho, al que llevara a los misioneros por todas las regiones del mundo a propagar la fe.[39]

Estás ideas de Vasconcelos recogen un sentir general de la población mexicana. Después de varios siglos de colonización los españoles lograron crear un imaginario donde la población asumió que su identificación colectiva debía contener los ingredientes fundamentales del hispanismo: catolicismo, idioma español y color de piel blanco. La pugna de los criollos con los peninsulares y su reivindicación de privilegios llevaron a la formulación de un imaginario criollo que variaba del peninsular en ciertos aspectos que podríamos resumir de la siguiente forma: se aceptó un catolicismo sincretizado con algunos rituales y figuras prehispánicas como el Día de Muertos y la Virgen de Guadalupe; se concedió que en el idioma se incluyeran ciertos “modismos” mexicanos y se inventó la categoría racial del mestizo que a final de cuentas permite una cierta coloración café del blanco hispano. Vasconcelos también introduce este aspecto en su campaña educativa y lo explica en su ya citada obra La Raza Cósmica.

Con respecto a la raza lo que sostiene es que “los tipos bajos de la especie serán absorbidos por el tipo superior.  De esta suerte podría redimirse, por ejemplo, el negro, y poco a poco, por extinción voluntaria, las estirpes más feas irán cediendo el paso a las más hermosas”.[40] En este sentido vemos como no está hablando de una mezcla equitativa de todas las razas aunque afirme que propone una “raza síntesis o raza integral, hecha con el genio y con la sangre de todos los pueblos y, por lo mismo, más capaz de verdadera fraternidad y de visión realmente universal”[41] ya que sostiene que “quizá entre todos los caracteres de la quinta raza predominen los caracteres del blanco, pero tal supremacía debe ser fruto de elección libre de gusto y no resultado de la violencia o la presión económica.”[42] Para está selección que llama estética nos propone el “buen gusto”:

Donde manda la pasión iluminada no es menester ningún correctivo.  Los muy feos no procrearán, ¿Qué importa entonces que todas las razas se mezclen si la fealdad no encontrará cuna? La pobreza, la educación defectuosa, la escasez de tipos bellos, la miseria que vuelve a la gente fea, todas estas calamidades desaparecerán del estado social futuro.  Se verá entonces repugnante, parecerá un crimen el hecho hoy cotidiano de que una pareja mediocre se ufane de haber multiplicado miseria.   El matrimonio dejará de ser consuelo de desventuras, que no hay por qué perpetuar, y se convertirá en una obra de arte[43].

Cuando llegaron los exiliados republicanos españoles a México en 1939 se encontraron con una sociedad que se identificaba con los elementos que constituían este hispanismo criollo y se les recibió a partir de estas valoraciones. En un discurso pronunciado por el General Lázaro Cárdenas justificando su admisión al país vemos cómo los ingredientes del hispanismo criollo operaban en el imaginario nacional mexicano:

<<por considerar […] que se trata de una aportación de fuerza humana y de raza afín a la nuestra en espíritu y en sangre, que fundida con los aborígenes contribuyó a la formación de nuestra nacionalidad.>> [Considerándose, además, que] <<se llegarán a estimar en todo el país los beneficios que recibe México con la aportación de esas energías humanas que vienen a contribuir con su capacidad y esfuerzo al desarrollo y progreso de la Nación.>>[44]

 

La adaptación de este grupo de exiliados siguió el mismo cauce que la de los otros peninsulares que llegaron desde la Conquista. Las diferencias ideológicas con aquellos afines al franquismo y que ya vivían en México se fueron limando para ceder a la integración dentro de una vida comunitaria donde lo hispano se terminó imponiendo como factor homogeneizador. A la fecha la comunidad española en México mantiene colegios, centros comunitarios, sociales y deportivos. 

Es importante destacar la invaluable contribución de este exilio en el desarrollo cultural de México; en diversas áreas de la ciencia y el arte los intelectuales y académicos republicanos participaron activamente. Sin demeritar en lo más mínimo este aspecto no lo trataremos aquí porque lo que nos interesa es identificar el papel del colonialismo hispanista y determinar si en estos exiliados existió o no un rompimiento con esta lógica para poder hacer una comparación con la dinámica diaspórica de los inmigrantes judíos. Para comprender este proceso de integración revisaremos algunas de las reflexiones de los pensadores republicanos que inmigraron a México.

3.2.  Destierro o transtierro: Gaos, Sánchez Vázquez y Nicol.

3.2.1.  José Gaos el transterrado

Un término que se convirtió en una lugar común para la gran mayoría de los exiliados españoles que llegaron a México fue el de transtierro en oposición al de destierro y que acuñó José Gaos, uno de los filósofos más renombrados de este colectivo. En lo que presentó como Confesiones de desterrado y que escribió en 1994 dice lo siguiente:

