miércoles, 30 de julio de 2014

Eric Hobsbawm y su lectura marxista de la historia

Publicado en: ISEGORÍA. Revista de Filosofía Moral y Política
N.º 50, enero-junio, 2014, 253-268, ISSN: 1130-2097
doi: 10.3989/isegoria.2014.050.14
Mauricio Pilatowsky

Si el ser humano es un producto de sus circunstancias, tendremos que humanizar las circunstancias. Si el hombre es social por naturaleza, desarrollará su verdadera naturaleza en el seno de la sociedad y solamente allí.[1]

Karl Marx y Federico Engels, La sagrada familia

1.   El espectro de Marx y el historiador marxista
“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”.[2] Así comenzaba El manifiesto del Partido Comunista que escribieron Marx y Engels en 1848. Hoy, más de un siglo y medio después, podríamos afirmar que un “fantasma recorre el mundo: el de Karl Marx”. Uno de los responsable de esta presencia espectral fue sin lugar a dudas uno de los teóricos marxistas más importantes del siglo XX, nos referimos a Eric Hobsbawm, quien falleció el año pasado (2012) a sus 95 años. A lo largo de su vida sostuvo que las ideas marxistas  estuvieron siempre presentes y nunca perdieron su vigencia.[3] Este destacado académico nunca renunció a su militancia en el Partido Comunista y nos demostró, por medio de sus estudios históricos, el valor teórico de los postulados marxistas.
            No es sencillo demostrar que los estudios históricos que realizó el académico, siendo a la vez militante, no se “contaminaron” de sesgos ideológicos que invalidaran su valor teórico y más difícil aún es demostrar que justo sus concepciones políticas lo impulsaron a un rigor teórico en su quehacer como historiador. Para Hobsbawm ser marxista militante llegó a ser sinónimo de historiador riguroso y metódico y le dio sentido a su militancia política escribiendo ensayos y libros:
No me convertí en ningún figurón del movimiento en favor del desarme nuclear, hablando ante enormes multitudes en Hyde Park como Edward Thompson. No marché a la cabeza de grandes manifestaciones públicas, como Pierre Bourdieu en París. No salvé de la cárcel a un editor turco que había publicado uno de mis artículos ofreciéndome a ser juzgado a su lado, como hizo Noam Chomsky en 2002. […] Esencialmente, aparte de una conferencia aquí o allá, mi actividad política consistió en escribir libros y artículos,[…].[4]

            La revisión de sus aportaciones en el campo de la historia nos permite afirmar que uno de los temas centrales al que le dedicó una parte de su obra fue el del  "nacionalismo" y el lugar que éste ocupo en el desarrollo del capitalismo a partir de finales del siglo XVIII. Su inclinación por el estudio de la vinculación entre la formación de los estados modernos y la configuración de las naciones tiene un sello biográfico que él mismo manifiesta en forma explícita; nacido en Egipto durante la ocupación británica de padre Inglés y madre austriaca, ambos judíos, vivió su juventud en Berlín y Viena antes de la segunda Guerra Mundial para huir con el ascenso de Hitler al poder y radicarse en Inglaterra. Se educó como austriaco sin filiación religiosa aunque sin dejar de recordar, aunque sea tangencialmente, su origen judío; llegó a la Gran Bretaña, país del que era ciudadano como un inmigrante centro europeo y creció sintiendo que no era ni egipcio, ni judío, ni austriaco, ni tampoco inglés, aunque todas esas adscripciones lo acompañaron toda su vida y de alguna manera lo ayudaron a sentirse ciudadano del mundo.
Durante casi toda mi vida mi situación ha sido la siguiente: encasillado por haber nacido en Egipto, circunstancia que no ha tenido ninguna relación práctica con la historia de mi vida, como si mis orígenes fueran otros. Me he encariñado y me he sentido como en casa en varios países, y he visto algo de otros muchos. Sin embargo, en todos ellos, incluso en el que me dio la nacionalidad, me he sen­tido no necesariamente un forastero, sino alguien que no pertenece totalmente al lugar en el que se encuentra, bien como ciudadano británico entre centroeuropeos, bien como inmigrante del continente en Inglaterra, bien como judío en todos los sitios donde he estado —incluso, o mejor dicho en realidad especialmente en Israel—, […].[5]

Esta  situación particular de múltiples y complejas identificaciones se acompañó de confrontaciones ideológicas; durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes y los ingleses se enfrentaron y a él le toco servir en el ejército británico, a pesar de ser judío nunca se identificó con el movimiento nacionalista judío conocido como "sionismo" para ser más precisos podemos afirmar que fue muy crítico con esta ideología, al respecto escribió: “Y si hacemos el experimento mental de imaginar que el sueño de Herzl se hace realidad y que todos los judíos acabamos en un pequeño Estado territorial independiente, […] veremos lo nefasto que, sería para el resto de la humanidad, e incluso para el propio pueblo judío”.[6] Su militancia comunista que inicio desde su juventud en Austria lo llevó a otra suerte de conflictos donde el nacionalismo jugaba un papel central ya que la Unión Soviética privilegió sus intereses nacionales a los de la lucha por la emancipación de los trabajadores.
            La biografía del investigador en este caso se convierte en material de estudio, la búsqueda de respuestas a sus dilemas existenciales lo motivaron a reforzar sus herramientas analíticas de tal manera que el marxismo para Hobsbawm se convirtió en una metodología para entenderse al mismo tiempo como el sujeto que analiza y al objeto de estas investigaciones; para responderse a sí mismo no escatimó en recursos y nos obsequió un estudio general sobre la condición del hombre en el mundo contemporáneo. A continuación iremos abordando cada uno de los aspectos que hemos enunciado para poder ofrecer una visión más completa de la manera en la que el académico y militante se apoyó en las teorías de Marx para comprender el mundo en el que vivimos.
2.   Entre el marxismo y el comunismo
2.1. De la teoría a la práctica
El análisis del pensamiento marxista de Eric Hobsbawm requiere de una reflexión previa sobre la vinculación entre sus posturas teóricas y prácticas; esta distinción nos parece pertinente ya que no todo activista político es un conocedor profundo de la teoría marxista, así como en el medio académico o intelectual podemos encontrar especialistas que dominan el materialismo histórico como método y no tienen una militancia política. En el caso del autor encontramos que fue miembro del partido comunista y tuvo una actividad profesional como académico e intelectual aplicando las propuestas de Marx y Engels para el análisis de la historia. En sus reflexiones autobiográficas, él mismo dio cuenta de esta situación al preguntarse qué fue lo que surgió primero; la respuesta que nos ofreció fue que antes de haber leído a Marx ya se consideraba marxista, lo describió haciendo un poco de burla de sí mismo a la distancia que le permitían los años y la madurez:
Y fue a la biblioteca de la escuela donde me mandó un profesor exasperado —sólo recuerdo que se llamaba Willi Bodsch— cuando manifesté mis convicciones comunistas. Me dijo con firmeza (y dando en el clavo): «No cabe duda de que no sabes de qué hablas. Ve a la biblioteca y estudia sobre el tema». Así lo hice y descubrí el Manifiesto comunista...[7]

La identificación con la izquierda nació en Berlín[8] y formó parte de una identidad colectiva; en esa época, entre las dos grandes guerras, muchos jóvenes judíos asimilados encontraban entre los comunistas un marco de convivencia que les daba sentido de pertenencia. Su identificación política estaba muy ligada con su identidad, más adelante  hablaremos de su relación con el judaísmo, pero nos parece importante señalar que para Eric Hobsbawm su primer acercamiento a la política estuvo signado también por el aspecto judío, comenta que: “La primera conversación política que recuerdo tuvo lu­gar cuando yo tenía seis años, en un sanatorio de los Alpes, entre dos señoras judías del mismo estilo que mi madre. Giraba en torno a Trotski. (“Diga lo que quiera, es un muchacho judío llamado Bronstein”.)”[9]
En sus memorias escribió que su primera lectura del Capital de Marx fue como “rito de iniciación del típico intelectual socialista del siglo XX”.[10] No cabe duda que en la revisión que hizo el historiador de su propia experiencia encontró que antes que su acercamiento intelectual al marxismo tuvo una motivación afectiva y fue parte de la construcción de sus identificaciones infantiles; antes que un académico fue un militante. Su identificación temprana con las causas revolucionarias y su compromiso con esta lucha podría proporcionarle argumentos a sus detractores quienes pueden aducir que su perspectiva de análisis estaba “contaminada” por sus afectos lo cual le podría restar objetividad a sus análisis.
Estos argumentos se sostienen en una suposición que es cuestionable; "la imparcialidad del historiador" Hobsbawm no aceptaba esta premisa, de hecho la cuestionó; para él, todo investigador es “hijo de su tiempo” y de las circunstancias que le tocan vivir. Lo que él reconoció es que su biografía lo condujo al compromiso político y, como veremos más adelante, éste consistió en ser un historiador cuyas investigaciones fueran aceptadas en la academia más allá de los debates ideológicos. El marxismo le permitió al historiador comprenderse a sí mismo como “sujeto de la historia”, y su trabajo como una aportación política. Las circunstancias lo llevaron a ser un marxista y el materialismo histórico le permitió comprender estás determinantes. Dicho en otras palabras, el investigador estaba convencido que el método desarrollado por Marx y por Engels era el adecuado para comprender la historia en la que él, como hombre, jugó un papel.
¿Puedo añadir que creo que el marxismo es, con mucho, el mejor método para abordar la historia porque tiene una conciencia más clara que la de otros métodos de lo que pueden hacer los seres humanos como sujetos y forjadores de la historia y también de lo que no pueden hacer como objetos de la historia? Y es el mejor, dicho sea de paso, porque Marx, como virtual inventor de la sociología del conocimiento, también desarrolló una teoría sobre cómo las ideas de los historiadores mis­mos probablemente se verán afectadas por su ser social.[11]

Su compromiso con la búsqueda de la verdad se convirtió en su manera de militar, demostrar académicamente que el materialismo histórico era el método idóneo para comprender la experiencia humana, fue su manera de luchar para responder a lo que, desde niño, sintió como un compromiso. “Al fin y al cabo, me he pasado más de medio siglo intentado convencer a la gente de que la historia marxista significa más de lo que todos han creído hasta ahora, y si la asociación del nombre de un historiador con ella contribuye a que así sea, tanto mejor.”[12]
Después de estas precisiones pasaremos al análisis de las aportaciones de Hobsbawm en el estudio marxista de la historia para luego abordar el de su militancia política. Hemos invertido el orden en el que estás dos aparecieron en su vida para acompañarlo en su propia reflexión autobiográfica donde el investigador consumado se hace preguntas sobre sus propios dilemas.
2.2.          El marxismo como teoría para comprender la historia
Hobsbawm nos expone la investigación marxista de la historia como una tarea creativa donde la interpretación de la teoría jugó un papel fundamental; como historiador se vió en la necesidad de aplicarla en la instrumentación de una metodología. Ya que su fundador no dio ejemplos de cómo hacerlo, en cierta medida podemos afirmar que los resultados de sus estudios dan muestra de su profunda comprensión de los principios y su capacidad de llevarlos a la práctica. En una de sus conferencias hizo la siguiente aclaración:
Esta influencia de Marx al escribir historia no es un fenómeno evidente. Porque, si bien la concepción materialista de la historia es el núcleo del marxismo, y si bien todo lo que escribió Marx está impregnado de historia, el propio Marx no escribió mucha historia tal como la entienden los historiadores. […] Lo que llamamos «escritos históricos de Marx» consisten casi exclusivamente en análisis políticos de actualidad y comentarios periodísticos, combinados con cierto grado de antecedentes históricos. [13]

