miércoles, 29 de agosto de 2012

Sartre, la cuestión judía y el antisemitismo


A la memoria de Natán Ofek

Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? […]Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso.
(William Shakespeare El Mercader de Venecia)


1. Presentación
El tema del antisemitismo no ha dejado de ser actual, de ahí que toda reflexión al respecto no pueda considerarse agotada. Por otro lado, esta manifestación particular de odio debe comprenderse como parte de un fenómeno social más amplio que podríamos definir como odio al extraño; de alguna manera se le podría entender como la expresión más conocida y generalizada de esta dinámica de exclusión[1]. En este breve ensayo recuperaremos algunas de las reflexiones del filosofó francés Jean-Paul Sartre con respecto a la cuestión judía, el antisemitismo y el odio al extranjero que desarrolló en un trabajo que tituló: Reflexiones sobre la cuestión Judía[2]
2.     Una vida en busca de autenticidad

Jean Paul Sartre nació en París Francia en 1905, en 1924 inició sus estudios universitarios en la École Normale Supérieure, donde conoció a Simone de Beauvoir, con quien estableció una relación que duraría toda su vida. Tras cumplir el servicio militar, empezó a ejercer como profesor de preparatoria; en 1933 obtuvo una beca de estudios que le permitió trasladarse a Alemania, donde entró en contacto con la filosofía de Husserl y de Heidegger. Movilizado en 1939, fue hecho prisionero, consiguió escaparse en 1941 y regresar a París donde colaboró con Albert Camus en Combat, el periódico de la Resistencia. En 1956 rompió con su amigo Camus, denunció el estalinismo y protestó por la intervención soviética en Hungría. En 1964 rechazó el Premio Nobel de Literatura, colaboró con Bertrand Russell en el establecimiento del Tribunal Internacional de Estocolmo para la persecución de los crímenes de guerra, y participó directamente en la revuelta estudiantil de mayo de 1968. Murió en 1980 legando una obra filosófica y literaria muy importante.

3.     Reflexiones sobre la cuestión judía
Sartre escribió su texto sobre la cuestión judía en el año de 1944, es importante contextualizar sus palabras; fueron escritas poco tiempo después de la liberación de París que había estado ocupada por los nazis. En esos momentos ya se tenía información de lo que le habían hecho los alemanes a los judíos, pero todavía no se conocía completamente la magnitud y las características del crimen. Por otro lado, la actitud del gobierno de ocupación francés hacia los judíos fue ambigua; protegieron de alguna manera a los que tenían ciudadanía francesa, hasta donde les fue posible,  pero deportaron a los refugiados de otros países, la mayoría fueron exterminados[3].
Recordemos también que al finalizar la guerra todavía no se había creado el Estado de Israel que se fundó en 1948,  el drama de los sobrevivientes judíos que buscaban refugio todavía no tenía una solución definitiva; estos recorrían Europa en busca de sus familiares y buscando sus pertenencias. Europa se encontraba en ruinas, ocupada por los ejércitos aliados y en una conmoción donde era difícil entender la magnitud de la catástrofe. El escrito de Sartre debe valorarse como el testimonio de un pensador  que da cuenta de aquello que está viviendo y que trata de organizar lo que siente,  y no como una reflexión depurada que puede elaborarse gracias a la distancia emocional que regala el tiempo.
Otro aspecto a considerar es el de las diferencias entre el antisemitismo francés, y lo sucedido en Auschwitz, el primero, más cercano a las vivencias de Sartre, quedó “rebasado” por los resultados de la barbarie alemana. En el imaginario francés estaba presente el “caso Dreyfus” en el que un oficial judío fue acusado injustamente de traición como parte de una campaña antisemita y que llevó al escritor Émile Zola en 1898 a redactar su famoso Yo acuso (J'accuse) donde denunció esta injusticia. No se le puede pedir a Sartre que comprendiera en 1944[4] lo que habían hecho los nazis por lo que muchas de sus conclusiones seguían respondiendo al antisemitismo que el había conocido hasta ese momento.
Ya han pasado más de sesenta años desde que Sartre escribió este ensayo y desgraciadamente no ha perdido vigencia, en Francia se sigue persiguiendo a los judíos, profanando cementerios y haciendo pintas en las sinagogas. El odio a los extranjeros se extiende a los musulmanes, orientales, africanos y latinoamericanos, desde este punto de vista se justifica el continuar estudiando lo que el filósofo francés escribió en su momento.
4.     El hombre y la libertad
El tema que nos ocupa es el de la lectura que hizo Sartre de lo que definió como “cuestión judía”, nos limitaremos a este aspecto exclusivamente, sin embargo para comprenderlo es importante recuperar, aunque sea tangencialmente, algunos aspectos de su propuesta filosófica. Él sostenía que al “hombre” había que entenderlo en su situación existencial concreta, inmerso en las condiciones con las que se enfrenta; “es decir, un conjunto de limitaciones y de obligaciones: el hecho de tener que morir, la necesidad de trabajar para vivir, de existir en un mundo ya habitado por otros hombres”[5]. Al mismo tiempo afirmaba que todas estas circunstancias no le impiden ejercer su libertad. “Estamos solos, sin excusas, es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace.” [6]
Ante esta irremediable condición de libertad radical el hombre puede actuar de dos posibles maneras: en forma “auténtica” aceptando su indeterminación, rebelándose contra toda situación que busque cancelar su libertad, o en forma “inauténtica”, “cosificándose” a sí mismo y a los demás para evadir su responsabilidad. Dicho con otras palabras, lo que sostiene Sartre es que la conciencia de nuestra libertad nos angustia ya que nos hace ver que, a pesar de estar siempre rodeados de gente, actuando de acuerdo a reglas o tradiciones, determinados por los espacios externos y las limitaciones de nuestro cuerpo, siempre tenemos la posibilidad de decidir si es eso lo que queremos ser. Lo que descubrimos es que no existe una esencia, o una verdad absoluta que nos determina, a final de cuentas nos descubrimos solos y desamparados frente a la responsabilidad de nuestras decisiones. Estamos condenados a ser libres y obligados a asumir las consecuencias de nuestros actos.
 La conciencia de nuestra libertad, que parecería ser un don, se convierte en una condena de la que buscamos constantemente escapar, la manera de hacerlo, nos dice Sartre, es auto engañándonos por medio de un mecanismo de la misma conciencia “La mala fe tiene, pues, en apariencia, la estructura de la mentira. Sólo que –y esto lo cambia todo- en la mala fe yo mismo me enmascaro la verdad. Así, la dualidad del engañador y del engañado no existe en este caso. La mala fe implica por esencia la unidad de una conciencia”. [7]
Este mecanismo por medio del cual escapamos de nuestra responsabilidad se construye negando la libertad; la nuestra y la de los que nos rodean; nos engañamos contándonos que estamos determinados por las circunstancias o que nos regimos por fuerzas externas, físicas o metafísicas. Así como nos negamos como seres libres, lo hacemos con los demás, los hacemos “cosas”, “objetos” que carecen de albedrío. Para escondernos a nosotros mismos nuestra indeterminación cosificamos a los otros.
5.     El significado de la “autenticidad” frente a la “mala fe”
El hombre concreto se encuentra siempre en una situación que lo está determinando y que le exige posicionarse frente a ella; reconocerse ahí implica asumir lo que la acompaña incluyendo los aspectos desagradables, las emociones que se desatan, las frustraciones, angustias y miedos. El reconocimiento de este “estar arrojado en el mundo” nos enfrenta a la mirada cosificadora de los otros, ellos nos posicionan en un espacio donde no somos lo que elegimos sino lo nos es determinado.
            A partir de este mecanismo de la conciencia que Sartre define como “mala fe” nos entregamos a la mirada cosificadora y somos lo que los otros deciden hacer de nosotros. Pero en una parte de nuestra conciencia la indeterminación se rebela contra la cosificación y se resiste al engaño, ahí radica la autenticidad, en esta decisión de afrontar la angustia, superar el miedo y entenderse en la indeterminación.
“Si se conviene con nosotros en que el ser humano es una libertad en situación, se estará de acuerdo sin mayores problemas con que esa libertad puede ser definida como auténtica o inauténtica, según la elección que ésta hace de sí misma en la situación en la que surge. La autenticidad, ni que decir tiene, consiste en asumir una conciencia lúcida y verídica de la situación, en asumir asimismo los riesgos y responsabilidades que tal situación conlleva, en reivindicarla desde el orgullo o la humillación, y en ciertas ocasiones desde el horror y el odio.”[8]