El factor fundamental fue aquí, sin duda, el no haberme sentido en México en ningún momento, desde el de arribo hasta éste mismo, propiamente desterrado. Desde aquel primer momento tuve la impresión de no haber dejado la tierra patria por una tierra extranjera, sino más bien de haberme trasladado de una tierra de la patria a otra; […] En todo caso, y en una comida que nos dieron los profesores de Filosofía y Letras a los compañeros españoles incorporados a la Universidad Nacional, obligado a hablar, y queriendo expresar cómo no me sentía en México desterrado, sino... , se me vino a las mientes y a la voz la palabra transterrado, que sin duda resultó ajustada a la idea que había querido expresar con sinceridad, y debía de ser la de una realidad no sólo auténtica, sino más que puramente personal pues hizo fortuna: desde entonces la he encontrado utilizada varias veces y no sólo en México ni por solos españoles y mexicanos.[45]

 

La razón por la que Gaos siente que su paso de un país a otro no fue un desgarro o una fractura está relacionada con lo que anteriormente explicamos: la afinidad cultural que existe entre España y México como consecuencia del colonialismo hispano. “La lengua es factor decisivo en todo caso de cambio de tierra, pero quizá para nadie como para el intelectual.”[46] Aquí Gaos define al idioma español como elemento amalgamador. Algo similar ocurre con la religión católica y la transmisión de un pasado cultural externo que en México se inculcó como propio. A esto habría que añadir que el gobierno mexicano y la Universidad Nacional Autónoma de México lo recibieron en condiciones muy favorables; le dieron un espacio para continuar impartiendo cátedra con un nivel de vida privilegiado como él mismo confiesa.[47]

El concepto de transtierro  da cuenta de la manera en la que se consiguió transformar el imaginario colectivo mexicano que llegó a reproducir un espacio en donde las profundas diferencias culturales y las huellas de la violencia colonial se colocaron en un segundo plano y lo que se impuso fue el éxito del colonialismo hispano. Lo que sorprende a Gaos y le permite afirmar que México es una continuación de España  no es producto de una identificación que surgió del libre convencimiento en los mexicanos sino más bien el resultado de una aculturación violenta que sigue operando en el imaginario nacional. El filósofo español no alcanza a valorar este proceso en su justa dimensión pues llega incluso a hablar de la llegada de los españoles a México como si nunca hubiera habido una Conquista ni una brutal colonización. En las mismas Confesiones escribe:

Mas antes, si me permiten la expresión, se venía como funcionario del imperio en la colonia. Y antes, primeramente, se había venido como misionero evangelizador, conquistador, explorador, descubridor -y siempre a hacer fortuna. En suma, desde hace casi cuatro siglos y medio estamos los españoles viniendo a México, y en considerable proporción para quedarnos en él, para cooperar a la formación de la nueva nación mexicana: a la luz de lo cual, los motivos de la venida parecen lo cambiante, lo accidental; la venida misma, lo persistente, lo esencial.[48]

 

Gaos hace una lista de los motivos por la que los españoles han venido a México a lo largo de cuatrocientos años: evangelizar, explorar, descubrir, conquistar, y “siempre hacer fortuna”, y luego agrega “a cooperar en la formación de la nueva nación mexicana”. Es una afirmación interesante ya que coloca en la misma lógica el “evangelizar” con el “conquistar”, el “explorar” con “hacer fortuna” y todo ello como una contribución a la “formación de la nación mexicana”.  Al hablar de cooperación en la formación da la impresión de una empresa donde ambas partes participan en igualdad de condiciones y no da cuenta de lo que realmente sucedió: que mediante una violenta colonización se implantó una cultura y se destruyeron las que estaban en el país conquistado. A partir de esta distorsión de la historia Gaos puede proponer una ficción como la del transtierro donde “funde” lo español y lo mexicano en una sola nación:

Generalizada esta manera de concebir las patrias, da hacia el futuro una visión más grandiosa aunque la del mito vasconceliano de la raza cósmica: las patrias no serían sendos territorios ocupados estáticamente por sendas razas o pueblos en dominios a perpetuidad mutuamente excluyentes; serían más bien espíritus colectivos en formación dinámica en unos u otros territorios destinados a fundirse en la Humanidad, pero no por desaparición en un espíritu uniforme, que quizá sea una contradicción en los términos, sino por armonización en una polifonía de valores humanos” [49]

La visión idílica del humanismo que propone Gaos donde se produce una “armonización en una polifonía de valores humanos” nada tiene que ver con los mecanismos que utilizó el Imperio Español en su conquista, colonización y explotación de las culturas que habitaban en estas tierras ni con los procesos de una Inquisición implacable y muy eficiente en la persecución de lo que llegaba a considerar una desviación de las directrices imperiales católicas. Para que los españoles puedan sentirse “transterrados” fue necesario primero desterrar a los pobladores nativos arrancándolos de raíz de su propio mundo y convertirlos en extranjeros en su propia tierra.

Lo que acompaña esta reconstrucción imaginaria de la presencia española en México es una lectura del sistema político que le toco vivir absolutamente idealizado. En sus confesiones escribe: “Por mi parte, tengo que confesarles que frecuentemente pienso: si a la República se le hubiera dado tiempo para desarrollar una política tan original, por adaptada a las circunstancias nacionales como la de México, con su peculiarísima conjugación de presidencialismo y gobierno para el pueblo, de socialismo de Estado e iniciativa privada...”[50] En esta confesión nos encontramos con una visión de lo que fue la dictadura de partido que instrumento el PRI en México como un ideal político al que hubiera podido aspirar la Republica Española de no haber sido derrotada por Franco. Este es otro testimonio más de cómo en vez de cuestionar la falta de democracia, la terrible represión y la existencia de un sistema injusto de privilegios, Gaos le agradeció al régimen que lo asiló con una apología imperdonable.

