miércoles, 24 de junio de 2009

Identidad, psicoanálisis y barbarie: Una lectura filosófica del Moisés de Freud

Conferencia presentada en la Asociación Psicoanálitica de México
Presentación
Como se señala en el título de esta reflexión: Identidad, psicoanálisis y barbarie: Una lectura filosófica del Moisés de Freud, nuestro objetivo es recoger algunos elementos que el fundador del psicoanálisis plasmó en su última obra: Moisés y la religión Monoteísta, buscar su actualización desde una perspectiva de análisis filosófica, y dejar sobre la mesa algunas preguntas sobre la relación del saber y su complicidad con la barbarie.
En la primera parte trataremos lo relativo al trabajo de Freud en el contexto histórico que le tocó enfrentar en los últimos años de su vida. En este espacio revisaremos el tema de la identidad, el nacionalismo y las conclusiones a las que llegó antes de su muerte. En la segunda parte presentaremos lo que algunos filósofos que recogieron las propuestas del psicoanálisis entienden por razón instrumental y cómo la relacionan con las nuevas manifestaciones de la barbarie, para pensar juntos como abordar este reto desde dos saberes que nos convocan; el filosófico y el psicoanalítico.

1. Primera precisión
Antes de abordar el tema central de esta mesa es importante hacer una aclaración. El psicoanálisis puede abordarse desde dos perspectivas: la primera desde su especificidad terapéutica donde el psicoanalista se presenta como un profesionista que inscribe su práctica como médico. La segunda es más bien la de una teoría sobre el ser del hombre y la cultura, en este sentido el psicoanalista se entiende a sí mismo como pensador. Freud, al igual que muchos de los aquí presentes, pudo conjugar estas dos prácticas y también tuvo la capacidad de distinguirlas. Mi encuentro con la parte clínica se reduce a recibir las bondades del tratamiento, acompañadas del esmero generoso de mi analista al que le estoy profundamente agradecido y con quien tengo el honor de compartir esta mesa. Pero más bien el diálogo que me convoca en esta ocasión es con la propuesta teórica del psicoanálisis que a mi juicio debe abordarse con herramientas críticas distintas, aunque no contrarias, al trabajo terapéutico.

2. Segunda presición
La aproximación filosófica que presentamos se inscribe en una corriente que podría enmarcarse con el título de Teoría Crítica y que en lo fundamental abreva de tres tradiciones de pensamiento; el marxismo, el psicoanálisis y el pensamiento judío. Los principales autores que construyen esta perspectiva y que también se les clasifica como la Primera Escuela de Frankfurt son: Walter Benjamin, Teodoro Adorno y Max Horkheimer. El primero murió en 1940 pero los otros dos sobrevivieron a Freud y fueron testigos de las nuevas manifestaciones de la razón instrumental.