            La autenticidad para Sartre implica enfrentamiento con lo establecido y búsqueda de cambio, requiere de una solidaridad que puede describirse como humanismo; lo humano consiste en el ser indeterminado que se resiste a la cosificación. El ser auténtico vive su humanidad en constante enfrentamiento con los mecanismos sociales de dominación que tienden a definir el lugar que cada uno debe tener en la sociedad. Así es como explica la existencia de instituciones como la Familia, la Iglesia, el Estado que, dentro de una economía capitalista de explotación,  buscan apropiarse de la libertad de cada individuo para convertirlo en un objeto controlable. Para Sartre la revolución debe entenderse desde la búsqueda de autenticidad en la conciencia, tanto en lo individual como en lo colectivo.
Y cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres. […]Cuando decimos que el hombre se elige, entendemos que cada uno de nosotros se elige, pero también queremos decir con esto que al elegirse elige a todos los hombres. [9]

6.     Antisemitismo
Sartre comprende y explica la cuestión judía en términos de su fenomenología existencialista como una manifestación colectiva de mala fe; considera que en Europa, a lo largo de la historia se ha ido creando un prejuicio de un ser al que se le atribuyen defectos y a quien se le deposita el odio colectivo. El judío es el villano predilecto de la mala fe cristiana y de sus manifestaciones secularizadas que llegan al fascismo, al respecto comenta: 
“Nosotros hemos creado a esta especie de ser humano que sólo adquiere su sentido como producto artificial de una sociedad capitalista (o feudal), este ser humano cuya razón de existir no es otra que la de ejercer de cabeza de turco para una colectividad todavía prelógica. A esta especie de seres humanos que encarna la condición humana más que ninguna otra porque nació de reacciones secundarias surgidas del interior de la humanidad, a esta quintaesencia de lo humano, desvalida, desarraigada, originariamente prometida a la inautenticidad o al martirio. En semejantes tesitura, en tales circunstancias, no hay ni uno solo de nosotros que no sea totalmente culpable y hasta criminal: la sangre judía vertida por los nazis recae sobre todos nosotros.”[10]

Lo que sostiene Sartre es que las existencia de este colectivo denominado “judío” responde a una creación del odio de aquellos que buscan definirse a partir de lo negativo, su ser “europeo”, o “cristiano”, su ser “universalista” o “generoso” o “incluyente” es al mismo tiempo “no ser judío”.  De la misma manera les atribuye a los “judíos” todos los males que le aquejan:
“Si un hombre atribuye la totalidad o parte de las tribulaciones de un país así como las suyas propias a la existencia de « elementos » judíos en la sociedad, si propone resolver el « problema » privando a los judíos de algunos de sus derechos, apartándolos de ciertas actividades de ámbito económico y social, expulsándolos del territorio o exterminándolos a todos, se dice que ese hombre tiene opiniones antisemitas.”[11]

Vemos entonces como para el autor “no es el carácter judío el que provoca el antisemitismo, sino que, y por el contrario, es el antisemita el que crea al judío.”[12] La mala fe actúa en forma individual y colectiva, las personas evaden la responsabilidad de sus acciones y enuncian a rebelarse contra los auténticos causantes de sus males. En el judío, como villano tradicional, se depositan las razones del malestar.
La economía está mal porque los “judíos”, que supuestamente controlan la banca internacional, “especulan” con los ahorros de los trabajadores; “ellos” no permiten la unidad nacional ya que son una “raza” de apátridas que solo son leales al dinero y se confabulan entre sí, son los traidores por excelencia, los “judas” que entregaron y mataron a Cristo. De estos prejuicios desprenden que no se puede confiar en ellos; son cerrados y antisociales solo se casan entre ellos y solo se apoyan a sí mismos. Su único dios es el dinero, son avaros y ambiciosos, estafadores y mentirosos.
            Sartre utiliza su análisis filosófico para explicar cómo es que el antisemita proyecta sobre el judío imaginario todo aquello que ve en sí mismo y rechaza, como en realidad, por medio de un mecanismo de mala fe crea al judío que necesita, “Llegados a este punto podemos, ya, comprender al antisemita. Es un hombre que tiene miedo. No de los judíos, desde luego: de sí mismo, de su conciencia, de su libertad, de sus instintos, de sus responsabilidades, de la soledad, del cambio, de la sociedad y del mundo; de todo, salvo de los judíos.”[13]
            El antisemitismo, así como otras manifestaciones de odio a los extranjeros, es un mecanismo de evasión, falta de autenticidad, actos de mala fe, tanto en lo individual como en lo colectivo; en vez de asumir la responsabilidad por los efectos de las acciones propias se busca un chivo expiatorio a quien responsabilizar. De ahí que se les segregue, persiga, expulse o aniquile. En 1944 se trataba de judíos o gitanos, hoy en día se extiende a musulmanes, latinoamericanos, orientales o africanos. 

7.     Judaísmo como situación

¿Quién es entonces un judío para Sartre? Esta es una pregunta central para poder comprender su reflexión sobre la cuestión judía. Nos queda claro que existe “el judío” en la mirada cosificadora del antisemita, pero ¿existe un ser auténtico más allá del prejuicio? Sartre piensa que sí, pero que está determinado por la imposibilidad de dejar de ser lo que el prejuicio le asigna. En su origen, nos dice el filósofo, su identidad estaba ligada a una fe y a una nación pero a lo largo de los siglos estos referentes se fueron perdiendo:
“Así pues, los datos sobre la cuestión nos indican que: una comunidad histórica concreta es en primer lugar una comunidad nacional y religiosa; más  la comunidad judía, que fue ambas, se ha vaciado poco a poco de estas características concretas. De buen grado la denominaríamos una comunidad histórica abstracta.
(…) Lo que une a los hijos de Israel no es ni su pasado, ni su religión ni su tierra. Pero si todos ellos tienen un nexo común, si todos merecen su nombre de judío, es porque comparten su situación común de judíos, es decir, porque viven en el seno de una comunidad que los tiene por tales.”[14]

            Los judíos no se definen por su religión, hay judíos ateos, tampoco por su nacionalidad ya que muchos de ellos son ciudadanos de muchos países del mundo, tampoco los une una misma lengua, muchos de ellos no hablan hebreo, tampoco se les puede identificar con alguna supuesta “raza”, los hay blancos, negros, rojos y amarillos; no los define su actividad económica, hay empresarios, profesionistas, obreros, campesinos, desempleados, artistas, pensadores, científicos, amas de casa, y estudiantes.
            Lo que los define, según Sartre, es la situación que les es conferida por los otros, son lo que son en cuanto que deben rebelarse contra el prejuicio de la mirada antisemita. Lo que hace a los judíos ser judíos, según él, es el enfrentarse a la imposibilidad de dejar de serlo y al reto de construir un mundo donde se pueda vivir sin llevar cosida la estrella amarilla:
“la autenticidad consiste, en su caso, en asumir hasta sus últimas consecuencias su condición de judío, la falta de autenticidad en renegar de dicha condición o en tratar de esquivarla. En su caso, la falta de autenticidad le resulta mucho más tentadora que el resto de los seres humanos, ya que la situación que ha de reivindicar y vivir es la propia de un mártir.” [15]

            De esta manera explica Sartre lo que le tocó ver en la Europa ilustrada, cómo millones de personas que buscaron asimilarse a la cultura alemana o la francesa fueron excluidos, recluidos y exterminados,  los judíos asimilados, incluso sus hijos o nietos ya convertidos al cristianismo fueron aniquilados como judíos. La condición judía les fue impuesta desde la mirada excluyente del antisemita. Desde esta realidad de la que Sartre fue testigo directo, la condición de mártir del judío auténtico no fue una especulación teórica, se convirtió en una verdad trágica.