 

3.2.2.     Eduardo Nicol emigración y no transtierro

Uno de los representantes más connotados del exilio republicano fue el filósofo Eduardo Nicol; su postura frente a la propuesta gaosiana de entender el exilio como transtierro es crítica, pues no considera que este término sea afortunado. En alusión directa, aunque sin nombrarlo, se refiere a Gaos y afirma que se considera emigrado:

“porque somos emigrados; no somos transterrados. El transterrado es un desheredado. La palabra no está mal, y puede emplearse de buena fe. Pero si la emplea un filósofo, debe examinarse en sus aplicaciones; porque entonces ya pretende ser un concepto que designaría la condición común de los emigrados. Y entonces es una falsedad.”[51]

 

En un texto donde analiza la Filosofía Hispanoamericana Nicol aborda los temas referentes a la Conquista, la Colonia, las independencias y las revoluciones que constituyen un factor determinante para comprender las opiniones de los pensadores de este vasto continente lingüístico y cultural. El filósofo presenta a España y sus antiguas colonias de América y Asía ya independizadas como una unidad donde se manifiestan sus diferencias a partir de un proyecto común. Nos deja claro que estás posturas  deben entenderse más como <<ideologías> que como <<ciencia>> [52] debido a que  existe un componente nacional y reconoce que en su identificación personal hace que se involucren a partir de un elemento afectivo que no figura en las otras investigaciones filosóficas.

Faltaría, pues, a esta norma si pretendiese empeñarme a fondo en unas opiniones como las que voy a exponer, aunque las crea firmemente verdaderas. También pudiera decirse de ellas que están inspiradas por una philía de la ver­dad; pero este amor se complica con otra suerte de philía o filiación que no permite ser tan desinteresado. Es la afiliación a esos países de la comunidad hispánica, es la participación en los esfuerzos que hacen por encontrarse a sí mismos, por conocer y regular sus desti­nos (España inclusive, a pesar de su larga historia). [53]

 

En su presentación Nicol hace una valoración de la relación entre los países que conforman este continente cultural donde resignifica el proceso colonizador a partir de una visión que nos acerca a lo que denominamos anteriormente hispanismo criollo ya que existe una reivindicación de la independencia política pero a partir de una identificación con los elementos que constituyen el hispanismo: lengua, religión y tradición cultural.

Es así como explica los movimientos de Independencia; para comprender su postura recordemos que en el año de 1808 Napoleón invadió España y fue entonces cuando se produce la ruptura de algunas de las colonias en América, ese fue el caso de México que lo hizo en 1810 ante el vació de poder que se genera con esta situación. Lo que sostiene es que lo que motivo esta lucha no fue un espíritu emancipatorio frente al colonizador sino más bien una “solidaridad de los movimientos populares de América y de la metrópoli contra la monarquía impuesta de José Bonaparte”.[54] La lectura que hace de la Independencia es en parte cierta ya que los criollos efectivamente reclaman sus derechos sin dejar de reivindicar los elementos fundamentales de la cultura española; sin embargo, lo que no considera Nicol es que para los millones de indígenas y mestizos la emancipación del yugo colonial tenía un sentido completamente diferente, solo así puede comprenderse lo que dice a continuación.

Por lo que se refiere a Hispanoamérica, la situación no se entien­de si no se toma en cuenta la parte eficacísima que tuvo España misma en el movimiento de Independencia. El mito es la cara sublime de la verdad histórica. Pero el mito no es el hecho, sino precisamente la sublimación que sufren los hechos cuando se advierten sus limitaciones. Tal vez fuera más acorde con los hechos históricos decir que los pueblos de América no reclamaron de España la independencia de sus destinos, sino que fueron abando­nados por España a sus destinos.[55]

 

En esta explicación, que se asemeja más a la reconstrucción de un mito que a la verdad histórica, se habla de un “abandono” como si el padre dejase de hacerse cargo de sus inmaduros hijos o como lo dice el mismo Nicol “sucede con los pueblos lo mismo que con los adolescentes: el afán de liberarse de tutelas se manifiesta, a veces con violencia reactiva, antes de que la personalidad se haya formado y pueda dar pruebas de sus capacidades de autonomía.”[56] Esta postura paternalista que ve a los autóctonos como niños o primitivos que necesitan ser educados lleva al filósofo a una apología de la Conquista y de la Colonia, aunque estos procesos hayan sido acompañados de violencia.

Lo que sostiene Nicol es que “la colonización fue algo más, algo sustantivamente diferente de una empresa de ocupación militar y dominio político y económico. En un sentido radical, las colonias nunca pudieron perderse, porque nunca fueron de España”. [57] Esta afirmación es desconcertante si consideramos que la conquista y colonización de América fue una empresa que cobro la vida de millones de seres humanos, despojo a los habitantes de sus recursos y los sometió a una explotación que enriqueció a España. Entre las cuestiones que el filósofo distorsiona está la del elemento racista que fue uno lo de los componentes centrales del proceso colonizador. A este respecto nos dice que “durante la Colonia no hubo, ni de jure ni de facto, una situación de antagonismo racial.”[58] Esta aseveración es insostenible frente a la verdad histórica a la que le dedicamos unas palabras al principio de estas reflexiones. Agregaremos además que todos los estudios revelan lo contrario: el racismo fue uno de los componentes centrales de la empresa colonizadora española que construyó en su imaginario social un sistema complejo y sofisticado de clasificación racial donde se ordenaban los grupos en “castas”.