Para Hobsbawm la gran contribución de Marx para el estudio de la historia fue el entender al hombre a partir de la manera en la que busca resolver sus necesidades primarias para lo que establece distintas formas de organización colectiva que se va transformando de acuerdo a las circunstancias concretas con las que se enfrenta. Lo que le permite al historiador entender el desarrollo de la civilización es el análisis de estas distintas maneras en las que los hombres transforman la naturaleza y a sí mismos como parte de ella.
La verdad básica sigue siendo que el análisis de cualquier sociedad, en cualquier momento de la evolución histórica, debe empezar con el análisis de su modo de producción, es decir, de: a) la forma técnico-económica del «metabolismo entre el hom­bre y la naturaleza» (Marx), la manera en que el hombre se adapta a la naturaleza y la transforma por medio del trabajo; y b) las medidas sociales por medio de las cuales se moviliza, despliega y asigna el trabajo.[14]

            Este principio fundamental propuesto por Marx y por Engels es el que orienta la metodología del historiador marxista para Hobsbawm, cualquier expresión cultural está determinada por  los modo de producción, la manera en la que los hombres se relacionan con la naturaleza para satisfacer sus necesidades establece a su vez la forma en la que se relacionan entre sí. El trabajo requerido para producir los bienes no es equitativo, como tampoco lo es la distribución de los mismos. Para mantener este sistema de inequidad se requiere de la utilización de diversos medios; algunos de sometimiento y represión y otros de convencimiento. Es así como entendemos el surgimiento de los gobiernos en sus distintos momentos y las ideologías que los justifican, así como también las expresiones religiosas, artísticas y el desarrollo de la ciencia. El historiador “descifra” lo que encuentra en su estudio de las huellas que han dejado los hombres a través de la cultura y se pregunta por los modos concretos de producción que las motivan.
Como parte del análisis de su persona como sujeto de la historia reconoce que su “marxismo se desarrolló como un intento de comprender mejor el mundo de las letras”[15] y reconoce que en ese momento no se centraba tanto en los aspectos económicos, comenta que le “interesaba saber el lugar que ocupaban en la sociedad el artista y las artes (en realidad, la literatura) y conocer su naturaleza, o, en términos marxistas, «¿cómo se relaciona la superestructura con la base?».[16] Fue un amante del Jazz y un gran conocedor de esta corriente musical.[17]
Eric Hobsbawm se entendió a sí mismo como un sujeto determinado por la situación concreta que le tocó vivir, su lectura de la historia no podría partir de otro lugar que no fuera su visión subjetiva y el pensamiento que podía desarrollar a partir de esta perspectiva.  Para superar este obstáculo lo que propuso fue ubicarse como “sujeto histórico”, reconocer que su producción intelectual se inscribía en el entramado social como una parte más de la superestructura determinada por las relaciones de producción y desde esta localización buscó los canales para una interpretación que trascendiera su situación subjetiva. Esto es lo que consideró el reto del historiador por lo que comentó:
Ahora bien, un proyecto así requiere un marco conceptual que permita el análisis de la historia. Dicho marco debe basarse en el único elemento de cambio direccional en el ámbito de la experiencia humana que resulta observable y objetivo, con independencia de los deseos y juicios de valor subjetivos o propios de la época que podamos tener, a saber: la constante y creciente capacidad de la especie humana para controlar las fuerzas de la natura­leza por medio del esfuerzo físico y mental, la tecnología y la organización de la producción. […] De ahí la importancia crucial que tiene Karl Marx para los historiadores, ya que toda su concepción y su análisis parten de dicha base, algo que hasta ahora no ha hecho nadie más.[18]

            El historiador marxista, de acuerdo a la interpretación de Hobsbawm, mira al pasado desde su perspectiva subjetiva en el presente que le toca vivir. Lo que llega a su conciencia son las múltiples expresiones culturales que responden a la organización de las relaciones concretas de producción, su trabajo consiste en “atravesar” dos filtros; el de la superestructura y el del tiempo. Para esta labor se deben establecer jerarquías,[19] distinguir los elementos continuos que se encuentran en la base de las expresiones superestructurales[20] y a partir de ahí, diferenciar lo que permanece de lo que se transforma en lo que define como “la dinámica interna del cambio”.[21] Esta manera de entender la historia requiere de invertir los tiempos lo cual significa que para conocer el origen se debe partir de las formas más desarrolladas, es decir del presente. 
 “En sus obras de madurez Marx estudió deliberadamente la historia en orden inverso, tomando el capitalismo desarrollado como punto de partida. El «hombre» era la clave de la anatomía del «mono».”[22] En este punto Hobsbawm nos dejó claro que su comprensión del pasado estaba determinada por sus experiencias en el presente, en otras palabras “significa que el pasado no puede entenderse exclusiva o principalmente en sus propios términos: no sólo porque forma parte de un proceso  histórico, sino también porque ese proceso histórico solo nos ha permitido analizar y comprender cosas relativas a ese proceso y al pasado”.[23]
Hay una interpretación evolucionista de la historia,[24] consideraba que el hombre ha ido desarrollando mejores capacidades para transformar la naturaleza que le permiten crear condiciones más óptimas de vida. Lo que a su juicio, y siguiendo a Marx, impide que la distribución de estos bienes sea más equitativa son los intereses de clase, entre mayor riqueza se genera aumenta la brecha entre la minoría que los atesora y la mayoría que apenas puede acceder a lo básico. Esta desigualdad constituye parte del proceso histórico y tiene que ver con las relaciones concretas de producción.
El esfuerzo que realizan los seres humanos para producir satisfactores y que conocemos como “trabajo” se manifiesta materialmente de diversas maneras, a lo largo de la historia este esfuerzo no ha seguido la lógica de la retribución justa, los que disfrutan sus beneficios explotan a los que lo producen. Desde su origen la explotación ha sido una constante aunque sus modalidades han ido cambiando. Lo que se conoce como "capital" es este excedente de esfuerzo materializado y acumulado a lo largo de la historia de la humanidad. El presente está determinado por la lógica que han impuesto los poseedores de este capital que defienden el sistema de injusticia del que se benefician. Por otro lado, en este mismo desarrollo, en la lógica de la producción, tenemos al sector de los trabajadores que son los que aportan su esfuerzo y son excluidos del goce de aquello que generan. 
La acumulación de capital, que ha caracterizado a las diversas formas de producción a lo largo de la historia, se produce por la distribución inequitativa de los bienes, entre mayor sea genera más injusticia; esta lógica material se ha ido perfeccionando en una forma de evolución perversa; al progresar se mejoran los medios de  explotación. Los trabajadores en el sistema capitalista denominados “proletarios” han sido despojados de todo y tienen que entregar su trabajo para poder sobrevivir, al ceder el producto de su esfuerzo en un sistema mecanizado que los cosifica pierden lo que los hace ser hombres, los despoja de su humanidad. En la era del capitalismo avanzado, los desarrollos tecnológicos generan riqueza a partir de un sistema donde los trabajadores son parte de la maquinaria productiva. Entre los trabajadores se encuentran también los profesionistas cuyo trabajo intelectual es también enajenado.
Lo que Hobsbawm entendió de la teoría marxista es que la lucha del proletariado por su emancipación se convierte en la de la humanidad en un sentido universal. Esta situación tiene que ver con la dinámica histórica de la producción del capital, al sufrir en sus personas el desarrollo más perverso y perfecto de explotación generado por la acumulación de excedentes a lo largo de la historia; el rescate de aquello que les ha sido enajenado se convierte en la recuperación de la humanidad que el capital le ha ido arrebatando al hombre como ser social. “Cuando Marx ha­bló de los obreros como clase revolucionaria, no quería decir simplemente que se rebelaban ‘contra las condicio­nes individuales de una sociedad existente hasta hoy’, sino ‘contra la mismísima ‘producción de la vida’ existente hasta hoy y la ‘totalidad de la actividad’ sobre la que se basa’”.[25]
Como a continuación podremos observar, Hobsbawm era consciente de las limitaciones de esta prognosis,  se identificó con esta forma de entender la historia y por eso se definió como marxista, encontró en la teoría expuesta por Marx una “llave” para entrar al pasado como sujeto histórico del presente; lo que también adoptó fue su compromiso con la lucha por la emancipación, pero como historiador estaba consciente de lo que significaba este compromiso y de la manera en la que podía influir en su juicio como investigador. En una conferencia pronunciada en 1970 comentó lo siguiente:
El propio Marx estaba comprometido con un objetivo concreto de la historia humana, el comunismo, y con un pa­pel concreto para el proletariado antes de llevar a cabo el análisis histórico que, según creía él, demostraba su carácter ineluctable... de hecho, antes de saber mucho sobre el proletariado. En la medida en que sus predicciones pre­cedieron a su análisis histórico, no puede decirse que se apoyaran en dicho análisis, aunque esto no significa necesariamente que fueran erróneas. Como mínimo debemos procurar distinguir las predicciones basadas en el análisis de las que se basan en el deseo.[26]

            De acuerdo a esta interpretación que hizo de Marx, el compromiso político y la tarea del investigador debían complementarse. Para Hobsbawm el análisis de la historia responde al compromiso político, es una de las herramientas que identifican al intelectual con la clase trabajadora que lucha por la emancipación universal. Para apoyar la revolución comunista se requiere de un estudio profundo de los mecanismos de dominación y de las perspectivas de cambio; es aquí donde surge el tema de la prognosis. Mientras que el activista, en la búsqueda de justicia tiende a mezclar, con mayor facilidad sus deseos con sus reflexiones, el investigador tiene un compromiso político con la verdad y la capacidad de discernir lo que corresponde a una motivación y lo que es propio de la otra. A esto adjudicaba que el análisis marxista fuese muy asertivo para comprender las "leyes inmanentes de la producción capitalista" y no así para identificar el papel del proletariado en la transformación de la sociedad.
 Así, en el famoso pasaje que habla de la tendencia histórica de la acumulación capitalista, la predicción que hace Marx de la expropiación del capitalista individual por medio de «las leyes inma­nentes de la producción capitalista misma» (esto es, por medio de la con­centración de capital y la necesidad de una forma cada vez más social del proceso laboral, el uso consciente de tecnología y la explotación planificada de los recursos del globo) se apoya en un análisis histórico-teórico diferente y más significativo que la predicción de que el proletariado mismo como clase será el «expropiador de los expropiadores». Las dos predicciones, aun­que vinculadas, no son idénticas y, en realidad, podemos aceptar la primera sin aceptar la segunda.[27]