7. El lugar del judío
Atrapado por la mala fe del antisemita el judío tiene una doble misión, rebelarse contra la cosificación externa y combatir su propia mala fe. “Mostrarse auténtico reivindicándose como judío está muy bien, en efecto, pero no han comprendido que la autenticidad se manifiesta en la rebeldía.”[16] Sartre comprendió que el sufrimiento de los judíos a lo largo de la historia y lo que acababa de suceder en el Holocausto los colocaba en una situación insostenible y desesperada, la responsabilidad para él pesaba en todos los que les habían negado su derecho a existir,  esto exigía una respuesta política inmediata; por esta razón fue de los pocos intelectuales de izquierda que apoyo el sionismo y se pronunció siempre por el derecho de los judíos a tener un territorio donde no fueran perseguidos.
            Sin embargo su apoyo al sionismo no significó que renunciara a una visión universalista que reivindicara el derecho de los judíos a vivir en cualquier otro país incluida Francia:
“El judío pude elegirse  auténtico reivindicando su espacio judío, con sus derechos (…) a reafirmarse como judío francés. Puede asimismo verse abocado por su elección a reivindicar una nación judía poseedora de una tierra y de una autonomía, puede persuadirse de que la autenticidad judía exige el que el judío esté apoyado por una comunidad israelita.”[17]

            Sartre llegó a esta conclusión porque entendió que mientras el antisemita no le permitiera al judío una completa emancipación éste no estaría a salvo. Hoy en día vemos como esta misma condición puede extenderse y aplicarse a los inmigrantes musulmanes o latinoamericanos que siguen siendo rechazados sin importar lo que hagan o dejen de hacer.
8.La misión del Judío

Sartre consideraba que los responsables de la segregación de los judíos son los antisemitas ya que son ellos los que requieren del prejuicio para huir de su libertad. Lo que los judíos buscan es la igualdad en un mundo donde puedan asimilarse, pero la historia les ha enseñado a no ser ingenuos, “simplemente, el judío auténtico renuncia  para sí a una asimilación hoy por hoy imposible y espera que sus hijos la obtengan mediante la liquidación del antisemitismo.”[18] Siglos de persecución que culminaron en el Holocausto tuvieron un efecto determinante en la manera en la que los miembros de este colectivo se relacionan con el resto de la sociedad. La autenticidad para el judío, según Sartre radica en comprender su situación, entenderse como excluido y segregado, no negarlo para poder combatirlo. El reconocimiento de esta condición impuesta por el antisemita lo obliga a asumir la singularidad colectiva como parte de su identidad, sólo así puede afrontar la persecución.
La Autenticidad judía consiste en  elegirse como judío, es decir, en realizar su condición judía. El judío auténtico abandona el mito del hombre universal: se conoce y se quiere en la historia como criatura histórica maldita; ha dejado de regirse y de avergonzarse de los suyos. Ha comprendido que la sociedad es malvada; ha sustituido el monismo ingenuo del judío inauténtico por un pluralismo social; sabe que se encuentra aparte, intocable, maldito, proscrito, y como tal se reivindica. Renuncia, de golpe, a su optimismo racionalista: advierte que el mundo se halla fragmentado por divisiones irracionales y al aceptar dicha fragmentación- al menos en lo que le concierne-, al proclamarse judío, hace suyos algunos de esos valores y de esas divisiones; escoge a sus hermanos y a sus iguales: es decir, a los demás judíos.[19]

            Sartre sostiene que el judío,  al comprender su situación, al reconocer como su condición de exclusión es producto del odio y la mala fe del antisemita se solidariza con los que están en su posición; “lo que hace al judío es su situación concreta; lo que le une a otros judíos es la identidad de situación.”[20] Desde esta manera de entender la cuestión judía, el filósofo francés invierte la lógica del antisemita, no es que el judío se margine y se excluya por sentirse mejor o por negarse a la asimilación y que sólo busque a sus iguales despreciando a los demás, más bien se solidariza con los excluidos a quienes se les niega la posibilidad de integrarse al resto de la sociedad. Una revisión histórica confirma lo que él sostiene.
9.     El judío imaginario

Como ya hemos expuesto anteriormente, el escrito de Sartre debe comprenderse en el momento en el que fue escrito, en ese momento todavía no existía el Estado de Israel y por lo mismo no se podía comprender lo que sería el conflicto entre Israel y los palestinos, por lo que no podemos cuestionar sus palabras a partir de esta realidad. Lo que se podría desprender de su análisis es la advertencia de un peligro en el que los judíos estarían siempre expuestos y es en desarrollar como colectivo mecanismos de mala fe. En su momento, al término de la segunda guerra mundial, conforme se iban sabiendo los pormenores de la Shoah, las palabras con las que describió a las víctimas fueron las siguientes:

 Los judíos son, de entre todos los hombres, los más pacíficos. Son apasionados enemigos de la violencia. Y esa obstinada dulzura que conservan en medio de las más atroces persecuciones, ese sentido de la justicia y de la razón que enarbolan, como única arma defensiva, frente a una sociedad hostil, brutal e injusta, es quizá lo mejor y más profundo del mensaje que nos entregan y la auténtica señal de su grandeza.[21]

            Hoy en día las cosas han cambiado en muchos sentidos, el Estado de Israel cuenta con una fuerza militar bien equipada, lleva más de medio siglo envuelto  en un conflicto armado al que no se le ve salida, al interior ha reproducido las mismas políticas de segregación hacia los extranjeros como el resto de los países. Si bien Sartre, como se mencionó anteriormente, fue de los pocos intelectuales de izquierda que apoyaron al sionismo estamos seguros que no se identificaría con las políticas anexionistas de algunos sectores del gobierno israelí y se sumaría a los grupos moderados, tanto judíos como palestinos dispuestos a ceder territorios para alcanzar la paz.
10.  Conclusiones
Las reflexiones de Sartre sobre la Cuestión Judía escritas al final de la segunda guerra mundial no han dejado de tener vigencia. Es cierto que la situación de los judíos hoy en día no es para nada equiparable a lo que se vivió durante el Holocausto, sin embargo los mecanismos de odio y segregación siguen operando, y no sólo hacia el colectivo judío. Su análisis puede ayudarnos a comprender los complejos mecanismos de exclusión que operan hoy en día contra otros colectivos que, al igual que el judío, sufren los efectos de la discriminación, la persecución y el odio.

Bibliografía citada
1.Adorno Teodoro W. y Horkheimer Max, Dialéctica de la Ilustración; Fragmentos Filosóficos; Introducción y traducción de Juan José Sánchez, Editorial Trota, Madrid 1994, primera edición en Alemán 1947 en la editorial Querido de Ámsterdam y se reeditó en 1969
2.Arendt Hannah, Eichmann, en Jerusalén; Estudio sobre la Banalidad del Mal, traducción de Carlos Ribalta, Editorial Lumen, Barcelona 1999 (segunda edición) Publicado en Inglés en 1963
3. Sartre Jean -Paul, El existencialismo es un humanismo,  Ediciones Quinto Sol, México, 1999
4.__________, El ser y la nada; Ensayo de ontología fenomenológica; Traducción de Juan Valmar, primera edición en Francés 1943, Losada, Buenos Aires, 1966ss
5.__________,Reflexiones sobre la cuestión Judía, Traducción del francés por Juana Salabert, Seix Barral, Barcelona, 2005



[1] Para ahondar en esta manea de comprender el antisemitismo ver: T. W. Adorno y M. Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración; Fragmentos Filosóficos; Introducción y traducción de Juan José Sánchez, Editorial Trota, Madrid 1994, primera edición en Alemán 1947 en la editorial Querido de Ámsterdam y se reeditó en 1969. en particular el capítulo titulado Elementos del antisemitismo.
[2] J. P. Sartre, Reflexiones sobre la cuestión Judía, Traducción del francés por Juana Salabert, Seix Barral, Barcelona, 2005.

[3] “En abril de 1944, dos meses antes de que los aliados desembarcaran en Francia, todavía quedaban en el país doscientos cincuenta mil judíos, todos ellos sobrevivieron hasta el fin de la guerra. En realidad, resultó que los nazis carecían de personal y de fuerza de voluntad para seguir siendo « duros », cuando se enfrentaban con una oposición decidida.” H. Arendt, Eichmann, en Jerusalén; Estudio sobre la Banalidad del Mal, traducción de Carlos Ribalta, Editorial Lumen, Barcelona 1999 (segunda edición) Publicado en Inglés en 1963. p. 250
[4] A pesar de que ya todo había ocurrido, pasaron muchos años para que se pudiera comprender lo que había sucedido.
[5] J. P. Sartre, op. cit.  p. 68
[6] J. P. Sartre, El existencialismo es un humanismo,  Ediciones Quinto Sol, México, 1999. p.40
[7] J.P. Sartre, El ser y la nada; Ensayo de ontología fenomenológica; Traducción de Juan Valmar, primera edición en Francés 1943, Losada, Buenos Aires, 1966. p.93
[8] J.P. Sartre, Reflexiones sobre la cuestión Judía, op. cit. p. 101
[9] J. P. Sartre, El existencialismo es un humanismo, op. cit. pp. 34-5
[10] J.P. Sartre, Reflexiones sobre la cuestión Judía, op. cit. p. 151
[11] Ibid, p. 9
[12] Ibid, p. 159
[13] Ibid. p.58
[14] Ibid. p.75
[15] Ibid. p.102

[16] Ibid. p.120
[17] Ibid. p.155
[18] Ibid. p.167
[19] Ibid. p.152
[20] Ibid. p.162
[21] Ibid. p.131

Publicado como Cuaderno de Investigación número 3 del Centro de Documentación e Investigación de la comunidad Ashkenazi de México.