3. El Moisés de Freud
Moisés y la religión Monoteísta fue el producto final de un sabio que veía como su mundo se derrumbaba, como en el corazón de su Viena ilustrada, la humanidad se preparaba para el exterminio en una nueva forma de barbarie. Al respecto, el fundador del psicoanálisis comenta: vivimos en una època muy curiosa. Descubrimos con asombro, que el progreso ha sellado un pacto con la barbarie.[1]
Freud comienza a escribir su Moisés en 1934[2], en 1937 publica en Viena las partes I y II, la tercera y última la publica en Londres en 1939 poco antes de su muerte. Como es sabido por todos fue expulsado de Austria por los nazis encontrando asilo en Inglaterra. Los puntos centrales de su propuesta son los siguientes:
El monoteísmo no nace en la cultura hebrea es más bien una aportación egipcia[3] Moisés no era judío sino más bien un egipcio seguidor del Dios Atón deidad que representaba al Sol, esta creencia fue instituida por el Faraón Ikhnaton, a su muerte los egipcios regresaron a su antigua creencia politeísta, y el culto al Dios único fue perseguido[4]. Moisés salió de Egipto entre 1358 y 1350 A.C.[5], se llevó con él a una tribu de esclavos semitas. Para formar la alianza impuso la costumbre egipcia de la circuncisión[6]. Las exigencias de Moisés no fueron bien recibidas y la turba de esclavos terminó por asesinarlo[7]. En el camino se aliaron con otra tribu semita que adoraba a un dios llamado Yahve que tenía una representación volcánica[8]. En este momento se mezclaron las historias de los dos grupos borrando el asesinato, hebraizando al Moisés egipcio e integrándolo a un segundo Moisés que realmente era un sacerdote del dios medianita. El dios guerrero se mezcló con la imagen pacifista y espiritual de Atón[9]. Y ambos conformaron una sola deidad para el pueblo que conquistó y se asentó en la Tierra de Israel.
Utilizando las teorías psicoanalíticas sobre los orígenes de la psique, tanto individual como colectiva, Freud explica el judaísmo como una elaboración de la culpa que remite al mito del parricidio original. Según esta interpretación jamás se reconoce abiertamente el crimen, pero la culpa colectiva genera un control de las pulsiones, una búsqueda de espiritualidad y la constitución de una cultura basada en códigos morales de conducta[10]. La Biblia se concibe como el texto que expresa este “ocultamiento” de las huellas y el deseo de reparación.
La interpretación Freudiana no termina aquí, la continua para describir lo que él considera el fundamento psicoanalítico del cristianismo y el germen para el antisemitismo. Según su explicación el cristianismo representa “el retorno de lo reprimido” el reconocimiento del mito del asesinato original desemboca en otro mito, el del homicidio del hijo. Su explicación del sacrificio de Jesucristo tiene que ver con este esquema. El asesinato del hijo “salda” la deuda con el padre y libera a los hombres de su compromiso relajando la ley[11].
El antisemitismo también tiene una explicación en estos términos. La acusación antisemita del deicidio en referencia al juicio y crucifixión de Jesús, donde se les imputa este crimen a los judíos, es explicado por Freud como un retorno de lo reprimido en relación con el asesinato de Moisés y su transformación en el Dios espiritual del monoteísmo. La negación de aceptar el sacrificio del hijo se traduce como un recordatorio de la deuda no saldada y esto despierta la furia de los que buscan recuperar cierto espacio de la sensualidad frente a la espiritualidad. Desde esta perspectiva el que el fascismo orquestara la barbarie exterminadora con un discurso antisemita se explicaba como secularización de un odio arraigado en el cristianismo europeo y que el mismo Freud explica poniendo en boca de los cristianos antisemitas la siguiente frase: <>”[12]. A partir de esta afirmación se justifica la eliminación de los judíos y se explica por qué en el seno mismo de la Iglesia Católica pueden existir sacerdotes negacionistas.
4. Nacionalismo identidad y barbarie
Por supuesto que esta teoría sobre el surgimiento del monoteísmo requeriría de un análisis cuidadoso, que no haremos en esta ocasión y con la única dispensa del límite de tiempo. Lo que nos interesa más bien es lo que motiva a Freud a una propuesta que desmantela, prácticamente, toda la tradición judeo cristiana. Él está conciente de lo que sus afirmaciones representan, en especial cuando los judíos están siendo perseguidos en Europa. Al respecto comenta al presentar su trabajo:
Quitarle a un pueblo el hombre a quien honra como al más grande de sus hijos no es algo que se emprenda con gusto o a la ligera, y menos todavía si uno mismo pertenece a ese pueblo. Mas ninguna ejecutoria podrá movernos a relegar la verdad en beneficio de unos presuntos intereses nacionales, tanto menos cuando del esclarecimiento de un estado de cosas se puede esperar ganancia para nuestra intelección.[13]
En la primera parte de esta introducción habla Sigmund Freud, el judío que se reconoce como miembro del pueblo al que él mismo le está arrancando uno de los elementos más importantes de su identidad, destruyendo, además, una de las fuentes principales de su memoria colectiva. Hay que detenernos aquí y entender lo que propone nuestro homenajeado. Ya que nos hemos reunido para hablar de identidad, memoria y barbarie. Lo que él entendió entonces fue que la barbarie exterminadora se articulaba a partir de la construcción de identidades nacionales excluyentes. El racismo debe entenderse como parte de la configuración de estos imaginarios, en el se recogen elementos de segregación que la población aceptó, se hablaba en términos de raza superior frente a pueblo elegido. La idolatría religiosa se secularizó en una manifestación más agresiva, el culto a la patria ha cobrado ya la vida de millones de seres humanos en estos últimos dos siglos y medio en los que la razón se ha colocado en el espacio que antes ocupaba dios.
Esto explica, en parte, porque Freud dirigió todo el arsenal crítico del psicoanálisis para desmantelar los imaginarios colectivos, comenzando por el propio. En el prólogo a la versión hebrea de Tótem y Tabú escrito en 1930 escribe lo siguiente:

Ninguno de los lectores de este libro podrá ponerse con facilidad en la situación afectiva del autor, quien no comprende la lengua sagrada, se ha enajenado por completo de la religión paterna –como de toda otra-,no puede simpatizar con ideales nacionalistas y, sin embargo, nunca ha desmentido la pertenencia a su pueblo, siente su especificidad de judío y no abriga deseos de cambiarla. Si se le preguntara: <<¿Qué te queda entonces de judío, si has resignado todas estas relaciones de comunidad con tus compatriotas?>>Respondería: <>. Pero en el presente no podría verter lo esencial con palabras claras. Es seguro que alguna vez lo conseguirá una intelección científica.
Viena diciembre de 1930[14]

Freud no se identificaba con el nacionalismo judío que hoy conocemos como Sionismo, tampoco sentía ninguna cercanía con la religión, era un hombre ateo, también afirma haber roto con la comunidad judía por lo que tampoco cifraba su identidad en la convivencia social. A pesar de todo esto reconoce cierta vinculación identitaria que requiere de una “intelección” científica, cabe suponer que el trabajo sobre Moisés tuvo esta finalidad y de hecho encontramos en sus páginas un comentario que confirma esta hipótesis, ahí escribe:

Y entonces, de las filas del pueblo se elevaron, en una serie que ya no se interrumpiría más, hombres que no estaban ligados con Moisés por su origen, pero sí cautivados por esa tradición grande y poderosa que había crecido poco a poco en la sombra; y esos hombres, los profetas, fueron los infatigables heraldos de la vieja enseñanza mosaica: la divinidad desdeña el sacrificio y el ceremonial, sólo demanda fe y una vida en verdad y en justicia (Maat). Los empeños de los profetas tuvieron éxito duradero, las enseñanzas con que restauraron la vieja fe se convirtieron en el contenido permanente de la religión judía. Inmensa gloria para el pueblo judío haber conservado una tradición así y producido hombres que le dieran su voz, por más que la incitación a ello viniera de afuera, de un grande hombre extranjero.[15]

En estás líneas podemos encontrar la respuesta sobre la vinculación de Freud con el pueblo judío, lo dice claramente, él se siente identificado con los hombres que a lo largo de la historia se han comprometido con la verdad y con la justicia, aunque no encuentren su origen en Moisés. En este colectivo que describe en términos de pueblo, sólo tienen cabida los que se han sumado a esta empresa que desdeña el sacrificio y el ceremonial y para ello no hay que estar circuncidado, ni bautizado ni cumplir los rituales, tampoco hay que sacrificarse ni por dios ni por la patria, el único compromiso es con la verdad y la justicia.
En un doble movimiento Freud desjudaíza a Moisés para luego desjudaizarse él y recupera el sentido comunitario sólo a partir del compromiso con la justicia y la verdad en franca oposición a los vínculos de sangre o a los aspectos rituales, dicho en otras palabras, lo que afirma es que la crítica psicoanalítica debe combatir al mismo tiempo la noción de raza superior y la de pueblo elegido que son dos expresiones de la misma patología social.
Esta postura del fundador del psicoanálisis llevó, muchos años después, a una polémica muy interesante entre el historiador Yerushalmi y el filósofo Derrida que tratamos en un ensayo hace algunos años, por economía de tiempo no podremos abordarlo en esta oportunidad. Lo que queda claro es que de los escritos de Freud se desprende un sentido universalista que transitaba en sentido opuesto a cualquier reivindicación comunitarista, de esta forma comprendía que mientras no se superaran estos imaginarios la humanidad estaría condenada a un fuerte retorno de la barbarie. Lo que sucede hoy en día en el Medio Oriente confirmaría, desafortunadamente, su diagnóstico, ahí, a nombre de los profetas y sus enseñanzas, judíos, cristianos y musulmanes asesinan inocentes en nombre de sus dioses como muestra clara del retorno a la barbarie.
En este mismo sentido Freud vería con pesar cómo las estructuras nacionales manipulan la memoria del Holocausto para reforzar sus estrategias excluyentes. Ya no pudo presenciar lo que sucedió en la Segunda Guerra Mundial, no fue testigo de Auschwitz, ni de Hiroshima y Nagasaki, no le toco vivir la Guerra Fría ni las dictaduras latinoamericanas, los genocidios en África y el retorno a la barbarie en los Balcanes. De sus escritos podemos deducir cuáles serían sus posturas hoy en día, en una carta que escribió como respuesta a Einstein en 1932 y que se publicó con el título ¿Por qué la guerra?, le dedica un espacio a la organización comunitaria y al establecimiento de leyes, lo cual remite directamente a lo que se entiende por Estado Nación en términos modernos. Lo ideal según él lo entiende, sería que los individuos, en igualdad de condiciones, establecieran leyes para limitar y controlar la violencia individual. Esto tiene, a su juicio, un carácter utópico porque:

[…]en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se transforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos.[16]