2.3 El comunismo como práctica política
Como ya se ha señalado, para Eric Hobsbawm la investigación histórica debía entenderse como parte del compromiso político a favor de la justicia, en este sentido él no desasociaba su tarea intelectual con su militancia en el partido comunista, en sus memorias comentó: “Me hice comunista en 1932, aunque en realidad no ingresé en el Partido has­ta mi llegada a Cambridge en otoño de 1936. Permanecí en él durante unos cin­cuenta años.”[28] Después de todas las cosas negativas que sabemos sobre lo que fue la Unión Soviética y como los partidos comunistas en todo el mundo se plegaron, en mayor o menor medida, a las políticas dictadas desde el Kremlin, es difícil comprender como un intelectual como Hobsbawm permaneció en él toda su vida.  Es todavía más difícil entender la militancia política en el partido comunista cuando leemos la claridad con la que el historiador cuestionó a estas agrupaciones.
El Partido […] tenía derecho de prefe­rencia, o mejor dicho era el único que realmente tenía un derecho sobre nuestras vidas. Sus exigencias tenían prioridad absoluta. Acatábamos su disciplina y sus jerarquías. Aceptábamos incondicionalmente la obligación de seguir «la línea» que nos proponía, incluso cuando discrepábamos con ella, aunque hacíamos es­fuerzos heroicos para convencernos de su «corrección» intelectual y política con el fin de «defenderla», como se esperaba de nosotros. […]
Hacíamos lo que nos mandaba. […] Si el Partido mandaba que abandonaras a tu amante o a tu esposa, la dejabas.[29]

            Además de sus cuestionamientos a la forma de operar y de la obediencia acrítica que se exigía, también cuestionó las políticas de Stalin y sus seguidores.[30] Todo esto dificulta aún más el comprender las razones por las que no desertó como la gran mayoría de los intelectuales de izquierda a lo largo de todo el siglo.  Hobsbawm fue consciente de la dificultad de justificar esta permanencia y no por ello se negó a hacerlo. Nos aclaró que definitivamente no era lo mismo pertenecer al partido viviendo en un país comunista que en un capitalista. En el primer caso los miembros del partido fueron cómplices del terror y se privilegiaron de su participación, en segundo estuvieron siempre en la oposición y fueron perseguidos. En ese sentido, afirmaba Hobsbawm: “lo tuvimos más fácil”.[31]
El mismo autor consideraba que esta diferenciación en la localización del partido no resolvía la pregunta original que  él mismo había enunciado: "¿Por qué permaneció en el Partido a pesar de todo" A partir de una mirada retrospectiva nos presentó un argumento que se enmarcaba en la estrategia política; consideraba que la elección del espacio donde realizar la acción política debía asumir que no hay situaciones ideales ni sistemas perfectos, que “no consiste en un proceso constante de selección de hom­bres o medidas, sino en elecciones aisladas o infrecuentes de paquetes, de tal manera que nos vemos obligados a comprar la parte desagradable del contenido porque no hay otra manera de conseguir el resto, y, en cualquier caso, porque no hay otra manera de obtener una eficacia política”.[32]
Esta justificación, que se sostiene en una concesión a la realidad parece más una disculpa que una verdadera explicación de un hombre que, en el terreno de la verdad, no solía negociar. El mismo Hobsbawm aceptaba que existía un lazo afectivo que lo mantuvo en el partido y que nunca consiguió eludir; este vínculo tenía más que ver con la configuración de su identidad personal que con estrategias políticas. En sus memorias comentó: “No obstante, sigue abierta la cuestión de por qué permanecí en el Partido, a diferencia de lo que hicieron muchos amigos míos y a pesar de mi disidencia”.[33] Más adelante agrega que su adscripción al comunismo se dio en “pleno hundimiento de la República de Weimar”[34] cuando el nacionalsocialismo amenazaba con apoderarse de Europa y todavía se vivía el entusiasmo por el triunfo de la Revolución de Octubre. El comunismo en esa época y en ese lugar ofrecía una esperanza para ese mundo que se desmoronaba, pero se volvió comunista también por un aspecto emocional; “pertenecía a la generación unida por un cordón umbilical casi inque­brantable a la esperanza en la revolución mundial y en su sede original, la Revolución de Octubre, por muy escéptico o crítico con la URSS que fuera”.[35]
Al describir el lazo de unión de su generación como un “cordón umbilical” remitía al aspecto familiar e incluso infantil. Más adelante desarrollaremos lo relativo a su judaísmo pero en este punto no podemos dejarlo a un lado ya que el mismo Hobsbawm lo relacionaba cuando al describir que los jóvenes judíos discriminados por el entorno antisemita veían en el comunismo un lugar de encuentro y de comunión. Algunos se orientaban hacia la identificación sectorial y se volvían sionistas, pero para los que buscaban una superación de carácter universal el comunismo fue quién los albergó:
El nuestro era un movimiento para toda la humanidad y no para un sector en concreto de ella. Representaba el ideal de superar el egoísmo, individual y colectivo. En repetidas ocasiones, los jóvenes judíos que empezaban como sionistas se unían al comunismo porque, por muy evidente que fueran los sufrimientos de su pueblo, eran sólo parte de la opre­sión universal.[36]

La filiación comunista de Hobsbawm en sus años de juventud le permitió ser parte de un colectivo unido por la esperanza de terminar con la opresión y la exclusión en un momento en el que los vientos soplaban en sentido contrario. Para los judíos no había lugar en el mundo que prometían los fascistas, los sionistas ofrecían una forma distinta de exclusión y un rompimiento con la vivencia europea, su pobreza les imposibilitaba pensarse en otro lugar que no fuera donde estaban. En cambio, la Revolución de Octubre y la creación de la Unión Soviética ofrecían una esperanza en ese momento, ser comunista significó estar del lado de los justos, pasó a ser una suerte de familia que los adoptó en un momento en el que se definieron sus identidades. Ésta es la profunda razón por la que Hobsbawm nunca pudo dejar el partido, lo consideraba una traición, un abandono. Fue crítico en forma radical, se opuso a sus políticas y se negó a secundarlas pero siempre desde adentro como si fuese una familia de la que se sintió responsable y de la que no podía desentenderse. Lo que mejor puede describir esta situación es la definición que hizo del sentimiento revolucionario:
La entrega a la revolución depende, pues, de una mes­colanza de motivaciones: los deseos de mejora en la vida cotidiana, tras los que, esperando surgir, están los sueños de la vida realmente buena; la sensación de que todas las puertas se cierran ante uno, pero, a la vez, la de que es po­sible echarlas abajo; el sentimiento de urgencia, sin el cual los llamamientos a la paciencia o a las mejoras parciales no dejan de tener fuerza.[37]

3.1 Nación y nacionalismo
El compromiso político de Eric Hobsbawm se expresó de dos formas distintas; por un lado fue miembro activo del Partido Comunista y por el otro se abocó a investigar las  formas en las que operaba el capitalismo para mantener el sistema de explotación y de injusticia. Como ya hemos señalado en su juventud se identificó con la Revolución de Octubre y mantuvo la esperanza de la proximidad de la revolución proletaria que emanciparía a la humanidad  la que por supuesto no llegó y en cambió lo que le tocó vivir fueron los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría,  el fin de la Unión Soviética y los estragos causados por el capitalismo triunfante.
            En la búsqueda de una respuesta para esta situación pudo identificar uno de los mecanismos políticos por medio de los cuales se pudieron controlar los movimientos sociales que lucharon por una transformación de las condiciones de explotación; el "el nacionalismo". Con una metodología marxista, Hobsbawm estudio su genealogía y su desarrollo  desde finales del siglo XVIII y hasta finales del XX.[38] En esta exploración podemos observar como él se ubicó como objeto de la historia y al mismo tiempo como el sujeto que la investiga. Le tocó sufrir en carne propia el ascenso del nacionalsocialismo que lo obligó a emigrar y que terminó con la vida de familiares y amigos,  como investigador buscó darle una explicación al fenómeno del que fue una de sus víctimas. De ahí que afirme que no se puede investigar seriamente el nacionalismo si existe una adscripción de esta naturaleza que se busca rescatar.
Finalmente, no puedo por menos de añadir que ningún historiador se­rio de las naciones y el nacionalismo puede ser un nacionalista político comprometido, excepto en el mismo sentido en que los que creen en la veracidad literal de las Escrituras, al mismo tiempo que son incapaces de aportar algo a la teoría evolucionista, no por ello no pueden aportar algo a la arqueología y a la filología semítica. El nacionalismo requiere creer demasiado en lo que es evidente que no es como se pretende. [...]No tan compatible, diría yo, es ser un feniano o un orangista; no lo es más que el ser sionista es compatible con escribir una historia verdaderamente se­ria de los judíos; a menos que el historiador se olvide de sus convicciones al entrar en la biblioteca o el estudio. Algunos historiadores nacionalistas no han podido hacerlo. Por suerte, al disponerme a escribir el presente li­bro, no he necesitado olvidar mis convicciones no históricas.[39]

3.1. La lectura marxista del nacionalismo
            El historiador marxista busca entender las transformaciones que ocurren en la sociedad a partir de las relaciones de producción, en ese sentido la investigación sobre el nacionalismo no podría ser la excepción. Hobsbawm descubrió que el origen del concepto "nación" se puede localizar a finales del siglo XVIII con las revoluciones burguesas y no antes. Su genealogía remite a las luchas de las masas contra las tiranías del viejo régimen. “El significado primario de "nación"[…], era político. Equiparaba "el pueblo" y el estado al modo de las revoluciones norteamericana y francesa, […]. La "nación" considerada así era el conjunto de ciudadanos cuya soberanía colectiva los constituía en un estado que era su expresión política”.[40]
En su lucha contra los privilegios feudales la burguesía convocó a las masas invitándolas a formar un colectivo regido por principios universales; en su origen la nación surgió determinada por dos aspectos que formarían los polos de una constante tensión dialéctica; su carácter revolucionario con demandas libertarias y  su vinculación con un Estado nación que se convertía en el órgano mediador de las mismas y que exigía una adscripción ciudadana donde se excluía a los que eran considerados una amenaza. La burguesía triunfante incorporó a las masas trabajadoras a su nueva estructura política por medio de este doble movimiento, la igualdad abstracta frente a la ley y la desigualdad concreta en lo relativo a la distribución de la riqueza.
Hobsbawm escribió que en este proceso de reorganización de las adscripciones colectivas se buscaron elementos que pudieran enlazar artificialmente a las personas creando comunidades que definió, utilizando el término de Benedict Anderson, como "imaginadas".[41] De lo que se trataba era de producir en los miembros de un colectivo, sentimientos de “hermandad” con personas con las que no tenía mayor vínculo y al mismo tiempo sembrar un rechazo de otros grupos a los que debía identificar como extraños e incluso enemigos. Gracias a esta estrategia se pudieron fracturar los lazos de solidaridad entre las clases trabajadoras ya que se les inculcaba el “amor” a la patria en la que explotados y explotadores formaban una nación frente a las otras, para lograrlo se exaltaron elementos de cohesión ya existentes, como los lazos sanguíneos, la utilización de lenguas, la vecindad territorial o las creencias religiosas, a estos aspectos los denominó "protonacionales".[42]
            El nacionalismo fue una ideología promovida por el aparato de control gubernamental que había sustituido a las monarquías, en otras palabras; “el estado era la máquina que debía manipularse para que una «nacionalidad» se convirtiera en una «nación», o incluso para salvaguardar una situación existente contra la erosión histórica o la asimilación”.[43] Como vigilante de los intereses económicos de la burguesía en los estados liberales o de la burocracia partidista en los estados comunistas, el aparato estatal  diseñó estrategias para la consolidación de la nación; entre las que podemos destacar, los sistemas de educación pública, las campañas de alfabetización, el manejo de símbolos patrios, el invento de una historia mitológica[44] y el reclamo de territorios.
            En su estrategia de consolidación el estado nación se enfrentó a los movimientos sociales originados por el desarrollo del capitalismo radicalizando los elementos protonacionales, de esta manera surgieron las ideologías racistas, los grandes conflictos poscoloniales y los genocidios.
La consecuencia lógica del intento de crear un continente pulcramente dividido en estados territoriales coherentes, cada uno de ellos habitado por una población homogénea, tanto étnica como lingüísticamente, fue la expulsión en masa o el exterminio de las minorías. Esta era y es la fatal reducción al absurdo del nacionalismo en su versión territorial, aunque no quedó plenamente demostrado hasta el decenio de 1940. Con todo, la expulsión en masa e incluso el genocidio hicieron sus primeras apariciones en los márgenes meridionales de Europa durante la primera guerra mundial y después de ella, cuando los turcos emprendieron la extirpación en masa de los armenios en 1915 y, después de la guerra entre Grecia y Turquía en 1922, expulsaron entre 1,3 y 1,5 millones de griegos del Asia Menor, donde habían vivido desde los tiempos de Homero.[45]