martes, 24 de enero de 2012

LA SALVACIÓN ETERNA EN CÓMODAS MENSUALIDADES: LAS ILUSIONES RELIGIOSAS Y LA RAZÓN INSTRUMENTAL

El título que elegimos para esta breve reflexión hace alusión a un fenómeno muy actual, el de la comercialización de las expectativas de salvación como un negocio muy redituable. En los canales de radio y televisión, así como en las páginas de Internet, se reproducen estos contenidos administrándolos de acuerdo a una lógica de mercado y convirtiéndolos en mercancías que producen grandes utilidades. Los predicadores aparecen como actores promocionando sus iglesias, lectores del Tarot nos adivinan nuestra suerte desde la pantalla chica, los horóscopos son proporcionados por medio del teléfono celular, en Internet podemos participar de todo tipo de rituales y no faltan los anuncios de artículos de fe como medallas, estampillas, figurillas, entre otras gama de objetos.
            Desde la antigüedad existe una explotación económica de la búsqueda de trascendencia, la innovación radica en la manera en la que funciona la comercialización ya que se realiza de acuerdo a la mercadotecnia utilizando los canales de la reproductibilidad técnica. A esto debemos agregar que nos encontramos en una cultura post ilustrada que se sustenta, aparentemente, en una racionalidad desligada de los elementos religiosos.
            La proliferación masiva de la comercialización de las expectativas de salvación religiosa es entendida por muchos como un fracaso de la razón y un resurgimiento del “oscurantismo”; se sostiene que al parecer el pensamiento moderno no consiguió dar respuestas a las preguntas existenciales fundamentales, por lo que las personas recurren a explicaciones no racionales facilitando la mercantilización  de la salvación eterna. Nuestra propuesta transita en otra dirección, sostenemos que este fenómeno es más bien un desarrollo relativamente nuevo, motivado por la forma en la que opera la razón instrumental en el capitalismo avanzado. Para aclarar esto explicaremos brevemente a que nos referimos con razón instrumental.
Recuperemos la investigación que realizan Teodoro Adorno y Max Horkheimer en el año de 1942, durante su exilio en los Estados Unidos, en un texto que se publicó con el título Dialéctica de la Ilustración[1], en él  se abocaron a un estudio del desarrollo de la razón en occidente. En el libro interpretan el mito de  las sirenas que aparece en la Odisea de Homero; donde se describe una isla en la que habitan estas criaturas y donde todo aquel que escuche su canto se verá atraído por él y morirá paralizado ante su encanto. Ante el peligro de ser atrapado por el seductor canto de las sirenas y morir, Odiseo se hace atar al mástil del barco y tapa los oídos de los remeros con cera; al pasar junto a la isla, las ataduras le impiden acceder a la tentación, mientras que los marineros, al no poder escuchar, continúan sin detenerse.
Este mito da cuenta de cómo el saber es un privilegio del señor y es vedado a los que lo sirven. Odiseo quiere escuchar el canto de las sirenas, quiere constatar la verdad del relato y además quiere vencer a la naturaleza y al destino, a los remeros no les es permitido el conocimiento, sus oídos se tapan y tendrán que conformarse con el relato del señor.  El mito de Odiseo y las Sirenas expresa la diferenciación en la instrumentación del conocimiento. El señor (Odiseo) se enfrenta a la naturaleza (el canto de las sirenas), a sus propios deseos e impulsos por medio de la razón utilizando su astucia, calculando los riesgos, y ejerciendo su poder; se ata al mástil, hace de su pensamiento un mecanismo de represión y control para dominar las pulsiones. Para emanciparse se sujeta, para dominar se somete. Ésta es la dialéctica de la razón instrumental que, para evitar someterse al deseo, utiliza mecanismos de represión. El pensamiento se encadena a sí mismo para no entregarse a los impulsos naturales.
            Desde su origen la razón fue empleada por el hombre para dominar la naturaleza, pero al mismo tiempo la utilizó para dominar a su prójimo, el control de la sexualidad vino acompañado de la explotación de los demás. Conforme se fue desarrollando la cultura y se fueron sofisticando los instrumentos para dominar la naturaleza se fueron afinando también los mecanismos de explotación.  Es por esta razón que en la Ilustración, la economía capitalista desarrolla la razón instrumental, a esto se refieren Adorno y Horkheimer cuando afirman que:

Con la expansión de la economía mercantil burguesa, el oscuro horizonte del mito es iluminado por el sol de la razón calculadora, bajo cuyos gélidos rayos maduran las semillas de la nueva barbarie. Bajo la coacción del dominio el trabajo humano ha conducido desde siempre lejos del mito, en cuyo círculo fatal volvió a caer siempre de nuevo bajo el dominio.[2] 

            La razón instrumental en la sociedad moderna contiene los dos elementos de los que da cuenta el mito homérico, por un lado es desarrollada por el sujeto para dominar la naturaleza, pero al mismo tiempo se despliega sobre los demás miembros de la comunidad y busca su dominación con las mismas estrategias. Los elementos que la conforman como capacidad de ordenar, clasificar, calcular, distribuir y manipular le permiten al que la emplea superar los miedos e instrumentar los mecanismos para dominar a la naturaleza, pero también le facilitan el dominio y sujeción de los demás clasificándolos como lo hace con la naturaleza. Así es como lo explica Horkheimer: “Ahora que hemos aprendido, gracias a la ciencia, a superar el miedo ante lo desconocido en la naturaleza, somos los esclavos de coacciones sociales que hemos creado nosotros mismos.”[3]
            Para que la población consuma mercancías de todo tipo en esta economía de mercado la oferta se construye a partir de los deseos e ilusiones de los consumidores, en el objeto se depositan expectativas que van más allá de lo que el producto puede proporcionar, unos pantalones de marca nos ofrecen lucir tan atractivos como el modelo que los porta en el anuncio,  un reloj nos convierte en millonarios y una computadora nos hace genios. La fantasía le agrega un valor material a la mercancía.
            Freud en su libro El porvenir de una Ilusión comenta: “Por lo tanto, llamamos ilusión a una creencia cuando en su motivación esfuerza sobre todo el cumplimiento de deseo; y en eso prescindimos de su nexo con la realidad efectiva, tal como la ilusión misma renuncia a sus testimonios.” [4] Dicho en otras palabras, lo que el psicoanálisis nos enseña es que el deseo, cuando no obtiene su satisfacción en una realidad concreta, crea una ilusión que llega a suplantar esta realidad. En el caso de las mercancías, realmente creemos que al subirnos al auto nuevo seremos tan felices como se ve en promoción que nos incitó a su compra.  
            Las promesas religiosas operan de la misma manera, deseamos creer que las palabras del astrólogo se materializarán, lo mismo que la “limpia” del santero o la bendición de la estampilla. El imaginario metafísico no es diferente de aquel que opera para el consumo de otras mercancías o de las consignas políticas; todos están organizados a partir de la utilización calculada de los deseos insatisfechos que explota el mercado.
            La proliferación de una oferta de productos y servicios que satisfagan las expectativas de salvación religiosa debe entenderse como un aspecto más de una economía que ha encontrado en los deseos insatisfechos su motor de crecimiento. Al sentarnos frente al televisor o la computadora,  al recibir la información por el teléfono o en el cine, participamos de una nueva forma de culto donde aquello que adoramos es una ilusión. Las sirenas parecen haber triunfado sobre señores y siervos, todos por igual pasamos nuestros días atrapados por las imágenes y los sonidos que salen de una  pantalla; ésta se ha convertido en la ventana en la que se proyectan nuestras ilusiones y se manipulan nuestros deseos. No tan fácil habremos de sucumbir a su encanto porque a final de cuentas al apagar la pantalla volvemos a encontrarnos con la fría imagen de un cristal que lo único que nos proyecta es la verdad de la promesa incumplida.