De acuerdo con la condición legal, en la sociedad colonial los españoles ocupaban el primer puesto, seguidos por los indios y, en tercer lugar, las castas de mezcla y los negros esclavos. […] El Nuevo Mundo obedecía, en cuanto a sus estructuras de poder, al doble principio aristo/etnocrático que hemos comentado anteriormente. Además, en esta sociedad étnicamente dividida, cada una de las castas se distinguía por sus funciones económicas, su vestimenta, privilegios legales y discriminaciones residenciales.[59]

 

La discriminación de indígenas, esclavos negros y de los que nacían como “mezcla” de estos grupos originales fue uno de los efectos negativos de la colonización y tenía una repercusión social, política y económica cuyos efectos continúan aun después de las independencias y de los procesos revolucionarios como pudimos ver en las propuestas de Vasconcelos. En su afán de presentarnos un hispanismo humanista, amoroso e incluyente Nicol hace una verdadera caricatura de la colonización y afirma que: “por lo demás, el régimen llamado colonial no se caracterizó pre­cisamente por una política de discriminación racial”.[60] La lectura que hace de la conquista, sometimiento, explotación y devastación económica y cultural es la de un proceso civilizatorio donde la fuerza empleada se justifica por la supuesta aspiración moral que acompañó a los colonizadores. “La acción de España en América, su dominio político en ella, si así quiere decirse, no representó nunca una opresión del hombre sobre el hombre, fundada en una discriminación racial, sino al contrario. La unidad humana se logró efectivamente desde el siglo XVI. En verdad, ella fue el signo, la justificación moral y jurídica, el ideal mismo de la colonización.”[61]

La manera en la que el filósofo exiliado describe la Conquista y la Colonia se inscribe en el discurso del hispanismo que Sánchez Vázquez, a quien analizaremos a continuación, identifica con el nacionalismo y que a nombre de un proyecto imperial en donde lo español se entiende como valor universal se justifican las atrocidades cometidas. Para Nicol el ingrediente católico se suma al del lenguaje y en claro desconocimiento de las vejaciones que indígenas y negros sufrieron propone que “a esa comunidad del espíritu y de la sangre, del verbo encarnado (que fue, marquémoslo bien, para que lo entiendan igualmente los españoles, revelada por la Independencia, y no escindida por ella), la llamaríamos hispanidad.”[62]

 

3.2.3.     Sánchez Vázquez

 

Frente a estas posturas de Gaos y de Nicol, en donde se da continuidad al hispanismo criollo, tenemos la de Adolfo Sánchez Vásquez, uno de los pensadores más críticos que llegó en este grupo de refugiados republicanos españoles. Su formación marxista le permitió identificar los elementos negativos de toda postura nacionalista y a partir de esta perspectiva tuvo una visión distinta del exilio y el destierro. En un texto dedicado a analizar estos temas recoge el término acuñado por José Gaos para su estudio y al respecto abre con lo que define como “dos consideraciones indispensables”. “La primera es que, como veremos en seguida, los términos “destierro” y “transtierro” designan dos modos de darse, o interpretarse, el episodio histórico, real, del exilio”[63]. Ya nos anuncia que el término de Gaos no describe un sentir general en todos los que fueron víctimas del franquismo y “La segunda es que estos dos modos de ser se refieren a un espacio y tiempo concretos: México en los años que van de 1939 a 1975, en que el exilio llega objetivamente a su fin al desaparecer en España las condiciones políticas que lo determinaron.”[64] En esta segunda consideración deja claro que su acercamiento a lo sucedido responde a una perspectiva marxista, es decir que el exilio fue un suceso concreto que debe entenderse desde las condiciones materiales que lo produjeron y haciendo una clara separación de esta migración con las otras de españoles que vinieron a México desde la Conquista. En este sentido marca una clara diferencia con lo expuesto por Gaos en donde integra todas las variantes de inmigración.

Para Sánchez Vázquez la terrible experiencia que sufrió no puede y no debe idealizarse y en este sentido nos dice que “el exilio es un desgarrón que no acaba de desgarrarse, una herida que no cicatriza, una puerta que parece abrirse y que nunca se abre.”[65] En esta condición muy difícil poder desarrollar una postura política crítica ya que la distancia y el dolor tienen un efecto anímico que nubla la capacidad de discernir lo real de lo imaginario; considera que el desterrado “al perder su tierra, se queda aterrado”[66]. Así es como describe lo que vio en la generación que llegó junto con él a México:

La idealización y la nostalgia, sin embargo, no se dan impunemente y cobran un pesado tributo, que pocos exiliados dejan de pagar: la ceguera para lo que le rodea. Sus ojos ven y no ven; viendo esto, ven aquello, mirando el presente, ven el pasado. Y lo que durante algún tiempo puede alimentar el fuego de la poesía (ha habido una excelente poesía del destierro) es fatal en política, pues no se hace política en el aire, sino con los pies bien afirmados en tierra.[67]