En la interpretación marxista del capitalismo avanzado Hobsbawm identificó al nacionalismo y la creación de naciones como uno de los mecanismos fundamentales utilizados para controlar a las masas desviando sus sentimientos de indignación y exigencia de justicia social al ámbito de las pasiones patrióticas, el odio al extraño y el culto secular a la identidad colectiva imaginada. Esta interpretación le permitió comprender por qué la revolución proletaria fracaso y como es que el comunismo, nacido en la Revolución de Octubre desembocó en el estalinismo; en este mismo sentido cerró su investigación sobre el nacionalismo con una dosis de esperanza ya que, a su juicio, se podían observar signos de debilitamiento en su funcionamiento.
Como he sugerido, «nación» y «nacionalismo» ya no son términos apropiados para describir, y mucho menos para analizar, las entidades políticas que se califican de tales, o siquiera los sentimientos que en otro tiempo se describían con ellos. No es imposible que el nacionalismo decaiga con la decadencia del estado-nación, […]. Sería absurdo afirmar que este día ya está cerca. No obstante, espero que al menos sea posible imaginarlo. Después de todo, el hecho mismo de que los historiadores al menos están empezando a hacer algunos progresos en el estudio y el análisis de las naciones y el nacionalismo induce a pensar que, como ocurre con tanta frecuencia, el fenómeno ya ha dejado atrás su punto más alto. Dijo Hegel que la lechuza de Minerva que lleva la sabiduría levanta el vuelo en el crepúsculo. Es una buena señal que en estos momentos esté volando en círculos alrededor de las naciones y el nacionalismo.[46]

3.2. Hobsbawm y su judaísmo
            Para concluir, unas cuantas palabras sobre la manera en la que Eric Hobsbawm se relacionó con sus identidades imaginadas; su postura marxista le exigió una revisión de sí mismo en cuanto objeto de la misma historia que estudio como sujeto. Como ya se ha mencionado anteriormente el reconoció que le tocó vivir en un tiempo y un lugar donde los aspectos religiosos judíos ya no eran un factor determinante en su formación,[47] no se identificó con el sionismo y las circunstancias tampoco le permitieron asimilarse al mundo germánico que en esa época lo rechazó por ser judío.  En sus memorias relató esta situación:
No tengo ninguna obligación moral de observar las prácticas de una religión ancestral y mucho me­nos de servir a la pequeña nación-Estado, militarista, culturalmente decepcionan­te y políticamente agresiva, que pide mi solidaridad por una cuestión racial. Ni siquiera debo encajar con la postura mucho más en boga de este comienzo de siglo, la de «víctima», la del judío que con la fuerza de la Shoah (y en una época única y sin precedentes de logros mundiales, éxitos y aceptación generalizada de los judíos), afirma ante la conciencia mundial unos derechos exclusivos como víctima de persecución.[48]

En su exposición nos dejó claro porque no se sintió identificado con los elementos que definen la identidad judía, lo que no quedó muy claro es por qué se siguió considerando judío. Por lo que expresó, se identificaba con una postura que justo se definía por su distanciamiento con las tradiciones pre-modernas del judaísmo: “En tales circunstancias, para un judío el ser «alemán» no era un proyecto nacional o político, sino cultural. Significaba abandonar el atraso que representaban los shtetls y los shuls[49] y entrar a formar parte del mundo moderno”.[50] Vacío de todo contenido aparente, su judaísmo lo acompañó toda su vida, le pareció que constituía una parte imprescindible de su identidad. Lo que encontramos en sus memorias es una declaración que podría ayudarnos a esclarecer este punto.
¿Qué significado exacto podía tener en la década de 1920 «ser judío» para un muchacho anglo-vienés inteligente que no había sufrido el antisemitismo y estaba tan alejado de las prácticas y creencias del judaísmo tradicional, y que, hasta la pubertad, no fue consciente de haber sido circuncidado? Quizá sólo el siguien­te: que una vez, teniendo unos diez años de edad, con ocasión de un hecho que no recuerdo, aprendí de mi madre una especie de máxima muy sencilla; cuando, hice, probablemente de forma reiterada, una observación negativa sobre el comportamiento de un tío mío, calificándolo de «típicamente judío», ella me replicó muy seria: «Nunca hagas nada, ni por asomo, que dé la impresión de que te avergüen­zas de ser judío».
Desde aquel día he intentado siempre llevar este principio a la práctica, aun­que a veces suponga verdaderamente un esfuerzo muy arduo, a la luz de la ac­tuación del gobierno de Israel.[51]

Lo que parece haber determinado su identificación con el judaísmo fue este extraño mandamiento materno, que recuerda haberlo recibido poco tiempo antes de que ella muriera. Por lo que él mismo confiesa esta orden lo marcó de por vida, da la impresión, y esta afirmación requeriría de un análisis biográfico más exhaustivo, que su investigación sobre las identidades nacionales podría considerarse una respuesta a la dificultad de responder a este mandato. Para poder sentirse orgulloso de ser judío, debió primero encontrar lo que esto significaba, por lo que expuso, nunca lo encontró y sin embargo no pudo emanciparse del sentimiento de obediencia infantil.
4. Conclusiones
La lectura marxista de la historia que nos ofreció Eric Hobsabawm, además de una contribución invaluable al estudio de la civilización, puede considerarse una de los ejercicios más convincentes de la aplicación de este método y por lo mismo de lo certero de sus postulados. El rigor metodológico de este investigador y su comprensión profunda del pensamiento marxista, lo llevaron a cuestionar su papel como sujeto de conocimiento, la búsqueda de una respuesta a esta interrogante lo llevó a un análisis profundo del lugar que ocupa la configuración de "identidades imaginadas" en las estrategias capitalistas para mantener el sistema de explotación.
     La revisión de la historia según lo demostraron sus trabajos debía contemplar el lugar del que conoce en el momento y las circunstancias que le tocaron vivir; de ahí que él se viera a sí mismo como un objeto de la historia; en este sentido no tuvo concesiones especiales, comprendió que se aferró a dos núcleos identitarios muy conflictivos: su adscripción vitalicia al Partido Comunista y a su identidad judía. El análisis crítico de sus propias limitaciones le permitió una exploración más rigurosa de las circunstancias históricas que lo llevaron a él y a muchos de su generación, a definirse ante estos temas. Al revisar sus trabajos podemos concluir que fue más asertivo en la exploración de los fenómenos externos y que en lo relativo a sus posturas personales tuvo la integridad intelectual de reconocer las limitaciones que tienen todos los historiadores pero que en su gran mayoría no están dispuestos a reconocer.

Bibliografía citada.
1.   Hobsbawm Eric, Años interesantes; Una vida en el XX, Crítica, Barcelona, 2003
2.   _____________, Sobre la Historia, Crítica, Barcelona, 1998
3.   _____________, Revolucionarios; Ensayos contemporáneos, Crítica, Barcelona, 2010
4.       ____________, Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 200.
5.       K. Marx y F. Engels, La sagrada Familia o Crítica de la Crítica Crítica; contra Bruno Bauer y Consortes, Editorial Grijalbo, México, 1958
6.       ________________, Manifiesto del Partido Comunista, Editorial Progreso, Moscú, 1973





[1] K. Marx y F. Engels, La sagrada Familia o Crítica de la Crítica Crítica; contra Bruno Bauer y Consortes, Editorial Grijalbo, México, 1958. p.  197
[2] K. Marx, Manifiesto del Partido Comunista, Editorial Progreso, Moscú, 1973. p.29
[3] En una conferencia pronunciada en 1966, comentó lo siguiente: “El propósito de mi charla es el tratamiento de un par de preguntas: ¿por qué florece hoy el marxismo? y ¿cómo es este florecer?”,  E. Hobsbawm, el diálogo sobre el marxismo, pp. 157-173, p.157, en Revolucionarios; Ensayos contemporáneos, Crítica, Barcelona, 2010.
[4] Hobsbawm Eric, Años interesantes; Una vida en el XX, Crítica, Barcelona, 2003. p. 244
[5] Ibid. p. 377
[6] Ibid. p. 33
[7] Ibid. p. 60
[8] Ibid. p. 62
[9] E. Hobsbawm, Los intelectuales y la lucha de clases,  pp. 346-377,  en: Revolucionarios, op.cit. p. 354
[10] E. Hobsbawm, Años interesantes, op. cit. p.67
[11] E. Hobsbawm, ¿Ha progresado la historia?, pp. 70-83, en, Sobre la Historia, Crítica, Barcelona, 1998
[12] E. Hobsbawm, Años interesantes, op. cit. p. 279
[13] E. Hobsbawm, Marx y la historia, pp.163-175, en, Sobre la historia, op.cit. p. 164
[14] Ibid. p.168
[15] E. Hobsbawm, Años interesantes, op. cit. p. 98
[16] Ibidem.
[17] Ibid. p.84
[18] E. Hobsbawm, ¿Qué puede decirnos la historia sobre la sociedad contemporánea?,  pp.38-51, en, Sobre la historia, op. cit. pp. 45-46
[19] E. Hobsbawm, ¿Qué deben los historiadores a Karl Marx?, pp. 148-162, en, Sobre la historia, op. cit. p. 155
[20] Ibidem.
[21] Ibidem.
[22] E. Hobsbawm, Marx y la historia, op. cit. p. 164
[23] Ibid. pp.164-165
[24] E. Hobsbawm, ¿Qué deben los historiadores a Karl Marx? op. cit. p. 156
[25] E. Hobsbawm, Los intelectuales y la lucha de clases, op. cit,, p. 348
[26] E. Hobsbawm, La historia y el futuro, op. cit. p. 55
[27] Ibidem.
[28] E. Hobsbawm, Años interesantes, op. cit. p. 125
[29] Ibid. pp. 131-132
[30] Ibid. p. 184
[31] Ibid. p.127
[32] E. Hobsbawm, Intelectuales y comunismo, en Revolucionarios, op. cit. p. 46
[33] E. Hobsbawm, Años interesantes, op. cit. p. 204
[34] Ibidem.
[35] Ibidem.
[36] Ibid. p.133
[37] E. Hobsbawm, Los intelectuales y la lucha de clases, op. cit., p. 351
[38] E. Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 2000.
[39] Ibid. pp. 20-21
[40] Ibid. p. 27
[41] Ibid. p. 55
[42] Ibidem
[43] Ibid. p. 104
[44] “El pasado legitima. Cuando el presente tiene poco que celebrar, el pasado proporciona un trasfondo más glorioso”. Ibid. p. 17
[45] Ibid. p. 143
[46] Ibid. p. 202
[47] “También aprendí algo del alfabeto judío, del que ya me he olvidado, además de la plegaria principal para un judío, el «Shema Yisroel» (la pronunciación siempre era la asquenazí y no la sefardí impuesta por el sionismo), y un fragmento del «Manishtana», la serie de preguntas y respuestas rituales que se supone que debe recitar el varón más joven de la casa durante la Pascua. Como en mi familia nadie celebra­ba la Pascua, ni observaba el Sabat, ni el cumplimiento de las demás festividades judías, y tampoco seguía las normas de ayuno religiosas, nunca tuve ocasión de poner en práctica mis conocimientos, sabía que era preciso cubrirse la cabeza dentro del templo, pero las únicas veces que me encontré a mí mismo en uno fue con ocasión de bodas y funerales”. Ibid. p.30
[48] E. Hobsbawm, Años interesantes, op. cit. p.33
[49]   Shtetls es un término yiddish para designar las pequeñas unidades en las que vivía la mayor parte de los judíos de la Europa oriental. Shuls significa «sinagogas».
[50] Ibid. p. 31
[51] Ibid. pp. 31-32