Publicado en la revista Enlaces;Psicoanálisis y Cultura, Año 13, Número 17, oct.-nov. de 2011 Buenos Aires, pp.179-181


[1] T. W. Adorno y M. Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración; Fragmentos Filosóficos; Introducción y traducción de Juan José Sánchez, Editorial Trota, Madrid 1994, primera edición en Alemán 1947 en la editorial Querido de Ámsterdam y se reeditó en 1969
[2] Adorno y Horkheimer, op. cit, p.85
[3] Horkheimer, Crítica de la Razón Instrumenta, Presentación de Juan José Sánchez, Traducción de Jacobo Muñoz, Trotta, Madrid, 2002, p. 187
[4] Freud Sigmund, El Porvenir de una Ilusión, en Obras Completas, vol. XXI, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2004. p.31

martes, 3 de enero de 2012

Homenaje a Jorge Semprún por Reyes Mate

1. Jorge Semprún es un personaje singular: exiliado en su juventud por razones políticas, resistente en Francia, deportado a Büchenwald, superviviente de un campo, combatiente antifranquista en la clandestinidad, escritor, guionista de éxito, ministro del gobierno español...Hay que decir que con la mitad de esto los franceses han hecho de André Malraux un mito nacional
            2. Son muchos los perfiles que ofrece un personaje tan singular. Yo me voy a fijar en uno que tiene que ver con su inquietud filosófica, una inquietud que se ha trasladado a algunos ensayos, tales como  Mal et  Modernité o Se taire est imposible o sus Conferencias Aranguren  pero que sobretodo impregna su literatura. Si la escritura de Semprún se hace de repente tan densa y profunda es porque asoman en ellas las preocupaciones filosóficas del resistente que fue detenido llevando en  su mochila un ejemplar de la Crítica de la Razón Práctica de Kant.
            3. Fueron precisamente las lecturas de Kant sobre el mal las que le llevaron a interpretar el nazismo como el mal absoluto.
            El epicentro de ese mal le veía él en el tratamiento nazi de la muerte. Lo que se producía en esos lugares en cuya puerta de entrada figuraba el moto "el trabajo os hará libres", era la muerte. El nazismo era una inmensa " "fabrica de cadáveres", decía Arendt,  pero Semprún quería decir algo más.
 Lo específico, según Semprún,  de esa "fabricación de cadáveres" no era la eficacia en la producción de muertos, sino la imposibilidad del morir. Muerte, sí; morir, no. Propio del morir es entender la muerte como una posibilidad de la vida. Rilke habla del morir como la maduración "de la gran muerte que llevaos dentro", es decir, como la culminación de la vida.
Eso es lo que no podían tolerar los nazis. Quería que para los deportados la muerte fuera una necesidad. La vida no podía ser vivida como un proyecto que culmina en la muerte, sino tan sólo como la antesala de la muerte. La muerte no podía ser para el prisionero una posibilidad sino un destino marcado no por los dioses sino por ellos, los nazis.
Si el mal absoluto consistía en reducir la vida de los demás a un destino que niega al otro la vida y el morir, no es difícil concluir que el momento de la muerte era un lugar de combate: un tiempo y un lugar en el que había que librar la gran batalla contra el nazismo. Y Semprún, que siempre dió la cara, también acudió a esta cita, proclamando, en primer lugar la libertad del morir. Mueren en el Lager porque han decidido vivir libremente. Por eso se enfurece contra quienes, desde la lejanía, afirmaban, “como ese cabronazo de Wittgenstein (que) ‘la muerte no es un acontecimiento de la vida” (209).  Ellos son la prueba viviente de que se hay una relación entre la muerte impuesta y la libertad de vivir.
Pero a Semprún no le basta la aclaración teórica dirigida a filósofos como Witggenstein.  El quiere dejar bien claro que cada muerte en el Lager es un acto libre, por eso habla tanto de  la fraternidad del morir. La "muerte fraterna" es una obsesión de Semprún, una expresión extraña  porque nada hay tan propio e inalienable como la muerte. Se muere solo. Semprún lo sabe  pero la experiencia del campo le ha enseñado demasiado bien  la complicidad entre vida y muerte. El título de su novela Viviré con tu nombre, morirás con el mío, es bien elocuente o la historia de Juan Larrea, en La Montaña blanca, que “se suicidó, muerto en mi lugar".
El sentido fraterno de la muerte es lo que le lleva a la cabecera de los que están muriendo  "como si el débil estertor de un moribundo fuera la patria a la que no pudiera escapar". Necesita acompañar a los agonizantes en esa batalla decisiva para decirles que no mueren porque Hitler les haya condenado sino porque han elegido libremente la vida y el morir. Acude a la cabecera de los moribundos para arrebatar la muerte al nazi, susurrando al moribundo que “todos nosotros, que íbamos a morir, habíamos escogido la fraternidad de esta muerte por amor a la libertad”.
 Este gesto fraterno , supremo, lo encontramos en el relato de la muerte en sus brazos de su maestro Maurice Halbwachs, el autor de extraordinarias investigaciones sobre la memoria, y en la agonía del bravo Diego Morales, un joven combatiente republicano que había pasado por Auschwitz. En uno y otro caso echa mano de la poesía, de Beaudelaire o de César Vallejo,  para acompañar al moribundo Al fin la batalla/y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre/y le dijo: “¡no mueras, te amo tanto!”/pero el cadáver, ay, siguió muriendo...”. César Vallejo.
4. Ese apunte por la vida, por la libertad no era sólo asunto intrapersonal sino también político, por eso en su testamento espiritual, el texto leído en su última visita a Büchenwald, invita a esta Europa, a punto de zozobrar, que vuelva al lugar en el que nació, que sea fiel a sus raíces, el Lager.
Sobre Europa se ha pensado y escrito  mucho. También lo ha hecho la filosofía.  Kant, por ejemplo, propuso la utopía de una federación de pueblos. Pero no ha sido la utopía sino la memoria de los desastres pasados lo que ha desencadenado el proceso de unión europea.  Por eso nos insta Semprún a visitar Büchenwald "para meditar sobre el origen de Europa y sus valores".
            Es un aviso que se agradece. Si Europa zozobra no es sólo por el despilfarro que se supone a los Südländer, a la gente del sur, sino porque afloran los viejos demonios, los nacionalismos, como se encargaba de recordar el excanciller alemán Helmut Schmidt. La querencia a los intereses nacionales sólo se neutraliza desde la memoria de la barbarie que simbolizan los KZ, los campos de concentración y de exterminio.
            5. El peligro de la filosofía es sustraer los conceptos a sus significaciones históricas, jugando con ellos como si tuvieran un origen virginal. En ese error no cae Semprún. Llama "cabronazo" a Wittgenstein por quitar a la muerte ese momento de libertad sin el que la fraternidad del morir sería imposible;  denuncia  la impostura de ese Heidegger, filósofo,  para quien "el mundo espiritual de un pueblo" nada tiene que ver con cultura, valores o conocimientos, sino "con las fuerzas primarias de la raza y de la tierra"; abraza cálidamente a Patoska y saluda la vocación europeísta de Husserl. Semprún  lee la filosofía desde la experiencia de Büchenwald.
            Decía Thomas Mann que había que evitar leer cualquier libro editado con autorización de la censura nazi. Puede ser una exageración, pero tiene su aquel.  La vida en efecto discurre entre blancos y negros, con muchos grises. Pero el sufrimiento de la humanidad está pintado, como diría Primo Levi, en tecnicolor, para concentrar la mirada. Semprún no rehuyó ese colorido. Le combatió, cuando pudo, y luego, como escritor, siempre le tuvo presente, fiel al dictum adorniano de que "dejar hablar al sufrimiento es la condición de toda verdad". Por eso Jorge Semprún es tan grande y por eso le rendimos homenaje.
Reyes Mate
20 diciembre del 2011