 

Esta ceguera de la que habla el filósofo marxista tuvo muchas expresiones y se reflejó tanto en la lectura que se hizo de la misma guerra en España como de la situación concreta de la sociedad mexicana en donde buscaron integrarse. Con respecto a lo primero la posición de Sánchez Vázquez es contundente: la razón por la que fueron exiliados fue fundamentalmente política y hace hincapié en que describir el golpe de estado franquista  con el término guerra civil busca borrar lo que realmente sucedió, ya que coloca a los dos bandos en una mismo plano atenuando la responsabilidad  de los golpistas y sus aliados fascistas en Europa.

Como tampoco se justifica la tendencia a confundir los colores, las voces y los pasos al presentar la guerra más bien “incivil” —así la calificó, apenas desatada, Unamuno— como una guerra entre hermanos, igualmente brutales o igualmente nobles, como si los agresores y los agredidos, los verdugos y las víctimas, fueran igualmente culpables o inocentes. Con ello se pretende ocultar que la sangrienta Guerra Civil le fue impuesta al pueblo español por el fascismo nacional y extranjero, y que aquél, al resistir la agresión en las condiciones más desventajosas, no hacía más que cumplir con lo que su dignidad exigía.[68]

 

 La España que triunfo en la guerra y que los exilió fue la que buscó dar continuidad al proyecto imperial terminando con la democracia y restituyendo la alianza con la Iglesia Católica. Para los triunfadores el proyecto colonizador se recuperó con la apología de la evangelización y la visión del hispanismo como legado cultural y civilizatorio. Sánchez Vázquez identifico en la generación de exiliados republicanos un acercamiento al hispanismo, aunque hace la diferenciación entre “la doctrina franquista de la ‘hispanidad’ y el ‘bueno’”[69]. En esta segunda acepción del españolismo lo que se remarca es el aspecto humanista: la España “quijotesca”. “España como valor supremo ante la otra España que la niega y, más allá de ella, como valor universal en un mundo […] de “doblez, iniquidad y alevosía”. Españolismo, pues, de signo diametralmente opuesto al de la “hispanidad”, pero españolismo al fin.”[70] Sánchez Vázquez hace una diferencia entre hispanismo  y españolismo para distinguir la forma en la que los exiliados republicanos dan expresión a sus sentimientos nacionalistas aunque no está muy convencido de que aún en el considerado “bueno” se consiga salir de los efectos negativos del nacionalismo. En este sentido hace una lectura del término transtierro:

Podría pensarse que la visión gaosiana del exilio permite es­capar de este nacionalismo, dado que —de acuerdo con esa vi­sión— el exiliado se siente "transterrado’’ en tierra ajena y ésta se le presenta como propia. Ahora bien, si se le presenta así, es porque en ella encuentra lo perdido, o sea, lo que hay de espa­ñol en la tierra ajena. Vale decir: se siente transterrado por lo que con ella le identifica: su españolidad, y no por lo que le dife­rencia: su componente prehispánico o indígena. En consecuen­cia, lo que hace vivir al exiliado en su nueva tierra en plan defi­nitivo, sin la obsesión del retomo y con el sueño de otra vida en su "patria de origen”, es el haberla encontrado en la tierra que le acoge o “patria de destino". En suma, si el desterrado cierra los ojos a la tierra de asilo por sentirse ajeno o extraño, el trans­terrado los abre justamente por lo que hay de propio, de espa­ñol en ella. Nacionalismo, al fin —como decíamos—, en un caso y otro, por diferentes razones, aunque ambos tengan en común su oposición al de la “hispanidad".[71]

 

3.3.  Del exilio al transtierro otro episodio del hispanismo criollo

Las posturas de estos tres filósofos con respecto al exilio y a su asilo en México son muy representativas de las distintas visiones que encontramos en los miles de españoles que llegaron a nuestro país con la victoria del franquismo. Por supuesto que existe una gran variedad de experiencias y posicionamientos y no podemos pretender clasificarlos en forma esquemática; sin embargo, sí podemos establecer ciertas líneas generales que nos ayuden a comprender lo que fue uno de los episodios más importantes de la actualidad política de ambas naciones.

Lo que expone Gaos representa el sentir de una porción importante de los exiliados que llegaron a México y que se definen como transterrados; nos referimos a los que se identifican con México a partir de los componentes hispanistas que son parte central de la configuración de lo mexicano. En esta postura encontramos una reivindicación de la cultura española arraigada en nuestro país y un distanciamiento de los elementos que provienen del pasado precolombino. En estas personas la elaboración de su condición de exiliados se da a partir de una identificación con los elementos culturales hispanos de los dos países y a partir de lo cual llegan afirmar que no se sintieron desterrados.