En esta carta nos encontramos con un Freud realista que no deposita demasiada confianza en la naturaleza humana, en un sentido muy crítico entiende que los colectivos y las normas que los regulan obedecen a intereses y son producto, en gran medida, de relaciones de dominación. Einstein esperaba otro tipo de respuesta, él requería de una utopía avalada por el fundador del psicoanálisis para evitar que la violencia de la Primera Guerra Mundial se repitiera. Desgraciadamente Freud tuvo razón y no sólo se repitió, fue superada y por mucho, Auschwitz e Hiroshima le dieron la razón frente al porvenir ingenuo de la ilusión de Einstein.
Para concluir con esta parte de la reflexión podemos destacar ciertos puntos. Podemos afirmar que el fundador del psicoanálisis entendió que la barbarie se presentó en su época ya que los grupos dominantes, tanto en el ámbito económico como en el político, utilizaron el poder conferido por el pacto pulsional y desde estas plataformas dieron rienda suelta a al violencia exterminadora. En sus últimos escritos, Freud identificó este brote destructivo con la secularización de las manifestaciones religiosas y en particular con el desarrollo del judeo cristianismo por lo que propuso la desmitificación de los dogmas religiosos comenzando por los judíos. Al desjudaizar a Moisés rompió con el mito nacional del pueblo elegido y de la misma manera terminó con el del dios hijo redentor. Freud nos invitó a construir colectivos basados en la razón y comprometidos con la verdad y la justicia y consideró que la construcción de vínculos a partir de criterios como sangre, raza o credos conduce a un retorno de la barbarie.
En este sentido podríamos dejar apuntadas alunas especulaciones que no pueden probarse pero se desprenden de lo analizado. Podríamos suponer que si Freud viviera hoy no se identificaría con el nacionalismo judío o Sionismo, que vería con mucha preocupación el retorno de la religiosidad en nuestros días y con respecto al trabajo de la memoria que estaría en desacuerdo con la forma en la que un sector de la población utiliza el Holocausto como una bandera sectorial con fines políticos. Por último, podríamos pensar que fiel a sus convicciones el hombre al que hoy le rendimos un homenaje invitaría a sus lectores a sumarse a la hermandad de hombres que buscan la verdad y la justicia más allá de sus adscripciones identitarias particulares. Esto nos trae a la segunda parte de la reflexión, la del lugar del pensamiento frente a la razón instrumental.

5. La posguerra
Después de la Segunda Guerra Mundial y la victoria sobre el fascismo, dos sistemas económicos y políticos se repartieron el mundo, por un lado el llamado bloque comunista y por el otro el capitalismo liberal. El tema de cómo la psiquiatría pasó a ser uno de los saberes más utilizados en los estados dominados por la ideología soviética es importante para comprender la actualidad, pero por limitaciones de tiempo tendrá que quedar pendiente para futuros desarrollos. A lo que le dedicaremos el tiempo restante de esta reflexión es al desarrollo de la razón dentro de lo que conocemos como sociedades liberales o capitalistas en la que se inscribe nuestra forma de vida.
Con el colapso del sistema llamado comunista a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, la ideología capitalista reforzó sus posiciones, y desplegó su sistema axiológico como el mejor esquema para la convivencia. En México hemos sido testigos de este fenómeno en las últimas décadas, vemos como se ponderan valores como progreso, eficiencia, productividad, competitividad, por citar los más sonados. La orientación de la experiencia humana en estos términos se construye como una razón a la que la teoría crítica define como instrumental.
Aquellos elementos que Freud identificó en el fascismo como el nacionalismo, el racismo y el antisemitismo siguen presentes en las economías liberales pero ya no ocupan el lugar que tenían antes, la sociedad capitalista puede festejar tener un presidente negro, los países europeos pueden crear una unión y el Papa puede visitar el museo del Holocausto en Jerusalén y no por ello hemos superado el peligro del que habló Freud, lo que sucede es que la violencia aniquiladora en nuestros días se presenta con nuevas formas por lo que una de las tareas del pensamiento crítico es la del diagnóstico.

6. Razón instrumental, civilización y barbarie
Teodoro Adorno y Max Horkheimer en el año de 1942, durante su exilio en los Estados Unidos, escribieron juntos un texto que se publicó con el título Dialéctica de la Ilustración[17], en el analizaron la relación que existía entre la razón y la barbarie. Este cuestionamiento se justificaba ante lo que estaba sucediendo en la Europa ilustrada, particularmente en Alemania, justo en el país de Kant, de Hegel y de Goethe, en ese mismo año, se reunieron los jerarcas nazis para organizar el genocidio industrial en lo que se conoce como solución final. Los filósofos buscaron responder a la siguiente incógnita; ¿por qué el proyecto ilustrado que pretendía colocar la razón en el centro del quehacer humano desembocó en Auschwitz? Como respuesta encontraron que la violencia administrada por la razón se volvía devastadora. Dicho en otras palabras lo que estos autores descubrieron en sus indagaciones es que el pensamiento, en vez de controlar los impulsos destructivos y permitir una convivencia más armónica, conducía más bien a lo contrario, a una capacidad aniquiladora más sofisticada y eficiente.
Para entender cómo es que se articula este mecanismo se abocaron a un estudio del desarrollo de la razón en occidente desde las culturas primitivas hasta el momento que les toco vivir, en su metodología recurrieron al marxismo y también al psicoanálisis. En el libro recogen el mito de las sirenas en la Odisea de Homero y lo interpretan en estás claves. Como es del conocimiento de todos, el mito describe una isla donde habitan las Sirenas y donde todo aquel que escuche su canto se verá atraído por él y paralizado ante su encanto morirá. Ante el peligro de ser atrapado por el seductor canto de esas criaturas y morir, Odiseo se hace atar al mástil del barco y tapa los oídos de los remeros con cera. Al pasar junto a la isla, las ataduras le impiden acceder a la tentación, mientras que los marineros, al no poder escuchar, continúan sin detenerse.
Este mito da cuenta de cómo el saber es un privilegio del señor y es vedado a los que lo sirven. Odiseo quiere escuchar el canto de las sirenas, quiere constatar la verdad del relato y además quiere vencer a la naturaleza y al destino, a los remeros no les es permitido el conocimiento, sus oídos se tapan y tendrán que conformarse con el relato del señor. El mito de Odiseo y las Sirenas expresa la diferenciación en la instrumentación del conocimiento. El guerrero (Odiseo) se enfrenta a la naturaleza (el canto de las sirenas), a sus propios deseos e impulsos desde una razón instrumental utilizando su astucia, calculando los riesgos, y ejerciendo su poder, se ata al mástil, hace de su pensamiento un mecanismo de represión y control para dominar las pulsiones. Para emanciparse se sujeta, para dominar se somete. Ésta es la dialéctica de la razón instrumental que, para evitar someterse al deseo, utiliza mecanismos de represión. El pensamiento se encadena a sí mismo para no entregarse a los impulsos naturales.
Lo que Odiseo se permite a sí mismo, el conocer la verdad y tener la libertad de renunciar a la felicidad en nombre de la supervivencia, no le es permitido a los servidores. El señor decide por ellos y establece lo que deben saber, hay una verdad para cada estrato, una para el vencedor y otra para el vencido. Adorno y Horkheimer lo explican de la siguiente manera:

El pensamiento de Odiseo, igualmente hostil a la propia muerte y a la propia felicidad, sabe todo esto. Él conoce sólo dos posibilidades de escapar. Una es la que prescribe a sus compañeros: les tapa los oídos con cera y les ordena remar con todas sus energías. Quien quiera subsistir no debe prestar oídos a la seducción de lo irrevocable, y puede hacerlo sólo en la medida en que no sea capaz de escucharla. […] La otra posibilidad es la que elige el propio Odiseo, el señor terrateniente, que hace trabajar a los demás para sí.[18]

Esto nos recuerda lo que Freud le escribe a Einstein en la carta antes citada, el mito da cuenta de este surgimiento de la razón desde relaciones sociales de desigualdad y dominio. En El Malestar en la Cultura, escrito en 1929, ya entendía esta situación cuando afirmaba: Después que el hombre primordial hubo descubierto que estaba en su mano –entiéndaselo literalmente- mejorar su suerte sobre la Tierra mediante el trabajo, no pudo serle indiferente que otro trabajara con él o contra él. [19] Es claro que para el fundador del psicoanálisis el pacto pulsional, de donde surge la cultura y que se articula por medio de la razón como mecanismo, también produce un sistema económico de dominio, unas páginas adelante lo explica de esta manera: Así, la cultura se comporta respecto de la sexualidad como un pueblo o un estrato de la población que ha sometido a otro para explotarlo.[20]
Desde su origen la razón fue empleada por el hombre para dominar la naturaleza, pero al mismo tiempo la utilizó para dominar a su prójimo, el control de la sexualidad vino acompañado de la explotación de los demás. Conforme se fue desarrollando la cultura y se fueron sofisticando los instrumentos para dominar la naturaleza se fueron afinando también los mecanismos de explotación. Es por esta razón que en la Ilustración, la economía capitalista desarrolla la razón instrumental y busca suprimir la metafísica, a esto se refieren Adorno y Horkheimer cuando afirman que:

Con la expansión de la economía mercantil burguesa, el oscuro horizonte del mito es iluminado por el sol de la razón calculadora, bajo cuyos gélidos rayos maduran las semillas de la nueva barbarie. Bajo la coacción del dominio el trabajo humano ha conducido desde siempre lejos del mito, en cuyo círculo fatal volvió caer siempre de nuevo bajo el dominio.[21]