sábado, 24 de diciembre de 2011

"Estos ¿ no son hombres?" La pregunta de tiempos de peligro. Por Reyes Mate

1. A América fueron muchas Españas: la de los  aventureros, de los negociantes, de los militares, de los evangelizadores...Hubo una España, sin embargo, que no pudo ir: la que quedó arrumbada el 23 de marzo de ese 1492, fecha del decreto de la expulsión de los judíos. Entre las Españas que iban en busca de lo desconocido, no iba la España política que fue capaz de convivir con el diferente.
            Pero no faltaron españoles que iban con los ojos bien abiertos, como esa comunidad de dominicos que en 1510 salió del Monasterio de Santo Tomás de Avila, con Pedro de Córdova al frente. Eran cuatro, entre ellos Antón Montesino, a los que pronto se sumaron otros provenientes del Convento de San Esteban de Salamanca, hasta completar una comunidad de quince frailes, el número autorizado por la Corona.
            Historiadores, como Miguel Angel Medina o Pedro Tomé, han llamado la atención sobre un  detalle singular: viajaban con libros, algo excepcional porque los libros debían quedar en los conventos para uso de todos, pero justificable en este caso porque había mucho que estudiar en el nuevo destino. El saber de la época estaba muy circunscrito al Orbis Catholicus. Ahora, sin embargo, había que interpretar el derecho, la antropología, la ciencia y la teología teniendo en cuenta a nuevos actores que no eran de las razas conocidas, que  no habían oído hablar del evangelio y que se ubicaban allende los finisterrae ya cartografiados. Había que ir con libros y cuando estos corrían peligro de naufragio, como ocurrió en Campeche a la expedición de Las Casas con 46 dominicos de San Esteban en 1544, los frailes ponían tanto empeño en salvar a los hombres como a los libros.
            Durante todo un año observan en la calle, estudian en los libros y rezan en sus oficios, llegando a la conclusión de que había que hablar. Fieles a su lema -"contemplata aliis tradere"- tenían que pasar de la meditación a la denuncia, del conocimiento a la palabra. Encargan entonces a su mejor predicador, Montesino, "que era aspérrimo en reprender vicios",  que tome la palabra y diga lo que todos piensan. Y así lo hace. Ante las autoridades del reino Montesino denuncia la violencia de los conquistadores y plantea una pregunta de consecuencias incalculables: éstos “¿ no son hombres?”.
            Hoy la pregunta - ¿acaso no son hombres como nosotros?- nos puede resultar ociosa o retórica, pero entonces no lo era. El español venía de una sociedad fuertemente jerarquizada: arriba el "cristiano viejo" y abajo esos seres inferiores que figuren es una esquina de las Meninas (la María Bárbola, el Nicolasillo Pertusato)  y, en medio esos despreciados "mudéjares" que comían carne de pollo y verduras, hortalizas y frutas, cosas de poco alimento. Como dice Jiménez Lozano, los conquistadores proyectaron sobre los indios la misma mirada que en España tenían sobre los seres inferiores. El eclesiástico de formación aristotélica vio en ellos al "esclavo", un ser privado del alma racional; el hidalgo los vio como casta vil y despreciable; el señor, como bufones o sabandijas o siervos; el soldado, como enemigos; los mercaderes, como mercancía.
            Sólo estos frailes vieron en ellos hombres como nosotros. Un escándalo y una novedad ya que dominaba la idea de que los indios no eran personas. "Sólo un fraile dominico siente lo contrario", decía un cronista que aún no se había enterado del carácter coral de la voz de Montesino.  Si este incidente ha pasado a ser un acontecimiento ha sido gracias al testimonio de Bartolomé de Las Casas. Hasta él, a la sazón un cura encomendero, llegó la noticia de la pregunta, una pregunta que le transformó hasta el punto de que toda su larga y azarosa vida no fue más que una interminable meditación sobre su sentido.
2. Desde la ilustración asociamos "el proyecto hombre", esto es, el ser humanos y no animales a tres preguntas: ¿qué debemos hacer? ¿qué podemos conocer? ¿qué nos cabe esperar?. Conquistaremos la dignidad de ser humano si somos capaces de dar una respuesta razonable, desde nosotros mismos, a esas preguntas.
La pregunta de Montesinos es de otro calibre. Es la pregunta que la  humanidad se la plantea en momentos de peligro, cuando la amenaza no se refiere sólo al despliegue del proyecto humano, sino a su posibilidad. Es una pregunta que viene de lejos y no ha cesado de resonar.
Resonó, por ejemplo, con fuerza el siglo pasado en los campos de exterminio. Con esa misma pregunta Primo Levi da título al testimonio de su experiencia en Auschwitz. El libro se llama "Si esto es un hombre". Nos pregunta si esos deportados torturados, humillados y expulsados por los nazis de la condición humana, no son acaso hombres.
Pero también se hizo antes. Nos la hizo el "servidor doliente" de Isaías, ese ser cuyo rostro  "tan desfigurado estaba que no parecía ser de hombre (52.13). Ese también nos preguntaba si, pese a carecer "de hermosura que atraiga las miradas", es un hombre digno de ese nombre. La Biblia avanza dos respuestas: la del hombre que le condena porque tiene lo que se merece, como dirían los amigos de Job, convencidos de que "nunca sufrió el inocente", como si el sufrimiento fuera la consecuencia de la culpa; la de Yahvé que ve en el sufrimiento del servidor humillado el resultado de su vocación compasiva, concediendo al sufrimiento del otro humillado una indiscutible y misteriosa autoridad moral.
Un filósofo francés, Jean Luc Nancy, emparenta estas preguntas con el Ecce Homo de los evangelios y habla de la ecceitas como substancia de una ética a la altura de los tiempos. Pilatos  pregunta a los que acusan a Jesús de sedición si con esa pinta el predicador galileo puede ser un peligro. Pero más allá de la intención de Pilatos, el Ecce Homo es la figura histórica que no sólo pregunta por la humanidad del otro humillado, sino también y al mismo tiempo por la nuestra, la de los que miran.
En la pregunta de Montesinos, de Isaías, de Levi o la de Pilatos no sólo está en juego la humanidad del otro, sino la del que responde. Están en juego las cadenas del otro, pero también las nuestras, hasta el punto de que sólo liberando al otro, nosotros alcanzaremos la libertad. Por eso es una pregunta epocal, porque inaugura la ética de la alteridad.

3. Hay otro aspecto que quisiera señalar. Le podríamos llamar el gesto intelectual de Las Casas.
La pregunta de Montesinos tuvo cola porque introdujo la duda sobre la legitimidad de la conquista y eso era palabras mayores. La vemos rebrotar, cuarenta años después, en la Controversia de Valladolid de 1550. Carlos V toma la sorprendente y osada decisión -sorprendente y única en la historia de los pueblos- de someter a debate público los títulos de la conquista. Los protagonistas son Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas, dos primeras espadas: un moderno, Sepúlveda, que defiende la conquista y un teólogo de formación medieval, pero al tanto de la Escuela de Salamanca,  que está en contra.
Uno y otro recurren a los saberes de su tiempo -Aristóteles, Salamanca- para dilucidar si la autoridad papal es competente en el asunto, si la potestas del emperador alcanza tierras tan lejanas, si los indios son racionales, si son sujetos de derechos, si hay seres humanos nacidos para obedecer y otros para mandar...
En esa Controversia Bartolomé de Las Casas se encuentra con un pie forzado: brilla con fuerza en el conocimiento de los hechos y por sus sentimientos compasivos, pero los saberes de su tiempo no siempre están de su lado.
Su contrincante, Ginés de Sepúlveda,  cuenta con notables cómplices académicos - empezando por Aristóteles, la autoridad indiscutible- que no sólo distinguen entre seres inferiores y superiores, sino que asocian la inferioridad natural con la inhumanidad. No les cuesta considerar a los indígenas como  seres inferiores que no poseen ninguna ciencia, que no conocen la escritura, que practican el canibalismo y hasta los sacrificios humanos. Este es un asunto mayor  porque era considerado,  hasta por el propio Vitoria, como una especie den crimen contra la humanidad[1]  que obligaba a la Iglesia  y también a los príncipes cristianos a intervenir para salvar a los inocentes. Si los indígenas practicaban sacrificios humanos, merecían ser herrados "con el hierro de nuestra marca", como pedía el Cardenal García de Loaysa, es decir, podían ser conquistados  y sometidos violentamente  a la Corona española.
            Las Casas lo tiene difícil pues, por un lado está  el saber académico de la época que antes él ha invocado y que ahora da la razón a su adversario; por otro, su experiencia in situ que le dice que la presencia de los españoles es un desastre. La situación del indio ya es insostenible pero si se llega a legitimar ese estado de cosas, la catástrofe está asegurada.  Ese es el dilema en que se encuentra: o seguir la ciencia y hacer daño; o defender al indio y olvidarse de la razón.
              ¿Qué hacer?.  Las Casas se enfrenta al dilema con gesto intelectual de gran altura. Un "gesto intelectual" es algo más que un argumento;  es una toma de posición, desde el saber y desde la experiencia, que compromete a uno totalmente. Las Casas lo tiene claro: lo primero es la experiencia de la injusticia y si los saberes establecidos proponen interpretaciones de los hechos que en vez de solucionar la injusticia la agravan, habrá que "mandar a Aristóteles a paseo", es decir, habría que declarar irracional a la racionalidad canónica[2]. "Quien desee tener muchos súbditos", añade, "para (siguiendo la doctrina de Aristóteles) comportarse con ellos como cruel carnicero y oprimirlos con esclavitud y así enriquecerse, es un tirano... un bandolero". No hay razón que valga. La verdad no puede ser injusta, al contrario, tiene que hacernos libres.           Con su gesto Las Casas propone un giro epistémico de una enorme actualidad. Si hubo un tiempo en el que podíamos pensar que la verdad está más allá del tiempo y del espacio, hoy sabemos que no, que hay que tener en cuenta el tiempo y el espacio. Y como "lo que hay de tiempo en la vida es el sufrimiento" (Adorno), "dejar hablar al sufrimiento es la condición de toda verdad".  Esa es la gran verdad de nuestro tiempo, una verdad que se anunció madrugadoramente en los acontecimientos de hace cinco siglos que hoy conmemoramos en Madrid.
            En una sociedad como la nuestra, que tanto echa de menos la voz libre de los intelectuales, nos conmueve este grupo de frailes que osaron enfrentarse al poder de un imperio en nombre de los sin-nombre. Es una razón de orgullo para la Orden de Predicadores que tanto se implicó en la defensa de la verdad pagando un duro precio por esa libertad de juicio. El asesinato de Antón Montesino en Venezuela, a manos de sicarios de unos banqueros alemanes, molestos con las denuncias del insobornable fraile, da fe de lo que quiero decir. También para España es razón de orgullo. La conquista violenta de América nubló el juicio de la mayoría de teólogos,  filósofos, militares, políticos y gente de a pie. Iban a lo suyo. Por eso reconcilia con la humanidad del hombre la historia de quienes, como la comunidad de Pedro de Córdova,  supieron distinguir con tanta claridad el valor del precio.