lunes, 24 de febrero de 2014

Presentación del libro: Cien años de vida institucional judía en México: Mosaico de experiencias y reflexiones (1912-2012) coordinado por la Dra. Alicia Gojman de Backal y prologado por el Dr. José Narro Robles

Mauricio Pilatowsky
Agradezco la invitación a presentar este libro a su coordinadora  la Dra. Alicia Gojman, saludo a los colegas que han sido invitados también a participar en este evento.
El libro que tengo el honor de presentar es el resultado de una larga travesía que tuvo como puerto de salida las interrogantes de un grupo de académicos en el Centro de Documentación e Investigación de la Comunidad Ashkenazí de México. La Dra. Gojman, su fundadora y Directora honoraria, en una reunión del Comité Académico puso sobre la mesa una fecha; 1912 y nos comentó –“se cumplen 100 años del establecimiento de la primer institución judía en México: La Beneficencia Alianza Monte Sinai. Preguntó: -¿Son cien años de vida judía en México?- y ella misma respondió- ¡No! Los judíos llegaron con los españoles y desde entonces, con sus distintas experiencias, siempre estuvieron en México. ¿Qué es entonces lo que cambio hace un siglo?- Esa fue la pregunta que nos trae hasta aquí el día de hoy.
Nos preguntamos entonces, y nos seguimos preguntando ahora, ¿qué significa institucionalizar una convivencia colectiva cuando esto se produce al interior de una nación que ya cuenta con sus propias instituciones? y ¿por qué diferenciar a un grupo de otro? En otras palabras; ¿por qué los judíos crearon sus propios templos, escuelas, centros sociales, grupos de asistencia comunitaria, asilos, cementerios, etc.? Y nos dimos cuenta que no era un fenómeno social exclusivo de este grupo; lo mismo hicieron los españoles, libaneses, chinos, alemanes, franceses, norteamericanos, por citar algunos ejemplos. Llegamos entonces a una conclusión, que como ya he señalado, fue el inicio del proyecto que culmina con la presentación de este libro y fue la siguiente: El que un colectivo forme instituciones comunitarias propias dentro de una nación y que éstas se mantengan, e incluso se fortalezcan, es materia de estudio para comprender a profundidad la configuración de las identificaciones colectivas en la nación. En otras palabras, nuestra pregunta por la experiencia judía en México es una interrogante por el “ser” de lo mexicano.
Cuando uno ve un libro, y más cuando lo hace entre otros miles, como en esta feria, no se imagina todo el esfuerzo que hay encerrado entre sus páginas. Pero como participante he sido testigo de lo que acompañó su desarrollo y créanme que este pequeño objeto es producto de cientos de horas de reflexión, creatividad y organización, trabajo de muchos investigadores de diversas áreas de conocimiento provenientes de muchas instituciones académicas de México y otros países.
La razón de una convocatoria tan amplia responde a lo complejo del tema; el de la conformación y continuidad de la institucionalización de la vida comunitaria judía  en una nación como la nuestra; y como ya se ha señalado; de este estudio de caso podemos aprender sobre las otras minorías. Cuando se piensa en la continuidad de una experiencia colectiva y la conservación de sus tradiciones culturales lo primero que aparece es una valoración positiva, despierta orgullo para los propios y admiración para los externos. Y cuando se piensa en un siglo, el orgullo y la admiración se fortalecen.
Algunos de los trabajos de este volumen se abocan a investigar la instrumentación de instituciones que han permitido esta pervivencia cultural: la red educativa, las organizaciones de beneficencia, los templos, asilos, cementerios etc. 
Pero hay otra cara de la moneda que a varios de los participantes no les ha pasado desapercibida; que en toda trasmisión cultural hay también una dosis de exclusión; en dos direcciones: la que va de la nación al grupo minoritario y la que se produce al interior del mismo grupo minoritario; dicho en otra palabras, algunos judíos siguen siendo judíos porque quieren seguir siéndolo, pero también porque algunos de los que no lo son no les permiten dejar de serlo e integrarse del todo a la cultura mayoritaria. Lo mismo sucede con otras comunidades como el caso de los mexicanos de origen chino, japonés, libanes, de países africanos o incluso con los mexicanos mal llamados “indígenas” a los que algunos no les permite dejar de serlo. En la pervivencia de una cultura no todo es fiesta y alegría, hay una dosis de exclusión y violencia. Varios de los autores de este libro se abocan a explorar este fenómeno con un rigor académico intachable.
En el caso concreto de los judíos mexicanos, que viven en un entorno mayoritariamente cristiano, mestizo y de cultura hispana la posibilidad de ser aceptados como parte de la mayoría no es cosa sencilla. Portar un apellido español, que no deja de ser extranjero, es sinónimo de lo mexicano; Pérez, Sánchez, López, etc.. En cambio un apellido que no sea de España; como, Gojman, Hamui, Chmelnik o Pilatowsky nos coloca fuera del imaginario nacional, por paradójico que parezca, así sucede también con los nombres mayas, o zapotecas. En otras palabras para ser mexicano uno debe llevar en su nombre el registro de la colonización española.
Pero también existe una violencia al interior de la misma comunidad excluida. Por razones de índole diversa se fomenta en ella una cierta endogamia y se ejercen mecanismos para evitar la asimilación a la cultura exterior. Una suerte de complicidad no declarada que de alguna manera responde a las dinámicas de los dos grupos excluyentes.  En varios de los trabajos que aparecen en este libro podrán encontrar algunos análisis de este tipo de mecanismo, tanto de forma analítica como testimonial.
Lo que aprendemos de las participaciones recogidas en este libro que lleva como subtítulo; Mosaico de experiencia y reflexiones, son los claroscuros de la diversidad cultural en general y de la judía en particular. Cien años de vida institucional judía en México son cien años de la conservación de una de las culturas más añejas, rica en tradiciones y portadora de un legado incuestionable, pero también refleja que nuestra nación mexicana, a diferencia de otras naciones del orbe, conserva una estructura excluyente que heredamos de siglos de un colonialismo del que no terminamos de emanciparnos y que los integrantes de las minorías, para poder desarrollarse, replican esta violencia al interior de sus propias comunidades, estableciendo mecanismos internos de segregación.
Los investigadores que participaron en este libro abordan esta pregunta desde distintas perspectivas y ofrecen lecturas diversas, pero todos sin excepción quisieran encontrar una manera de conservar los elementos positivos del legado cultural sin que esto implicara el sostener ningún sistema de exclusión. No es algo sencillo, representa un enorme reto, no solo para los judíos mexicanos sino para todos aquello que buscamos vivir y convivir en un México plural e incluyente.
Por mi parte, y como modesta contribución, me gustaría compartir algo que es parte del legado judío. Aunque difícil de entender, lo judío no se remite a lo religioso, tenemos ejemplos de judíos ilustres que abandonaron su religión, como Freud, Kafka o Einstein, lo judío tampoco se reduce a lo nacional. En los miles de años de historia de este pueblo, el exilio ha sido su principal morada. En el antiguo Egipto donde la ley fue entregada, en Babilonia donde se escribió el Talmud, en los dos mil años que van de la destrucción del segundo templo en el año 70 hasta la reciente creación del Estado de Israel; dos milenios de una impresionante producción artística, científica y filosófica.
 El idioma tampoco ha sido un factor único de cohesión; el hebreo, antigua lengua de culto se ha modernizado y es el que se habla en el Estado de Israel, pero no es el único lenguaje en la tradición judía. Se han creado idiomas como el Yiddish de estructura germánica o el ladino que es una variante del castellano del siglo XV, los judíos hablan el idioma del país donde viven, para muestra el homenajeado. ¿Qué es entonces lo que define a lo judío?
Lo que podemos identificar como una constante en esta tradición milenaria, es la fidelidad con la escritura y la lectura, el estudio hermenéutico y el pensamiento crítico. Lo vemos en producciones como la Biblia, el Talmud, o el Zohar,  también en la larga lista de pensadores, artistas y científicos. Un profesor judío llamado George Steiner escribió:

“Por otra parte, y con toda seguridad, la escritura ha sido garante indestructible, “suscriptor” de la identidad de los judíos: a través de las fronteras de su persecución, a través de los siglos, a través de las lenguas que se ha visto obligada a adoptar y que a menudo ha dominado. Como un caracol con sus antenas alerta ante la amenaza, el judío ha llevado la casa del texto a sus espaldas. ¿Qué otro domicilio le ha sido permitido?”[1]


La identificación a formar parte de este colectivo universal que busca su hogar en la escritura, el estudio y la crítica, es un lugar donde podemos habitar todos, sin importar creencias religiosas, lenguas, colores de piel, géneros, edades, clase social o  lugar de nacimiento; es el mejor y más genuino legado del judaísmo, abierto para todos los que quieran participar. En este sentido, este libro que hoy presentamos es un granito de arena en esta hermosa y generosa playa mexicana que nos ha acogido. Bienvenidos al pueblo del libro, aquí todos nos podemos sentir en casa.


¡Muchas gracias!

Palacio de Minería, México D.F. a 23 de febrero de 2014





[1] George Steiner, Pasión Intacta; Ensayos 1978-1995, traducción, Menchu Gutiérrez y Encarna Castejón , Ediciones Siruela, Bogotá, 1997.   p. 397    

martes, 10 de diciembre de 2013

Segunda parte de la reflexión del Rabino Raziel Pilatowsky sobre Mandela.