La razón instrumental en la sociedad moderna contiene los dos elementos de los que da cuenta el mito homérico, por un lado es desarrollada por el sujeto para dominar la naturaleza, pero al mismo tiempo se despliega sobre los demás miembros de la comunidad y busca su dominación con las mismas estrategias. Los elementos que la conforman como capacidad de ordenar, clasificar, calcular, distribuir y manipular le permiten al que la emplea superar los miedos e instrumentar los mecanismos para dominar a la naturaleza pero también le facilitan el dominio y sujeción de los demás calificándolos como lo hace con la naturaleza. Así es como lo explica Horkheimer: Ahora que hemos aprendido, gracias a la ciencia, a superar el miedo ante lo desconocido en la naturaleza, somos los esclavos de coacciones sociales que hemos creado nosotros mismos.[22]
El carácter destructivo de esta razón instrumental consiste en hacer del dominio el fin mismo de la actividad social. Todo el conjunto de valores que acompañan esta práctica se colocan como fines y no como medios, en la sociedad que se crea a partir de esta racionalidad el individuo singular e indeterminado es sometido a las reglas del sistema y su felicidad se sacrifica a nombre del colectivo, ya no a nombre de la raza o la patria como en el fascismo, ni a nombre de un ideal como en el comunismo, aquí es a nombre del progreso entendido en abstracto. Walter Benjamin ya lo había entendido tal y como lo expuso en su tesis IX sobre la Filosofía de la Historia donde describe una imagen donde el Ángel de la Historia no puede recomponer las cosas en el mundo que se le presenta como una acumulación de ruinas porque hay un viento que sopla del paraíso y no le permite desplegar sus alas, a ese viento lo llama progreso.
Lo que se propone es una visión jerárquica de la sociedad donde la lógica del mercado regula la convivencia y la necesidad económica de la que nos hablaba Freud en el Malestar en la Cultura se convierte en estímulo perverso para que el individuo se someta a las formas de dominación. Este esquema racional nos ha colocado en una situación muy delicada porque hoy en día millones de seres humanos en todo el mundo viven en situaciones de pobreza extrema donde el hambre y la enfermedad cobran sus vidas mientras existen los recursos suficientes para alimentarlos y curarlos. Más de doscientos millones de seres humanos son inmigrantes indocumentados que no tienen derechos en los países civilizados donde trabajan. Y a nombre de este progreso se está destruyendo el planeta ocasionándole daños irreparables que nos conducen a la extinción. Este es el nuevo rostro de la barbarie que no le toco ver al fundador del psicoanálisis pero que pudo preveer.

7. La posibilidad de revertir los elementos destructivos de la razón
Después de lo anteriormente expuesto parecemos condenados a que la razón, que fue nuestro mecanismo emancipador, se convierta en el arma que termine aniquilándonos. Para superar esta situación debemos considerar que la razón contiene un elemento que podría convertirse en el antídoto contra su capacidad de dominio, este es el de la crítica. En el proceso en el que el hombre se fue diferenciando de la naturaleza para buscar controlarla, hizo de la negación, la duda y la sospecha elementos centrales del mecanismo racional. La crítica contiene estos ingredientes sin los cuales el aparato racional no podría operar, dicho en otras palabras, cuando el sujeto recurre al lenguaje para organizar las representaciones en su conciencia esta introduciendo la negatividad y la diferenciación como parte de su afirmación.
Sin adentrarme en un terreno en el que no soy experto y tan sólo para ilustrar, sugiero pensar que algo parecido podría ocurrir en el análisis, perdón si no utilizo los términos correctos pero a lo que me refiero es que el paciente, al hablar de su sentimientos, miedos y fantasías coloca en un plano racional aquello que se encontraba en otra situación y desde ahí lo enfermaba. La posibilidad de articular racionalmente lo indeterminado es posible porque el elemento dominador de la razón puede dirigirse contra sí mismo. La razón puede desconfiar de sí misma y desmantelar su sentido totalitario; a esto es a lo que llamamos crítica.
El sujeto está determinado por muchas cuestiones pero existe un elemento de libertad en su voluntad que lo lleva a enfrentar estas determinaciones, puede tomar distancia de aquello que lo atrapa y condiciona, la identificación de aquello que lo sujeta y domina y la reversión de esta situación es factible gracias a la crítica, esto es lo que los ilustrados llamaban autonomía; auto –nomos o regulación propia. A esto se refería Adorno en un ensayo sobre la educación cuando afirmaba que: La única fuerza verdadera contra el principio de Auschwitz sería la autonomía, si se me permite valerme de la expresión kantiana; la fuerza de reflexionar, de autodeterminarse, de no entrar en el juego.[23]
Para aclarar este punto y a riesgo de ser reiterativos, debemos mencionar que la razón instrumental se convierte en destructiva cuando acota la utilización de la crítica a funciones que ella determina pero al mismo tiempo evita que esta crítica cuestione su propia operación. El economista utiliza la razón con su aparato crítico para hacer estadísticas, calcular riesgos, medir variables, etc.. Lo que se deja fuera del estudio son las consecuencias éticas o políticas de sus decisiones. Para el ingeniero que construye un arma, la razón que incluye elementos críticos, tiene como fin último la eficacia destructiva de su producto al margen de consideraciones éticas o políticas. Mengele, el sanguinario médico de Auschwitz, hacía experimentos a nombre de la Ciencia gracias a que podía hacer a un lado consideraciones morales.
La forma actual en la que se presenta la barbarie tiene que ver con la aplicación de la razón instrumental y con las prácticas que neutralizan los aspectos críticos. El único antídoto contra el totalitarismo de la razón es el ejercicio responsable de la crítica, esto quiere decir, retomando lo que había escrito Freud en su Moisés, un compromiso con la verdad y la justicia.
Ningún saber escapa a este reto, en el campo de la Filosofía nos encontramos en estos días buscando revertir una disposición de las autoridades educativas del país que han decidido restringir la enseñanza de humanidades en general y de la Filosofía en particular en los niveles de enseñanza media superior. “Menos crítica y más tecnología”, así reza el discurso del progreso. En las universidades se han ido introduciendo mecanismos de pago a los académicos que operan con las leyes del mercado, los profesores somos evaluados en cuanto a nuestra productividad para recibir parte de nuestros ingresos disfrazados como estímulos. El académico se ha ido convirtiendo en un empleado que rinde cuentas, es evaluado por sus alumnos y recompensado por sus avances cuantitativos: alumnos asesorados, páginas publicadas, horas pizarrón, etc. La razón instrumental ha permeado de tal manera que nosotros, los mismos colegas, nos convertimos en vigilantes y evaluadores de nuestros compañeros de trabajo. Es un poco exagerado decirlo así, me disculpo de antemano, pero nos hemos vuelto capataces al servicio de esta razón calculadora. La situación del saber en general, y de la Filosofía en particular, es delicada, se busca desmantelar por todos los medios el sentido radical de la crítica para permitir así el desarrollo irrefrenable de la barbarie expresada como razón instrumental. Ante este panorama adquieren relevancia las palabras de Horkheimer que decía:

Fidelidad a la filosofía significa impedir que el miedo atrofie nuestra capacidad de pensamiento.[…]Lo que faltan son hombres que sepan que los sujetos y los cómplices de su opresión son ellos mismos.[…] La consciencia de que precisamente en este momento todo depende del uso adecuado de la autonomía de los hombres podría postergar a la cultura de su amenazador envilecimiento por obra de sus amigos conformistas, indignos de confianza, o de su destrucción por los bárbaros del interior.[24]

7. Psicoanálisis hoy y su respuesta ante las nuevas expresiones de la barbarie
Para terminar dejaremos apuntadas algunas ideas sobre el papel del psicoanálisis hoy a la luz de lo que hemos expuesto sobre el funcionamiento de la razón instrumental y las nuevas expresiones de barbarie. Debemos advertir que la nuestra es una situación incomoda ya que el invitado debería abstenerse de hacer comentarios críticos en la casa que lo acoge. Pero ya que este día se hace un homenaje a Freud y el tema es su Moisés tomaremos el riesgo de sumarnos, muy modestamente, a los hombres que prestan su voz en la búsqueda de la verdad y la justicia aunque sean extranjeros.
Entrando en materia retomaremos la distinción planteada al principio, señalábamos que una cosa es la práctica médica y otra distinta es el estudio teórico sobre el ser del hombre y la cultura. A manera de pregunta los invito a considerar cuál es la manera en la que la razón instrumental busca desarticular los elementos críticos en la práctica psicoanalítica. Una tiene que ver con el ejercicio mismo del medico y su paciente y la otra con la estructura político administrativa de las asociaciones psicoanalíticas. La terapia se plantea como un servicio por el que por supuesto debe cobrarse, el analista es un profesionista que por supuesto debe cobrar. Este principio que establece y define el mismo Freud debe estudiarse con cuidado. El monto que se cobra, define necesariamente al corte de población que se va a atender y en el caso de ser muy oneroso y no contemplar apoyo para las clases más bajas se podría convertir en una práctica elitista.
En este mismo sentido debemos considerar que la intervención de las compañías de seguros, sobre todo en los Estados Unidos, que ponen límite a los tratamientos, influye desde su propia racionalidad empresarial en el ámbito terapéutico. En este mismo orden de ideas se debería poner sobre la mesa el nivel económico en el que el terapeuta quiera ubicarse ya que el monto de la consulta está relacionado con este criterio. Esto último tiene relevancia ya que este nivel económico lo identifica con una determinada clase social y con su sistema de valores.
Con respecto a la dinámica de las asociaciones nos encontramos con lo mismo que sucede en toda institución donde hay intereses económicos y políticos, podrán ustedes imaginarse que la Asociación Filosófica de México no es la excepción. Desde el momento que un sector de profesionistas determinan el futuro de los otros nos encontramos a merced de la razón instrumental. Quisiera pensar que con las asociaciones psicoanalíticas es distinto pero todos sabemos que no es así, lo dejo ahí como material para futuras reflexiones.
Con respecto al trabajo teórico que realizan los psicoanalistas y siguiendo con la tradición que estableció su fundador, nos damos cuenta que existe una relación muy estrecha entre este trabajo y la clínica, por lo que lo señalado en los párrafos anteriores es determinante para el pensamiento crítico del analista. No podemos dejar de pensar que el tipo de pacientes, la adscripción social del analista, las dinámicas políticas de las asociaciones tienen una repercusión directa en la manera en la que se entiende el papel crítico. Y siguiendo con lo dicho por Freud hay una diferencia significativa entre la visión del vencedor y la del vencido. Si el terapeuta se identifica con la clase social dominante y con su sistema de privilegios, entonces no podrá prestar su voz a nombre de la verdad y la justicia tal y como lo sugirió el fundador del psicoanálisis cuando escribió su Moisés.