Reyes Mate
En Casa de América el día 21 de diciembre del 2011, fecha del Quinto Centenario del famoso sermón.


[1] Citado por G. Gutiérrez(2003) En busca de los pobres de Jesucristo. El pensamiento de Bartolomé de Las Casas, Cep, Peru, 249
[2]   "Quien desee tener muchos súbditos para (siguiendo la doctrina de Aristóteles) comportarse con ellos como cruel carnicero y oprimirlos con esclavitud y así enriquecerse, es un tirano, no un cristiano; un hijo de Satanás, no un hijo de Dios; un bandolero, no un pastor; inspirado por el espíritu diabólico, no por el espíritu celeste"; Las Casas, 1975,  Apología, 134

sábado, 29 de octubre de 2011

Exclusión y violencia en la configuración de los imaginarios mexicanos

Gracias a los organizadores de este Congreso, en particular a Marco Antonio Jiménez por la invitación a  participar en esta mesa.
            Lo que a continuación presentaremos es parte de una investigación más amplia que venimos desarrollando desde hace varios años en el marco de un seminario que tiene como título: Prácticas de inclusión exclusión en la configuración de los imaginarios mexicanos. Por economía de tiempo nos limitaremos a exponer uno de los aspectos que se están trabajando y que de alguna manera se relaciona con la temática general de esta mesa; analizaremos el papel que jugó el muralismo mexicano como mecanismo configurador de la identidad nacional y la violencia que acompañó este momento de la historia mexicana. Tres personajes centrales de la historiografía oficial serán parte de este breve relato; nos referimos al promotor del muralismo; José Vasconcelos y a dos de las figuras más importantes de este movimiento: a Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros.
            Antes de dar inicio a la presentación de los datos históricos y de su interpretación, nos parece conveniente dedicarle un espacio a la exposición del marco teórico.
1. Imaginarios nacionales
El concepto de imaginario generalmente se asocia con lo fantasioso, ilusorio y distante de la realidad; no es éste el sentido empleado aquí, nos referimos a él como un componente inteligible de la realidad que podemos encontrar en diversas formas de representación, y que es fundamental para la construcción de la vida social. El término hace referencia a productos de la imaginación colectiva que se aceptan como entidades reales.
            En el caso de los imaginarios nacionales lo que se busca es crear la ilusión de una pertenencia a un mismo proyecto que tiene un origen común y se orienta a un destino compartido. Esta clase de imaginarios se apoyan en la reconstrucción de un pasado que hace sentir los individuos que son miembro de una gran familia; como medios de identificación se recurre a símbolos como la bandera, el himno nacional, los próceres de la patria, o a la selección nacional de futbol.
            Esta operación requiere de un elemento amalgamador de identificación y de exclusión. Para lograr que un individuo de Toluca pueda sentir que un Yucateco o un Norteño son su sangre y  que  otros de Guatemala o Costa Rica son extraños, se requiere de todo un sistema de ingeniería social y sicológica; es decir de configuración de imaginarios. Entremos a la historia.
2. La historiografía oficial
En esta ocasión hablaremos del período posrevolucionario que va del fin de la lucha armada  a la Segunda Guerra Mundial.          En esta etapa los debates ideológicos y las luchas por el poder se acompañan de una violencia extrema, sin embargo, la historiografía oficial  va reconstruyendo lo sucedido, “maquillando” los conflictos y haciéndonos creer que el interés por el proyecto de nación terminó imponiéndose  por encima de las divergencias ideológicas.
            En ese sentido se busca salvar a cada uno de los personajes del relato. Nos los presentan como un ejemplo de aquellos que pusieron al lado sus creencias particulares y sus posturas ideológicas para pintarle un rostro al mexicano; en grandes murales diseñados para un pueblo mayoritariamente analfabeta. Lo que a continuación presentaremos es una breve revisión a contrapelo de esta fábula.
3. Vasconcelos el nazi
Comenzaremos con Vasconcelos; fue rector de la Universidad Nacional de México y poco tiempo después Secretario de Educación Pública. Desde joven sus ideas racistas, pro hispanas y profundamente católicas, estuvieron presentes; es falso afirmar que tuvo una transformación después de la derrota en su lucha por la presidencia en 1929.  A continuación tan sólo unos ejemplos, en 1920 en su discurso, cuando asumió la rectoría, definió así el papel de la Universidad Nacional: Seamos los iniciadores de una cruzada de educación pública, los inspiradores de un entusiasmo cultural semejante al fervor que ayer ponía nuestra raza en las empresas de la religión y la conquista”[1] y más adelante continúa diciendo: “esto que teóricamente parece muy sencillo es, sin embargo, una de las más difíciles empresas, una empresa que requiere verdadero fervor apostólico.  ”[2] O su propuesta sobre la Raza Cósmica, que en la historiografía oficial se nos presenta como la de un mestizaje antiracista, pero que en realidad es una propuesta de blanquear a las razas inferiores a partir de una selección estética y clasista; al respecto escribe:
“Donde manda la pasión iluminada no es menester ningún correctivo.  Los muy feos no procrearán, ¿Qué importa entonces que todas las razas se mezclen si la fealdad no encontrará cuna? La pobreza, la educación defectuosa, la escasez de tipos bellos, la miseria que vuelve a la gente fea, todas estas calamidades desaparecerán del estado social futuro.  Se verá entonces repugnante, parecerá un crimen el hecho hoy cotidiano de que una pareja mediocre se ufane de haber multiplicado miseria.”[3]