Nelson Mandela, un ejemplo a seguir

Es fácil hablar sobre la importancia de saber perdonar, de buscar el bien colectivo y de tener gratitud, sin embargo, no muchos lo llevan a la práctica. La mayoría de los que dicen que luchan por los intereses del prójimo y por causas sublimes, al salir victoriosos terminan defraudando sus ideales. Nelson Mandela es una excepción; mostró su grandeza al haber logrado colocar como prioridad el bienestar de su país y por mantener su enfoque en la búsqueda de una mejor sociedad. Gracias a él, tanto los judíos de Sudáfrica, como aquellos que en su momento fueron los opresores, pueden beneficiarse de un país que protege la igualdad racial y religiosa. Sin pretender describirlo como alguien perfecto, Mandela es un ejemplo de un hombre muy especial. Por este motivo en un evento sin precedente, vinieron a Johannesburgo más de 70 líderes de estado para honrar su memoria. 

Los judíos de Sudáfrica testifican sobre su rectitud, honestidad e integridad. Muchos temían lo que podría haber ocurrido a la hora de la caída del régimen del Apartheid. Por un lado, millones de personas que durante décadas habían sido víctimas de una injusta opresión, anticipaban con ansiedad la oportunidad de vengarse. Por otro lado, era una incógnita cómo reaccionaría Mandela ante la amargura y el dolor de pasar tantos años en prisión. Al llegar aquel día tan temido, el hombre que durante décadas fue difamado como un terrible terrorista, le mostró al mundo la fuerza de su carácter y el verdadero poder del ser humano. Logró perdonar a sus opresores, "olvidar" los sufrimientos de veintisiete años de cárcel y reconstruir un país quebrantado sin el uso de la violencia.

En su lucha de liberación se relacionó con otros frentes que también mostraban perseguirla, como por ejemplo la OLP. Por otro lado, muchos judíos sudafricanos también estuvieron a su lado desde el comienzo. Mandela siempre cumplió con su deuda de gratitud con todos aquellos que lo apoyaron, motivo por el cual continuó con su relación con Arafat, sin embargo esa lealtad también la ejerció hacia la comunidad judía, fortaleciendo su vínculo de amistad y respeto a los judíos de Sudáfrica. 

A diferencia de líderes de grupos terroristas que adoctrinan al odio y fomentan la violencia, cuando Mandela fue elegido como presidente, invirtió todo su esfuerzo en la educación. Para él, el futuro de su país dependía del desarrollo saludable de la juventud. Cuenta Stephen Kossef, CEO de Investec, un banco importante en Sudáfrica, que una vez recibió una llamada de Mandela, en la cual le pedía que lo acompañara, junto con el CEO del banco RMB, a un viaje al sur del país. Al llegar a un pequeño pueblo de provincia, Mandela se dirigió a uno de ellos y le dijo: "tú vas a construir una escuela acá!"; prosiguieron con su viaje hasta un lugar donde habían 500 señoras y le dijo al otro: "esas mujeres desamparadas necesitan de tu ayuda". Concluyó Stephen Kossef, que cuando Mandela se jubiló de su carrera política, no tenía ahorrado nada de dinero. Dedicó toda su vida a preocuparse por otros.


R. Jaim de Voloshin, principal alumno del Gaón de Vilna, enseñaba constantemente que el hombre sólo vino a este mundo para ayudar al prójimo. No cabe duda que Nelson Mandela nos mostró como.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Reflexión del Rabino Razziel Pilatowsky sobre Mandela

Mi hermano Razziel es Rabino, vive en Sudáfrica y escribió esta reflexión que comparto con Ustedes.

Ayer pude llegar milagrosamente a una boda que fue en la misma colonia donde vivía Mandela, lugar donde se está efectuando su shive (así se denomina la semana de duelo en el judaísmo). La policía cerró calles y desviaba el tráfico pesado por diferentes rutas alternativas, ante una multitud de personas llevándole flores y rindiéndole homenaje.

Está programado para mañana un acto luctuoso, para el cual ya confirmaron su participación decenas de líderes de estado y estrellas internacionales. El mismo estadio de fútbol en Johannesburg, que en 2010 se llenó para celebrar la copa del mundo, ahora albergará miles de personas para despedirse de un hombre que se convirtió en una leyenda.

Es muy impresionante tomar nota de un fenómeno que se relaciona con la Tora. A pesar de que la Tora describe eventos que ocurrieron hace miles de años, sin embargo los mensajes que aprendemos en la porción (parasha) que leemos cada semana, están muy relacionados con eventos contemporáneos, tanto a nivel personal como a nivel global.

Esta semana corresponde a la última parasha del libro del Génesis, la cual se refiere al fin de la vida de Yaakov (Jacobo). En el capítulo 50 cuenta que Yaakov falleció en Egipto y fue enterrado en Hebrón. La Guemara (Tratado Sota 13a) explica con mayor detalle lo ocurrido durante dicha procesión:

Inicialmente el ataúd de Yaakov estaba siendo acompañado por una gran comitiva, encabezada por los nobles y sabios de Egipto que se agregaron a los descendientes de Israel. Una multitud de carruajes y caballería formando un campamento muy impresionante. Al cruzar el río Jordán todos los reyes de Canaán y los líderes de Ismael vinieron a su encuentro para detenerlos. Sin embargo cuando vieron la corona de Yosef que yacía encima del ataúd, todos se quitaron sus coronas y también las colocaron ahí. 

Con un total de 36 coronas reales, un impresionante homenaje compuesto por sermones que penetraron hasta lo más profundo del corazón y un nuevo periodo de siete días de duelo, los líderes del mundo se despidieron de nuestro patriarca.


De forma similar, mañana se van a unir los líderes del mundo para despedirse del patriarca de Sudáfrica, hombre que dejó un ejemplo de la lucha por la moralidad, persona humilde e integra de la cual tenemos mucho por aprender.

viernes, 27 de septiembre de 2013

La Virgen de Guadalupe; ícono en la configuración de los imaginarios mexicanos Publicado en el Libro: Pilatowsky Mauricio, La Configuración de la Nación Mexicana: Un Proyecto de Inclusión Exclusión. UNAM, México, 2013.


1. Presentación
              “Nuestra santísima madrecita del Tepeyac”, la “Virgen de Guadalupe” es, sin lugar a dudas, la figura más relevante de la fe en México, se ha llegado a decir que es el símbolo que cohesiona la identidad nacional, que todos los mexicanos somos, de alguna manera, guadalupanos. Esta imagen, que nació a principios del siglo XVI, ha sido columna vertebral del proceso colonizador, de la independencia y la revolución;  se ha utilizado como estandarte de lucha por conquistadores y por conquistados, por liberales y conservadores, por la izquierda y la derecha; la vimos en manos del ex presidente Vicente Fox, del líder del Sindicato Mexicano de Electricistas y de los mexicanos en Arizona, entre otras “apariciones”.
                                                                       En esta reflexión se abordarán dos cuestiones relativas a la utilización de esta imagen; el de su relación con “lo mexicano”, y lo referente a los elementos de identificación con ella.  En la primera se recuperarán  aspectos vinculados al proceso de configuración de la identidad nacional, en la segunda se analizarán las características de la proyección de este ícono y su sentido ambivalente; el de la madre abnegada y sumisa, y al mismo tiempo la del estandarte de la mujer que lucha y protege a sus hijos.
Para responder a estas interrogantes se presenta una metodología multidisciplinaria[1], las principales áreas del saber en las que se basa este estudio son: el psicoanálisis, la filosofía, la antropología y la historia.  El sentido de esta interacción es el que se ha definido como indisciplina del saber[2].
2.     Lo “mexicano” y lo “guadalupano”
Los estudios de los elementos que configuran las identidades nacionales se enfrentan con aspectos que son difícilmente debatidos por los individuos que conforman los colectivos en cuestión. Esto se debe, en parte, porque el proceso de conformación de las naciones requiere de la interiorización de ciertos elementos externos como parte de la estructura identitaria individual. La configuración de estos “espacios” culturales se fue forjando en forma artificial de acuerdo a intereses políticos y económicos y no correspondía a las demarcaciones tradicionales de las comunidades.  El historiador Eric Hobsbawm lo explica de la siguiente manera:

¿Por qué y cómo un concepto como el «patriotismo nacional», tan alejado de la experiencia real de la mayoría de los seres humanos, pudo convertirse en una fuerza política tan poderosa tan rápidamente? […]El problema que tenemos delante se deriva del hecho de que la nación moderna, ya sea como estado o como conjunto de personas que aspiran a formar tal estado, difiere en tamaño, escala y naturaleza de las comunidades reales con las cuales se han identificado los seres humanos a lo largo de la mayor parte de la historia, y les exige cosas muy diferentes. Utilizando la útil expresión de Benedict Anderson, diremos que es una «comunidad imaginada» y sin duda puede hacerse que esto llene el vacío emocional que deja la retirada o desintegración, o la no disponibilidad, de comunidades y redes humanas reales, pero sigue en pie el interrogante de por qué la gente, después de perder las comunidades reales, desea imaginar este tipo concreto de sustituto.[3]  

Cuando utilizamos el término “mexicano” para designar la identidad de un colectivo nos encontramos con esto que se definió como «comunidad imaginada», para su formación se requirieron complejos mecanismos de homologación cargados de violencia que permitieron la incorporación de aquellos elementos que Hobsbawn define como “sustitutos”. En un territorio tan vasto como lo es el de México, donde habitan colectivos con características muy diversas y tradiciones distintas y donde los procesos de conquista y colonización dejaron heridas muy profundas en los diversos sectores, no podía crearse un sentimiento de comunidad nacional si no se utilizaban mecanismos amalgamadores complejos. Cómo hipótesis sostenemos que la utilización de la figura de la Virgen de Guadalupe fue uno de estos instrumentos  y que la identificación de lo mexicano con lo guadalupano transita en esa dirección.
                         
2.1.     Los aspectos psicológicos de la identidad colectiva
El psicoanálisis nos ayuda entender cómo es que el individuo se construye a sí mismo esta ilusión de pertenencia y cómo es que llega a sentir que efectivamente comparte esta identidad con otros desconocidos. Para Freud el desarrollo de la psique individual y la construcción de vínculos sociales que la acompañan deben entenderse desde la dinámica del deseo. En el Porvenir de una Ilusión comenta lo siguiente: “llamamos ilusión a una creencia cuando en su motivación esfuerza sobre todo el cumplimiento de deseo; y en eso prescindimos de su nexo con la realidad efectiva, tal como la ilusión misma renuncia a sus testimonios”.[4]
            Dicho en otras palabras, lo que expone el autor es un mecanismo por medio del cual proyectamos sobre la realidad lo que “requerimos” que ella nos provea. La necesidad de pertenencia y el miedo a la exclusión y la soledad forman en nosotros percepciones que no necesariamente corresponden a la realidad; este tipo de ilusiones en el campo social se aproximan a las ideas delirantes que la clínica encuentra en los pacientes. La “ilusión” en la perspectiva psicoanalítica responde a lo que el historiador definió como “comunidad imaginada” en el campo social.