Otro ingrediente importante en este grupo tiene que ver con la manera en la que valoraron su integración al país donde la postura del gobierno mexicano fue determinante. Ya que a muchos de ellos se les brindó una acogida ventajosa en distintas instituciones oficiales respondieron con un agradecimiento que en ocasiones se convirtió más bien en una apología del sistema político posrevolucionario. A pesar de haber sido vencidos y exiliados por un sistema político antidemocrático y que enarboló la bandera nacionalista española no fueron capaces de desarrollar una crítica al sistema antidemocrático y opresivo del gobierno mexicano y tampoco se distanciaron del nacionalismo español. Como resultado lo que sucedió fue que se sumaron al proyecto político del PRI y se integraron al segmento más privilegiado de la sociedad haciendo suyas las posturas liberales de los criollos. Más cercanos a las ideas Ilustradas sus posturas republicanas se mantuvieron en lo referente al anticlericalismo y la oposición a las ideas del Imperio Monárquico. Es en ese sentido que se pudieron identificar con la ideología y las prácticas de sistema mexicano posrevolucionario.

Otro grupo importante de los refugiados elaboró su exilio de la manera en la que lo hizo Eduardo Nicol. En este sector encontramos también una recuperación del catolicismo como factor de identificación. No nos referimos únicamente a la fe sino también a la institución. En este grupo existe una justificación de la colonización como empresa evangelizadora lo cual se acompaña de una descalificación de lo prehispánico por sus “primitivismo” y “barbarie” y una lectura civilizatoria y humana de la participación española. Para este grupo de exiliados su adaptación a México implicó una participación en este proceso civilizatorio que inicio con la Conquista. Lo paradójico de esta postura es que en ocasiones podemos encontrar en estos exiliados republicanos un hispanismo que se acerca más a las ideas conservadoras que a las liberales lo cual sólo puede entenderse a partir de los sentimientos nacionalistas donde la religión, la lengua y la cultura son un ingrediente fundamental.

Por último tenemos a muchos refugiados que, como lo hizo Adolfo Sánchez Vázquez, entendieron su exilio en su dimensión histórica y política e identificaron los elementos del nacionalismo español que formaron parte de la ideología franquista que los derrotó y condujo al destierro. Estos individuos se distanciaron del hispanismo y aplicaron esta crítica para cuestionar las políticas opresoras que se desarrollaron en España y en México. Para este sector todo discurso que alimentara prácticas de exclusión y dominación fue cuestionado; su visión crítica los llevó a un entendimiento de la colonización como un proceso político, económico y social que sirvió a una elite que continuó colonizando el imaginario español y mexicano.

4.   Conclusiones

El análisis de los movimientos migratorios de judíos y españoles a México nos enseña que fueron procesos distintos y obedecieron a dinámicas difíciles de comparar. El encuentro de refugiados a mediados del siglo pasado difícilmente puede ser comprendido como una experiencia parecida.

Para los judíos su condición de inmigrantes se entendió en las claves de una experiencia diaspórica milenaria y su integración a la realidad mexicana se inscribió en una tradición en la que la “mudanza” territorial constituía uno de sus ingredientes. En este colectivo se reprodujeron las distintas  formas de construcción identitaria de todo grupo judío en la modernidad posilustrada: la asimilación, la ortodoxia, el sionismo y el desarrollo de un pensamiento crítico de manera individual.

El exilio español debe comprenderse a partir del encuentro con un México que los recibió como españoles y buscó integrarlos a partir de políticas en donde su origen fue determinante tal y como lo sustentó en su momento el presidente Lázaro Cárdenas. En su proceso de integración se encontraron con el hispanismo criollo presente en la configuración del nacionalismo posrevolucionario y con un gobierno que brindó muchas facilidades y en ocasiones privilegios. El resultado fue que la mayoría de estos refugiados dejaron atrás su crítica al nacionalismo español y sus posturas democráticas y terminaron  defendiendo el sistema de dominación antidemocrático priista y el hispanismo en sus diversas expresiones que en varios casos los llevo incluso a una apología de la Colonia. Otro sector estuvo compuesto por individuos que pudieron identificar el carácter represivo de la dictadura de partido único y su manejo de los ingredientes hispanistas lo cual los condujo a una postura crítica a toda forma de nacionalismo.

La comparación de estás dos experiencia migratorias nos permite comprender, además de las particularidades de cada una de ellas, la manera en la que se configuran los imaginarios nacionales en México. Mientras que los judíos se encontraron con un país donde lo judío pasa más por un dato folclórico lejano o un tenue prejuicio de origen religioso, los españoles fueron acogidos por un imaginario prohispano que habita en la conciencia de los mexicanos y que les fue “tatuado” con los dos instrumentos “civilizatorios” del colonialismo imperial español: la espada y la cruz.  

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15.      Nicol Eduardo, El problema de la filosofía hispánica, edición de Luis de Llera, FCE Ediciones Espuela de Plata, México, 2008.

16.      ___________, “La fase culminante del descontento” en Revista de Hispanismo Filosófico, publicada por la Asociación de Hispanismo Filosófico, Núm. 4 octubre, 1999- pp. 47-58.

17.      Pilatowsky Mauricio, “La virgen de Guadalupe: ícono en la configuración de los imaginarios mexicanos” en: Mauricio Pilatowsky (Coord.) La configuración de la Nación Mexicana: Un proyecto de inclusión exclusión, pp.259-275, México, UNAM, 2013.