Y para que no quede duda alguna de lo que se refiere agrega: “Los tipos bajos de la especie serán absorbidos por el tipo superior.  De esta suerte podría redimirse, por ejemplo, el negro, y poco a poco, por extinción voluntaria, las estirpes más feas irán cediendo el paso a las más hermosas.”[4]
En este sentido no es extraño que el 1940 editara una revista con financiamiento directo de los nazis como herramienta de propaganda la cual se llamó El Timón y editó 17 números. Podríamos seguir presentando ejemplos de su apoyo a los sinarquistas, de su prólogo al libro de Borrego donde niega el Holocausto, de sus posturas antiindigenistas o antisajonas, pero el tiempo no nos lo permite. Lo que nos debe quedar claro es que el verdadero formato del lema de la UNAM debería ser ¡Por mi raza blanca e hispana hablará el espíritu santo!
4. Diego Rivera el Criptojudío
El siguiente personaje, cuya biografía se ha reconstruido a conveniencia del relato oficial es Diego Rivera; sobre él también podríamos hablar mucho pero el tiempo no nos lo permite así que tan sólo destacaremos una faceta de su vida que se conoce poco, el de su identificación con los judíos.
            Alicia Gojman en un ensayo[5], nos presenta esta faceta de Diego Rivera, nos comenta que al asistir a una reunión de la comunidad judía contra el fascismo dijo lo siguiente: No he venido aquí como un extraño, sino como uno de ustedes, porque pertenezco a ustedes.[6] En una entrevista que le hacen para una revista judía en esos mismos años le responde a la entrevistadora: Seguramente tengo en mis venas sangre judía. Una de mis antepasadas y no muy lejana de nuestra época fue una “Acosta”. No cabe duda que pertenezco por eso a la gran familia sefaradita ibero-holandesa, cuyo nombre se inmortalizó con el célebre Uriel.[7]
            Recordemos que se conocen como criptojudíos o marranos a los que profesaban públicamente la fe católica pero en secreto cumplían con algunos rituales judío; estos fueron perseguidos tanto en España como en la Nueva España por la inquisición. Esta extraña afirmación de Rivera, donde se identifica con estos perseguidos, puede entenderse según Gojman[8], a partir de su relación con los judíos europeos de izquierda que llegaban a México escapando del fascismo, por otro lado su relación con Trotsky también fue determinante. Como es sabido, abogó para que Cárdenas lo recibiera en México y lo hospedó una temporada en su casa. Este sentir de Rivera quedó plasmado en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central que pintó en 1947 y donde el martirio de un cripto- judío da inicio a su relato.
5. David Alfaro Siqueiros el Asesino
Con respecto al otro gran muralista, David Alfaro Siqueiros, lo que la historiografía oficial busca siempre dejar en un segundo plano es su participación en los planes para asesinar a Trotsky por instrucciones de Stalin como parte de su obediencia acrítica al totalitarismo soviético. Si bien es cierto que su intervención no llevó a la muerte del disidente, fue parte de todo el operativo que llevaría a su asesinato tres meses después. En sus memorias confiesa: Nunca negué y no niego ahora que mi participación en el asalto a la casa de Trotsky el día 24 de mayo de 1940, objetivamente, conforme a la ley imperante, constituyó un delito […].[9]
6. Peinando a contra pelo
Lo que nos presenta esta breve descripción de los personajes es todo lo que los murales ocultan, que el que los promovió y financió fue un racista, antisemita, con ideas católicas radicales, admirador de Franco, Hitler y Mussolini, que uno de los muralistas fue un Estalinista dogmático que a final de cuentas estuvo dispuesto a cometer un asesinato y que el otro se sentía identificado con aquellos disidentes que huían de los nacionalismos y de las ideologías excluyentes.
7. Las relaciones entre ellos
Para darle fuerza al argumento es interesante recuperar algunos momentos estelares de las relaciones de estos tres personajes y de esta manera disipar cualquier duda sobre una supuesta similitud de posturas.      Al inicio de la relación, nos referimos a principios de los años veinte, parecía haber un acuerdo entre el político y los pintores, es así como lo define el propio Siqueiros: En esa época de la transformación de nuestro pensamiento estético pudimos […], conseguir un Médicis para la protección económica de nuestra tarea y ese Médicis se llamó José Vasconcelos. Hombre de gran frondosidad dinámica mental y física, se comprometió a sostener nuestros primeros ensayos en su carácter de Secretario de Educación Pública. [10]
            También Diego Rivera en 1923 se expresó  positivamente del político, al hablar del arte que se esta haciendo, y como respuesta a una crítica dijo que: “el hecho fue solamente gracias al apoyo de ciertos revolucionarios de ayer, hoy en el poder (el primero en obrar fue Vasconcelos, sirviéndose de su autoridad de ministro Educación Pública), los pintores tuvieron ocasión de trabajar y trabajaron en forma que no habían hecho antes.[11]
            Al poco tiempo comenzaron los conflictos, los pintores se agruparon en un sindicato y comenzaron a presionar a Vasconcelos el cual se burlaba de ellos y de sus ideas; en sus memorias escribió lo siguiente:
“…. Y eso que me divertí con ellos cuando organizaron su sindicato, [^]
   Así es que cuando se me presentaron sindicalizados, precisamente los que no hacían labor, divertido sonriendo, les contesté:
   - Muy bien; no trato ni con sindicatos, ni con ustedes; en lo personal, prefiero aceptar a todos la renuncia; emplearemos el dinero que se ha estado gastado en sus murales, en maestros de escuela primaria. El arte es un lujo, no necesidad proletaria; lujo que sacrifico a los proletarios del profesorado.
   La cara que pusieron fue divertida. Se retiraron confusos. Sin embargo contaban con mi amistad y no tuvieron que arrepentirse. Al salir le rogaron a alguno de los secretarios: Dígale al licenciado que no vaya a cesarnos; seguiremos trabajando como antes.[12]

            Pero las cosas se fueron volviendo cada vez más ríspidas entre los tres, a final de cuentas Vasconcelos descalificó al muralismo; escribió lo siguiente:
“Hasta hace poco se creía que las transformaciones económicas que en la actualidad están teniendo lugar en la sociedad, producirán un gran arte: proletario en Rusia, popular en México. Por falta de un espíritu religioso, estos movimientos permanecerán incompletos tanto social como artísticamente. En Rusia han caído en lo grotesco y en México en la abyección de cubrir muros con efigies criminales.” [13][se refería a los revolucionarios]


            Diego Rivera también rompió con Vasconcelos y le dedicó un rincón del mural de la SEP “en la serie baládica, entre los diseminadores de la falsa sabiduría; sentado, en señal de su teosofía y mal digerido misticismo oriental, en un pequeño elefante blanco”[14]. Raquel Tibol comenta al respecto que: En El desastre Vasconcelos explicó ese retrato simbólico en términos que seguramente no estaba lejos de la verdad:[y reproduce lo escrito] ‘cuando empezó a ladrar el callismo con lo que escribía desde mi destierro, el gran Diego Rivera me retrató en el patio posterior del edificio que había yo levantado con imposición infame, mojando la pluma en estiércol. 75
            Con respecto a la relación de Rivera con Siqueiros la misma Tibol comenta que: La controversia entre ambos artistas fue un enfrentamiento sin tapujos entre un trotskista y un stalinista, que habían comenzado a ubicarse en posiciones contrarias después de su coincidencia en Moscú en 1928, cuando Rivera simpatiza con la oposición de izquierdas. [15] Siqueiros acusó a Rivera de dilletanti, snob, turista mental, “Picasso en Azteclandia”, sumiso al gobierno, confusionista, oportunista sindical, demagogo, técnicamente retrasado y de pintor oficial de la nueva burguesía. [16] Rivera no se quedó atrás y acusó a Siqueiros de estalinista.
8. Conclusiones:

En este episodio de la historia mexicana en la que se pintaron los muros de su identidad se reconstruye la memoria en esta suerte de olvido ideológico. Lo que la mirada a contrapelo descubre detrás de estas monumentales obras pictóricas es la confrontación de diversas ideologías y de los personajes que las fomentaron.
            Podemos descubrir a un fascista con ideas racistas y de un catolicismo intransigente que contrató a un Estalinista que obedecía los dictados de Moscú y que se asoció temporalmente con un hombre que cuestionó las líneas principales del imaginario mexicano y que para expresar su distanciamiento se identificó con los exiliados judíos europeos a partir de la fabricación de otro imaginario; el de su supuesta sangre cripto-judía.
            La exclusión y la violencia fueron los ingredientes ocultos que acompañaron la creación de lo que hoy podemos admirar como la representación pictórica de la identidad mexicana. Para olvidar no hay nada más apropiado que inventarse una historia, en el caso que presentamos vemos cómo nos inventamos una imagen.  En ese sentido la afirmación que haría Walter Benjamin en sus tesis sobre la historia nos incluye, ahí escribe: No hay un solo documento de cultura que no sea a la vez de barbarie. Y si el documento no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión de unas manos a otras. Por eso el materialismo histórico toma sus distancias en la medida posible. Considera tarea suya cepillar la historia a contrapelo.[17]
¡Muchas gracias¡
Toluca, Edo. México a 27 de octubre de 2011

           


[1] J. Vasconcelos, Discursos 1920-1950, Ediciones Botas, México 1950, p.11
[2] Ibid. p.12
[3] J.Vasconcelos, La Raza Cósmica, México, Editorial Porrúa, 2001. p 26
[4] Ibid. 27
[5] A. Gojman, Diego Rivera y la comunidad judía de México, en Diego Rivera y la Inquisición; Un Puente en el Tiempo, CONACULTA, México, 2008,  p. 158
[6] A. Gojman, Diego Rivera y la comunidad judía de México, en Diego Rivera y la Inquisición; Un Puente en el Tiempo, CONACULTA, México, 2008,  p. 158
[7] Feibelman de, Teresa, Diego Rivera nos dijo, en: Tribuna Israelita; Órgano Mensual de la Béne Berith,  Año III, - No. 28 México, D.F. Marzo de 1947, pp. 8-10. p.8
 p.8
[8] Gojman, op. cit. p. 151
[9] David Alfaro Siqueiros, Me llamaban el Coronelazo (memorias), Grijalbo México 1977, 369
[10] Ibid, p.167
[11] Raquel Tibol, Diego Rivera luces y sombras, Lumen, México, 2007. p. 70
[12] D. W. Bertram, La fabulosa vida de Diego Rivera, Dirección General de Publicaciones y medios y Editorial Diana, México, 1972. p.143
[13] Ibid. p.176
[14] Ibidem.
[15] Siqueiros David Alfaro, “El camino contrarrevolucionario de Rivera”, en: Tibol Raquel: Palabras de Siqueiros; selección, prólogo y notas de Raquel Tibol, Fondo de Cultura Económica, México 1996. p.113
[16] Ibid. 115-120
[17] Benjamin Walter, Tesis sobre filosofía de la historia, en: Mate, Reyes. Medianoche en la historia. Comentarios a las Tesis de Walter Benjamin <>, Trotta, Madrid, 2006, p.130