2.2.       La cultura cómo sometimiento
Desde la perspectiva histórica nos encontramos que la identidad mexicana tiene, en el imaginario colectivo, un origen en el tiempo y remite al encuentro de la cultura española con las que habitaban estás tierras, lo mexicano no es lo puramente español como no lo es tampoco lo considerado exclusivamente indígena; está constituido por una zona confusa que comienza en lo criollo y termina en un indigenismo tamizado por la mezcla. La colonización de estas tierras, a diferencia de otras experiencias paralelas[5], se acompañó de un mestizaje que al pasó de los siglos constituyó el factor dominante de la población.
A pesar de no haber habido una política colonial de exterminio como práctica para permitir la adjudicación, la brutal explotación cobró la vida de millones de habitantes. La conversión forzada al cristianismo de los llamados indígenas y la procreación de los conquistadores con las mujeres de estos no evitaron una suerte de genocidio.  Enzensberger en un estudió que realizó sobre Fray Bartolomé de las Casas comenta lo siguiente:

[…] Dos investigadores norteamericanos estudiaron en los últimos años las relaciones demográficas en el México antiguo. Finalmente llegaron a la conclusión de que en los  treinta años corridos entre el desembarco de Cortés y la redacción de la Brevísima relación, la población del México central se había reducido de veinticinco a aproximadamente seis millones de hombres. Esto significa que la conquista, solamente en México, tuvo una secuela de diecinueve millones de víctimas: Las Casas hablaba de cuatro. Incluso tomando en cuenta las pestes, las enfermedades epidémicas, la malaria , el hambre y el trabajo forzado, es decir las causas indirectas de la despoblación, se tiene que arribar a la convicción de que las Casas fue más bien demasiado prudente y no exagerado en sus citadas cifras.[6]

Otro de de los aspectos fundamentales en el proceso de colonización fue la exclusión gradual de los españoles nacidos en la Nueva España, conocidos como criollos, de los privilegios de aquellos que habían nacido en la llamada Madre Patria. Este grupo desarrollo una relación ambigua con España, por un lado sus integrantes se reconocían como pertenecientes a esa nación y por el otro sentían que el haber nacido aquí les otorgaba un derecho de propiedad sobre lo conquistado. La Independencia se produce cuando procesos al interior de España permiten a los criollos de la Nueva España el reivindicar lo que ellos sentían cómo un derecho.
Para consolidar su nueva situación, los criollos requirieron de nuevos imaginarios que permitieran que mestizos e indígenas se incorporar a su proyecto de nación. Aquí se desarrolla otro aspecto importante de la construcción de imaginarios, el de colocar al conquistador y a sus descendientes del mismo lado que el de los conquistados. Lo mexicano se utiliza como espacio de unidad en un sistema de diferencias y de continua explotación. El criollo desarrolla un imaginario a partir de una memoria fracturada que transita por dos caminos paralelos: por un lado recupera las cosas que admira y quiere hacer propias de lo español: la lengua, la evangelización humanista y las tradiciones artísticas; y por el otro se siente americano, se identifica con lo autóctono y por lo mismo heredero de los derechos de los indígenas.
Como parte de este mismo proceso la población mestiza, que conforma la gran mayoría de la nación, ha adoptado partes del imaginario criollo y reproducido la ambigüedad. Se podría decir que en la configuración de los imaginarios mexicanos se recupera un origen extraño y confuso donde al mismo tiempo se reivindica al conquistador y al conquistado, en una extraña mezcla afectiva podemos admirar a Cortéz y odiarlo, o ensalzar a Cuauhtémoc y considerar traidores a los tlaxcaltecas.
Para resumir esta parte y entramar los aspectos psíquicos con los históricos, recuperaremos la propuesta de Octavio Paz en su Laberinto de la soledad, dónde afirma: “La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El “hijo de la Chingada” es el engendro de la violación, del rapto o de la burla.”[7]  Para el mestizo una revisión crítica de sus orígenes lo conduciría a la imagen de la madre Chingada y paralelamente a la del padre abusador que lo rechaza. La configuración de una identidad nacional que busca factores de unidad y cohesión debe sortear este aspecto por medio de mitos que fomenten la ilusión de un origen admisible. Este es el fermento en el que nace la Imagen de la Virgen de Guadalupe.
3.          La estructura psíquica según Freud
3.1.     El tabú de la virginidad
De vuelta al psicoanálisis encontramos que Freud abordó el tema del tabú de la virginidad en uno de sus tres trabajos sobre la psicología del amor. Antes de analizar esta propuesta es pertinente recuperar su definición del tabú en otro de sus estudios. En el comenta que: “<> es una palabra polinesia cuya traducción nos depara dificultades porque ya no posemos el concepto que ella designa.” [8] A pesar de no tener una definición exacta del término original podemos, según el autor, darle seguimiento a lo largo de la historia ya que: “Este era corriente aún entre los antiguos romanos; su <<sacer>> era lo mismo que el <> de los polinesios. También <> de los griegos, y <>, de los hebreos, tienen que haber significado lo mismo que los polinesios expresan con su <>.[9] En todas estás importantes tradiciones nos encontramos con palabras que definen esta peculiar relación de las personas hacía otras personas, objetos, lugares o representaciones. Después de estudiar la manera en la que este término opera, Freud llega a la siguiente conclusión:

Ahora bien, se llama tabú a todo lo que es portador o  fuente de esta misteriosa cualidad, se trate de personas o de lugares, de objetos o de estados pasajeros. También se llama tabú de la prohibición que dimana de esta cualidad y, por fin, de acuerdo, con su sentido literal, se dice que es tabú algo, que participa al mismo tiempo de lo sagrado, que se eleva sobre lo habitual, y de lo peligroso, impuro, ominoso.[10]

            Después de presentar la definición del término “tabú” nos quedará más claro como lo vincula con lo relativo a la virginidad. Freud encuentra que en todas las culturas existe esta actitud que se caracteriza por la valoración de la virginidad de la mujer y al mismo tiempo por un miedo inconsciente a la desfloración; por un lado se exige a la mujer que no tenga experiencias sexuales previas al matrimonio pero al mismo tiempo existe un miedo a desflorarla.
            Cómo señala el autor la imagen de la mujer inmaculada está asociada con la fantasía infantil que niega la actividad sexual de la madre[11] y al mismo tiempo con la extensión de un derecho de propiedad sobre la mujer[12].     Para el niño el primer objeto de deseo es su madre, con la aparición del padre ésta pasa a ser objeto prohibido para el deseo sexual, permitiendo únicamente el amor tierno desexualizado, en ese momento del desarrollo de la conciencia, ella aparece como el objeto sexual del otro, es decir, del padre.  Esta fractura lleva al individuo, en su desarrollo sexual como adulto, a un vínculo complejo con la mujer; por un lado busca separarla lo más posible de la imagen tierna materna, y por el otro busca a una mujer cuya sexualidad no recuerde al amor tierno, y que pueda degradar para convertirla en objeto.  El resultado de esta operación es la proyección de una imagen femenina que contiene dos aspectos: el de una virgen a la que no se le puede tocar y que provee amor sin sexo, y el de un objeto que es degradado para permitir el goce sexual.
En el caso de la mujer, su primer objeto de deseo también es su madre y su relación con el hombre tiene que ver con la aparición del padre; pero en forma distinta que con el varón, en este caso es la misma madre la que le trasmite el deseo por el llamado “tercero”, es decir el padre, y es ella la que se lo prohíbe dirigiendo su deseo hacia otros hombres. La hija aprende de la madre a ser  simultáneamente la virgen para su padre (tabú del incesto) y el objeto de deseo de otro varón (para poder así ser madre).  El tabú de la virginidad opera distinto que en el varón pero no deja de ser importante ya que la identificación con la madre la lleva a desear tener hijos del padre, pero ya que esto le está prohibido, la ilusión de concebir sin sexo le permite una identificación plena con la imagen materna eliminando el conflicto.
Freud nos explica que así opera la estructura psíquica, tanto en los hombres como en las mujeres, lo cual no significa que estamos “condenados” a vivir de acuerdo a ella. Es posible llegar a una relativa superación si existe cierta elaboración lo cuál permite una relación amorosa equilibrada; al respecto comenta Freud en otro de sus estudios sobre el amor: “Suena poco alentador, y por añadidura, paradójico, pero es preciso decir que quien haya de ser realmente libre, y, de ese modo, también feliz en su vida amorosa, tiene que haber superado el respeto a la mujer y admitido la representación del incesto con su madre o hermana.”[13]

4.     La Virgen de Guadalupe
4.1.       Octavio Paz
Uno de los pensadores que le dedicó parte de sus reflexiones al espacio del imaginario mexicano fue  Octavio Paz; para él la imagen de la Virgen de Guadalupe ocupa un lugar central; en la presentación que le hizo al libro del investigador Jacques Lafaye,[14]nos comenta:
Madre de dioses y de hombres, de astros y hormigas, del maíz y del maguey, Tonantzin/Guadalupe fue la respuesta de la imaginación a la situación de orfandad en que dejó a los indios la conquista.  Exterminados sus sacerdotes y destruidos sus ídolos, coartados sus lazos con el pasado y con el mundo sobrenatural, los indios se refugiaron en las faldas de Tonantzin/Guadalupe: faldas de madre montaña, faldas de madre-agua.  La situación ambigua de Nueva España produjo una reacción semejante: los criollos buscaron en las entrañas de Tonantzin/Guadalupe a su verdadera madre.  Una madre natural y sobrenatural, hecha de tierra americana y teología europea. […]Para los mestizos la experiencia de la orfandad fue y es más total y dramática. […] En la imaginación de los mestizos, Tonantzin/Guadalupe tiene una réplica infernal: la Chingada.  La madre violada, abierta al mundo exterior, desgarrada por la conquista; la Madre Virgen, cerrada, invulnerable y que encierra en sus entrañas a un hijo.  Entre la Chingada y Tonantzin/Guadalupe oscila la vida secreta del mestizo[15].

En esta presentación el escritor mexicano recoge  las diversas perspectivas con las que se mira a la Virgen de Guadalupe; sus palabras nos siguen remitiendo al trauma fundacional de la nación mexicana; a la violencia de la Conquista y la Colonia. Para comprender esta diversidad de acercamientos que parecen fundirse en un culto unificador es necesario regresar a la historia y recoger los datos.

4.2.     La imagen de Guadalupe el Tabú de la virginidad y la colonización
Para que la imagen de la Virgen del Tepeyac llegara a ser considerada un emblema de la nación mexicana pasaron muchos siglos.  Los historiadores coinciden que en los primeros años existió un rechazo de los misioneros a esta creencia popular.[16] La colonización se acompañó de la evangelización de los pobladores de la zona, esta tarea recurrió, entre otros, a un mecanismo de sustitución que finalizó en un sincretismo religiosos, el ícono de la virgen de Guadalupe-Tonantzin funde a la Virgen de Guadalupe, adorada en España, con la Diosa Tonantzin idolatrada en el mundo prehispánico.