18.      Sánchez Vázquez Adolfo, A tiempo y destiempo: Antología de ensayos, prólogo de Ramón Xirau, Fondo de Cultura Económica, México, 2003.

19.      Sartre Jean-Paul, Reflexiones sobre la cuestión Judía, Traducción del francés por Juana Salabert, Barcelona, Seix Barral, 2005. 

20.      Sefchovich Sara, “¿Por qué al margen?” en Alicia Gojman (Coord.), 100 años de vida institucional judía en México, pág. 220-227. México, FES Acatlán UNAM, CEDICA, 2013.

21.      Fray Servando Teresa de Mier, “Sermón Guadalupano 1794”, en: Los imprescindibles; selección y prólogo Héctor Perea, Ediciones Cal y Arena, México 1997.

22.      Stallaert Christiane, Ni una gota de sangre impura; La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara,  Galaxia Gutenberg, Barcelona 2006.

23.      Shakespeare William, “El Mercader de Venecia”, en Obras Completas de William Shakespeare, pp. 1045-1089. Madrid, Aguilar, 1961,

24.      Vasconcelos José, Discursos 1920-1950, México, Ediciones Botas, 1950,

25.      ______________, La raza Cósmica, Editorial Porrúa, México.

 



[1] Daniela Gleizer, México Frente a la inmigración de refugiados judíos 1934-1940, CONACULTA, INAH, Fundación Eduardo Cohen, México, 2000.

[2] Alicia Gojman, Judaizantes en la Nueva España: Catálogo de documentos en el Archivo General de la Nación.  México, FES Acatlán UNAM y Backal Editores, México, 2006.

[3] Alicia Gojman (Coord.), 100 años de vida institucional judía en México; Mosaico de experiencias y reflexiones (1912-2012). México, FES Acatlán UNAM, CEDICA, 2013.

[4] Alicia Gojman, “Introducción” en Alicia Gojman (Coord.),  La Memoria Archivada: Los judíos en la configuración del México Plural, FES Acatlán UNAM, CEDIJUM, Comunidad Ashkenazí de México, México, 2011. p. 14

[5] “Como resultado directo de la promulgación del Acta de Cuota de 1921, que constituía la primera ley en la historia estadounidense que limitaba cuantitativamente la inmigración, y del Acta Johnson, de 1924, la demanda de entrada de judíos a México aumentó sensiblemente”. Daniela Gleizer, “De la apertura al cierre de puertas: La inmigración judía a México durante las primeras décadas del siglo XX” en Historia Mexicana, vol. LX, núm. 2, octubre-diciembre, 2010, pp. 1175-1227, El Colegio de México, A.C. Distrito Federal, México,   p.1191

[6] Ibid. p.1204

[7] Ibid. p.1207

[8] Ibid. p.1210

[9] Ibid. p.1217

[10] http://www.enlacejudio.com/2012/03/23/segun-el-inegi-67400-personas-se-declaran-judias-en-mexico/

[11] Javier Mugerza, “Kant y el Sueño de la Razón”, en: Kant: de la Crítica a la Filosofía de la Religión, En el Bicentenario de La Religión en los Límites de la Mera Razón, Barcelona, Anthropos y UAM, 1994,  pp.125 –159, p. 130

[12] Debemos aclarar que los judíos llaman Biblia a lo que los Cristianos consideran solo una parte y que denominan  El Antiguo Testamento la segunda llamada El nuevo Testamento es para ellos también parte de la Biblia y es rechazada por los judíos.

[13] La traducción griega de Mesías es Cristo.

[14] En el año 323 D.C. el Emperador Constantino se convierte al cristianismo, que se instaura como la religión oficial del Imperio Romano.

[15]  De acuerdo con las interpretaciones que hicieron de los evangelios, los que sostenían esta forma de segregación.

[16] Iacob Katz, Exclusiveness and Tolerance; Studies in  Jewish-Gentile Relations in Medieval and Modern Times, Nueva York, Berhrman House, 1961. p. 4.

[17] Iacob Katz, H´et lajkor ve h´et  leh’itbonen; masah’ h’ist´orit h’al darco shel beit Ishrael mehaz´ zeható meharzove h´ad shubo helea (Tiempo para Investigar y Tiempo Para Reflexionar; Un Ensayo Histórico sobre el pueblo de Israel, desde su Salida de su Tierra hasta su Retorno), Jerusalén, Mercaz Salman Shazar, 1999. pp.48-53.

[18] Iacob Katz, “La Emancipación Judía y los Estudios Judaicos”, en Dispersión y Unidad, No. 15, Organización Sionista Mundial, Jerusalén, 1975, pp. 118-126. p. 119.

[19] Enciclopedia Judaica Castellana; En Diez Tomos,  tomo V, México, 1949. p.68

[20] William Shakespeare, “El Mercader de Venecia”, en Obras Completas de William Shakespeare, Madrid, Aguilar, 1961, pp. 1045-1089. Lo calificamos de “desafortunado” por que reproduce el estereotipo del judío que maneja el antisemitismo. Al final de la comedía Shylock, el prestamista judío, recibe el perdón del cristiano misericordioso a cambio de su conversión al cristianismo.