4.2.1.     La Guadalupe española
Lafaye comenta que en el momento de la conquista de estás tierras, la figura de la Virgen había ocupado ya un lugar central en la fe católica Ibérica, de hecho afirma que: “Guadalupe es la historia de España desde la batalla del Salado hasta la edificación de El Escorial, es decir, de 1340 a 1561”[17].  Pero en este caso no se refiere a la del Tepeyac sino más bien a la de una población en la sierra oriental de Extremadura en España.[18] Su valoración está relacionada con la lucha contra los moros como imagen inspiradora de fuerza,[19] lo cual puede explicar su adopción por parte de los conquistadores, y su carácter bélico.
4.2.2.      La imagen de Guadalupe Tonantzin y la Coatlicue
 No hay duda alguna de la existencia de una deidad prehispánica que inspira el sincretismo en la virgen de Guadalupe del Tepeyac, “la diosa madre de los aztecas, Tonantzin”[20]. En los relatos de Torquemada y de Cabrera se recoge y traduce el relato prehispánico donde se cuenta que Tonantzin; “Era una Virgen consagrada a Dios, en el servicio del templo, que por obra del cielo concibió y parió sin lesión de su virginidad al Señor de la Corona de Espinas o Teohuitzahuac, que constaba de naturaleza humana y divina, nació hecho varón perfecto”[21].
            Esta figura tenía otras características que permitieron su adopción como símbolo religioso del imaginario mexicano; una de ellas era la dualidad con respecto al género, era diosa pero también se transformaba en dios, otra se refiere a la vida y la muerte, era la madre que daba la vida pero también la quitaba[22]. Algunos estudiosos consideran que la Coatlicue fue la deidad femenina más representativa del imaginario prehispánico; esta afirmación podría sembrar dudas sobre la hipótesis de la fusión de Guadalupe con Tonantzin. Para responder a este argumento recogemos las conclusiones de la investigadora Blanca Solares donde sostiene con respecto a la Coatlicue que:
Las diferentes diosas del periodo —Chicomecóatl, Chalchitlicue, Tlazoltéot, Xochiquétzal, Ixcuina, etc.— se subsumen en ella. Y ella destaca los rasgos combativos de todas. La Coatlicue es Cihuacóatl, mujer serpiente; Quilaztli, la que hace brotar las legumbres; Quauhcíuatl, mujer águila; Yaocíhuatl, guerrera; Itzpapálotl y Qyopechtli, parturienta y alumbradora. Carga con el género humano, por eso es Tonantzin y Chicomecóatl y Temazcalteci, la abuela de los baños, madre de los dioses, corazón de la tierra y nuestra abuela. Es femenina y guerrera, pero también se le concibe como varón, Tlaltecuhtli, Señor de la Tierra, y asociada a Tonatiuh y Huitzilopochtli, que es Cuauhtlehuánitl, cuando como Sol asciende y Cuauhtémoc cuando cae. En resumen, como expresa Justino Fernández, la Coatlicue es una summa teologica en piedra del pensamiento religioso prehispánico y, parafraseando a J. Soustelle, habla de ella como de un enjambre de divinidades.[23]

A partir del estudio de las creencias de los pobladores que habitaban el territorio conquistado y colonizado por los españoles, se puede entender porque una imagen femenina pudo ocupar el lugar central del imaginario religioso. Solares considera que: “La Diosa, en el pensamiento religioso del México Antiguo, se enmarca dentro de una concepción cosmogónica a través de la cual el hombre experimenta e intenta comprender el mundo, su origen y su devenir.”[24] En el proceso de sincretismo que acompañó a la evangelización se buscó recatar una figura religiosa cristiana por medio de su asociación con las antiguas creencia, el resultado nos demuestra que el aspecto femenino de la deidad no pudo desplazarse.

4.2.3.     La Guadalupe mexicana
La Virgen Guadalupe mexicana recoge elementos de sus antecesoras a partir de un proceso de fusión que fue respondiendo a las distintas circunstancias históricas. En ella depositan sus fieles solicitudes de ayuda y protección pero también ha sido el estandarte de las luchas. En las dos imágenes, tanto la de España como la Azteca existían esos dos elementos, la madre que intercede ante Dios por sus hijos y la de aquella que los acompaña en su lucha. Es deidad de vida y de muerte, de enfrentamiento y resignación. Desde esta ambigüedad se comprende porque fue imagen de conquistadores y conquistados. Surge para consolar y cuidar a los humillados, la imagen de la madre abnegada que se sacrifica por sus hijos, que todo lo soporta. Ha sido utilizada, por el que tiene el poder, para fomentar la resignación en el sometido o ser acompañante del guerrero.  De protectora del vencido pasa a ser fortaleza del vencedor. Así lo explica Lafaye cuando dice: “A partir de la Independencia la imagen de la Guadalupe va virando, desde su función principal protectora contra las epidemias, hasta convertirse en ‘diosa de las victorias’ y de la libertad.”[25]
5.                El tabú de la virginidad y la colonización de los imaginarios
5.1.     La virginidad de la madre
Freud encuentra una propensión psíquica a negar la sexualidad de la madre que deriva en la ilusión de la virginidad de ésta. Si la comprendemos en el caso de una población como la de los mestizos-mexicanos adquiere una gran fuerza ya que en el imaginario colectivo que se construye para poder hablar de una identidad nacional el referente materno remite al sometimiento y al abuso. La madre del mexicano en sus relatos colectivos es, como lo describe Paz: la madre chingada.
         La indignación que acompaña el reconocimiento del abuso de la madre es acallada cuando los que son identificados como descendientes del padre violador alimentan la ilusión de una madre común para todos y que nunca fue ultrajada; la figura de la Virgen de Guadalupe cumple una función política.      Con respecto al indígena, las prácticas son claramente de exclusión, sin embargo, para incluirlo imaginariamente en la configuración nacional, se crea el mito de la virgen indígena que se le aparece al indio Juan Diego, y sigue remitiendo a la Madre Indígena de la nación mexicana imaginada.
         El otro aspecto de la vida psíquica que se manifiesta en este ícono es el de la violencia, la imagen pacifica y casi angelical de Guadalupe que radica en el respeto a su virginidad, se acompaña también del otro aspecto del tabú: el de la violencia contenida. Diosa de la vida y la muerte o protectora de los combatientes contra los moros, Guadalupe es también acompañante de los defensores de su mito; legitima la causa de quien la porta. Su utilización en todo tipo de luchas funciona para proteger a los que pelean, mientras que amenaza a los que los enfrentan, en la fantasía de los portadores de su imagen la madre los protege mientras ellos defiendan su virginidad, y el que se atreva a desflorarla atraerá sobre sí la ira del Padre. La dualidad de la Guadalupe española se fusiona con la de la diosa prehispánica Tonantzin-Coatlicue; señora de la vida y de la muerte, dadora de vida, salvadora y protectora abnegada pero también guerrera que exige ser alimentada con la sangre de sus enemigos.

6.                Conclusiones
Para concluir podemos decir que este ícono ha permitido cohesionar a los distintos grupos que componen la llamada nación mexicana haciéndolos sentir hermanos, aunque en la realidad sus genealogías remitan a experiencia tan distintas. Al borrar de la memoria la violación de la madre del mestizo y la exclusión del indígena, se pueden hermanar con el criollo cuyo padre es el abusador.
Esta ilusión permite, en cierta medida, la paz social y una convivencia donde la violencia se contiene pero permite también la perpetuación de un sistema de injusticias y una amnesia colectiva. Los discursos oficiales, la postura de la Iglesia y la manera de enseñar la historia de México alimentan esta ilusión.
Madre de todos y de ninguno, la Virgen de Guadalupe cubre con su manto la ilusión de pertenencia y esconde, a su vez, una dura historia de abuso, exclusión, explotación y despojo. Al igual que los individuos, los pueblos deben madurar y enfrentarse a la verdad de su origen donde las madres no son vírgenes, los padres no son dioses y los hijos deben emanciparse de la tiranía de la ilusión.



[1] Para ahondar en esta metodología ver: Estrada L.F., Pilatowsky M. y Velázquez A. cor. (2010). La indisciplina del saber: la multidisciplina en debate. México: UNAM.  
[2] La indisciplina del saber, más allá de ser una expresión sugerente, debe considerarse una forma de describir una metodología. Como resultado de un proceso en los ámbitos teóricos y prácticos, el saber se ha disciplinado y los investigadores se han especializado, la ciencia se produce en cotos de poder y a partir de un conocimiento segmentado. Para no perder el sentido crítico, indispensable para que un conocimiento no recaiga en el mito, es fundamental que las estructuras vigilantes y controladoras de cada uno de los saberes disciplinados se confronten entre sí, desarticulen sus mecanismos autorreferenciales y permitan que la experiencia se resista a ser reconstruida.
     En este sentido y de vuelta en el campo teórico, se podría recurrir al concepto indisciplina para describir una práctica investigativa de carácter no unidisciplinar donde la metodología se va construyendo a partir del diálogo de los saberes involucrados y conforme va respondiendo a las situaciones específicas de la misma investigación en curso. Ibid, p. 140
[3] Hobsbawm, E. (2000). Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona: Crítica. p.55, el autor se refiere al libro, Anderson, B. (1993), Comunidades Imaginadas; reflexiones sobre el origen y la difusión del Nacionalismo, México: Fondo de Cultura Económica. En donde nos presenta la siguiente definición: “Así pues, con un espíritu antropológico propongo la definición siguiente de la nación: una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana.
                    Es imaginada porque aún los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión. p. 23
[4] Freud, S. (2004). El Porvenir de una Ilusión, en Obras Completas, vol. XXI, Buenos Aires: Amorrortu Editores. p. 31
[5] Nos referimos a experiencias como la de los ingleses en el norte de América o a regiones en Suramérica donde se exterminaron a los pobladores para quedarse con sus tierras.
[6] Enzensberger, H. M. (1973).  Las casas, o una mirada retrospectiva hacia el futuro. En  El Interrogatorio de la Habana y otros Ensayos Políticos; Barcelona: Anagrama. pp. 151-2

[7] Paz, O. (1981). El Laberinto de la Soledad, México: Fondo de Cultura Económica. p. 87-88
[8] Freud, S. (2002)Tótem y Tabú, en Obras Completas, Vol. XIII Buenos Aires: Amorrortu Editores, p. 27
[9] Ibidem.
[10] Ibid. pp. 30-31
[11] Freud. S. (2002) El tabú de la virginidad (Contribuciones a la psicología del amor, III), (1918 [1917]). Obras completas, tomo XI, Buenos Aires: Amorrortu Editores, p.203
[12] Ibid. p.189
[13] Freud. S, (2002), Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (Contribuciones a la psicología del amor, II), (1912), Obras completas, tomo XI, Buenos Aires: Amorrortu Editores, p.179
[14] Lafaye, J. (1977) Quetzalcóatl y Guadalupe.  La formación de la conciencia nacional, México: Fondo de Cultura Económica.
[15] Paz, O, (1977) Prefacio; Entre Orfandad y Legitimidad, en Lafaye, op. cit. p.21-2
[16] Lafaye, op. cit. p.317, León- Portilla, M. (2001) Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican mpohua”. México: Fondo de Cultura Económica. p.14, y Gruzinski S. (1991), La colonización de lo Imaginario, México: Fondo de Cultura Económica.
[17] Lafaye, op. cit. p.299
[18] Ibid., p.293
[19] Ibid. 295
[20] Ibid. 364
[21] Ibid. 349
[22] Ibid. 318
[23] Solares, B. (2007), Madre Terrible; La Diosa en la religión del México Antiguo, Barcelona: Ánthropos, UNAM. p. 391
[24] Ibid. p.11
[25] Lafaye, op. cit. p. 409