[21] Iacob Katz, Exclusiveness and Tolerance, op. cit., pp. 132-3. La traducción del inglés es nuestra responsabilidad

[22] Simón Dubnov, “El precio de la Emancipación – El decreto de 1806”, en Historia Universal del Pueblo Judío, Tomo VIII, pp. 55-69, Buenos Aires, Editorial S. Sigal, 1951.

[23] Ibidem.

[24] Ibidem.

[25] Iacob Katz, Masoret ve mashber; h’ajebrah’ h’ayeh’udit ve mozaeh’i yemei h’abeinaym (Tradición y Crisis; La Sociedad Judía al final de la Edad Media), Jerusalén, Mosad Bialik, 1963. p. 264. La traducción del hebreo es nuestra responsabilidad.

[26] Iacob Katz, H´et lajkor, op. cit. pp. 53-59. El autor presenta las condiciones  de los judíos, en los ámbitos social, político y económico, antes del periodo de la Emancipación.

[27] Iacob Katz, “La Emancipación judía y los estudios judaicos”, op. cit. p. 121.

[28] Iacob Katz, Masoret ve mashber , op. cit. pp.298-299. La traducción del hebreo es nuestra responsabilidad.

[29] Iacob Katz, “La Emancipación judía y los estudios judaicos”, op. cit. p.122.

[30] Hanna Arendt, Los Orígenes del Totalitarismo, Madrid, Taurus Ediciones, 1974. p.107.

[31]  Arendt, op. cit. p. 140.

[32] Para ilustrar como surge este movimiento y cuales son sus argumentos ver: Rafael S. Hirsch The Nineteen Letters About Judaism, Feldheim Publishers Jerusalén-Nueva York, 1995.

[33] Sartre Jean-Paul, Reflexiones sobre la cuestión Judía, Traducción del francés por Juana Salabert, Barcelona, Seix Barral, 2005.  p.159

[34] Ibid. p.75

[35] Sara Sefchovich, “¿Por qué al margen?” en Alicia Gojman (Coord.), 100 años de vida institucional judía en México; op.cit. pág. 220-227. p.222

[36] Este tema fue ampliamente tratado en: Mauricio Pilatowsky, “La virgen de Guadalupe: ícono en la configuración de los imaginarios mexicanos” en: Mauricio Pilatowsky (Coord.) La configuración de la Nación Mexicana: Un proyecto de inclusión exclusión, México, UNAM, 2013. pp.259-275.

[37] Fray Servando Teresa de Mier, “Sermón Guadalupano 1794”, en: Los imprescindibles; selección y prólogo Héctor Perea, Ediciones Cal y Arena, México 1997. p. 27

[38] José Vasconcelos, La raza Cósmica, Editorial Porrúa, México. p. 7-8.

[39] José Vasconcelos, Discursos 1920-1950, México, Ediciones Botas, 1950, p.12

[40] José Vasconcelos, La raza Cósmica, op.cit. , p. 27

[41] Ibid. p. 17

[42] Ibid. p. 21

[43] Ibid. p.26

[44] El Gral. Lázaro Cárdenas al abrir el Congreso sus sesiones ordinarias, el 1 de septiembre de 1939,  citado en Luis González y González, (recop.) Los presidentes de México ante la nación. Informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. En: Daniela Gleizer, México Frente a la inmigración de refugiados judíos 1934-1940, op. cit. p. 83

[45] José Gaos, “Confesiones de transterrado”, Revista de la Universidad de la Universidad de México, Número 521, junio 1994. México. pp. 3-9, p.4.

[46] Ibídem.

[47] “Nosotros recibimos un sueldo con el que pudimos hacerlo; es decir: nosotros fuimos los primeros profesores universitarios de carrera o de tiempo completo en México, años antes de que se fundara la institución para los mexicanos -y para los españoles, pues desde que se fundó se nos ofrecieron y concedieron las plazas en los mismos términos y números que a los mexicanos.” Ibid. p.p. 4-5.

[48] Ibid. p.7

[49] Ibid. p.8

[50] Ibid. p. 6.

[51] Eduardo Nicol, “La fase culminante del descontento” en Revista de Hispanismo Filosófico, publicada por la Asociación de Hispanismo Filosófico, Núm. 4 octubre, 1999- pp. 47-58.  p.53

[52] Eduardo Nicol, El problema de la filosofía hispánica, edición de Luis de Llera, FCE Ediciones Espuela de Plata, México, 2008. p.94

[53] Ibid. p.95

[54] Ibid. p.99

[55] Ibid. pp. 98-99

[56] Ibid. p. 97

[57] Ibid. p. 106

[58] Ibid. p. 143

[59] Christiane Stallaert, Ni una gota de sangre impura; La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara,  Galaxia Gutenberg, Barcelona 2006. Pp. 324-325

[60] Eduardo Nicol. Op. cit. p. 156

[61] Ibid. p. 163

[62] Ibid. p. 166

[63] Adolfo Sánchez Vázquez, A tiempo y destiempo: Antología de ensayos, prólogo de Ramón Xirau, Fondo de Cultura Económica, México, 2003.  p.590

[64] Ibídem.

[65] Ibid. p.570

[66] Ibídem.

[67] Ibídem.

[68] Ibid. p.577

[69] Ibid. p.598

[70] Ibídem.

[71] Ibid. p. 599