A manera de conclusión
Lo que Freud enfrentó a mediados del siglo pasado y lo que a nosotros nos toca vivir es distinto. En aquel entonces la barbarie se presentaba en términos de racismo, nacionalismo y antisemitismo. Para el fundador del psicoanálisis la respuesta transitaba por un ejercicio de memoria que desarticulara las identidades comenzando por la suya, y así lo hizo, escribió su Moisés para desmantelar el mito del pueblo elegido y de esa manera terminar también con el de la raza superior. En esa oportunidad dejó claro que los vínculos comunitarios debían construirse a partir de un compromiso con la verdad y la justicia y no a partir del mito, la sangre o la raza.
Hoy en día la barbarie se manifiesta de otra manera, como razón instrumental que coloca los valores del mercado y el sistema de explotación como forma de vida y lo convierte en mecanismo de destrucción. El reto para el psicoanalista que se identifique con Freud consiste en generar una crítica que logre desmantelar los mecanismos totalitarios de la razón instrumental. Para conseguirlo es importante revisar su forma de operar, tanto la práctica médica como las instituciones educativas y medios de difusión. De otra manera como afirmaba Walter Benjamin en su tesis VI: El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo le es dado al historiador perfectamente convencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer. [25]


México D.F. a 20 de junio de 2009


[1] S. Freud, Moisés y la Religión Monoteista, en Obras Completas; Ordenamiento, comentarios y notas de James Strachey, con la colaboración de Anna Freud, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2002, v.23, p.52
[2] Yerushalmi nos habla de un borrador original de este texto fechado el 9 de agosto de 1934 y que se encuentra en los Archivos Freud de la Biblioteca del Congreso, en Washington, D.C. ver Yerushalmi, op. cit. p. 27
[3] Freud, op. cit. p.17
[4] Ibid p. 23
[5] Ibid p. 28
[6] Ibid. p. 26
[7] Ibid. p. 36
[8] Ibid. p. 33
[9] Ibid. p. 67
[10] Ibid pp. 129-30
[11] Ibid. p. 130-1
[12] Ibid. p. 131
[13] Ibid. p. 7
[14] S. Freud, Tótem y Tabú, en Obras, op. cit tomo 13, p.9
[15] S. Freud, Moisés y la religión monoteísta, op. cit, p. 49
[16] S. Freud, ¿Por qué la guerra?, en Obras Completas, op. cit., vol. 23, p.190
[17] T. W. Adorno y M. Horkheimer, Dialéctica de la Ilustración; Fragmentos Filosóficos; Introducción y traducción de Juan José Sánchez, Editorial Trota, Madrid 1994, primera edición en Alemán 1947 en la editorial Querido de Ámsterdam y se reeditó en 1969
[18] Ibid. p.87.
[19] S. Freud, El Malestar en la Cultura, Obras Completas op. cit, vol. 21, p. 97
[20] Ibid. p.102
[21] Adorno y Horkheimer, op. cit, p.85
[22] Horkheimer, Crítica de la Razón Instrumenta, Presentación de Juan José Sánchez, Traducción de Jacobo Muñoz, Trotta, Madrid, 2002, p. 187
[23] Adorno W. Theodoro, Educación para la Emancipación; Conferencias y conversaciones con Hellmut Becker (1959-1969),Ediciones Morata, Madrid, 1998, p.83

[24] Horkheimer, op. cit., pp. 169-70
[25] W. Benjamin, Tesis VI, en R. Mate, Medianoche en la Historia: Comentarios a las Tesis de Walter Benjamin <>, Trotta, Madrid, 2006. p.113

sábado, 13 de diciembre de 2008

DAR LA MUERTE DE JACQUES DERRIDA

A la memoria de Esther...

“Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo:
porque fuerte es como la muerte el amor;
duro como el sepulcro el celo:
sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama”.
(Cantares 8,6.)
PRESENTACIÓN

Hace pocos días se cumplió un año de la muerte de Jacques Derrida. A manera de conmemoración nos hemos reunido aquí para hablar de su aportación dentro de un marco que se presenta como “Sexto Coloquio Internacional sobre Humanismo en el Pensamiento Judío”[*]. Sería justo abordarlo desde una perspectiva que le permita estar presente en su ausencia.
Hay varias preguntas que nos estaría haciendo y que en su homenaje no podemos ignorar. Nos recordaría que “Jacques no ha querido ritual ni oración” [**], nos pediría también que no lo invitemos a un evento que contenga el término “judío”, sin haberle colocado alguna marca tipográfica que le permita “salirse” de su cerco. Con respecto a su pensamiento no invitaría a “desarticular” las palabras a partir de las palabras, para que las propuestas afloren de su desconstrucción. Parecería que para hablar de Derrida habría que pedirle permiso. Sin embargo, nada le molestaría más que esta exigencia, nada lo haría más infeliz que saberse abordado, si no es a partir de un sentido crítico.
¿Por qué preocuparnos por respetar lo que un muerto hubiese querido? Ya no está, ¿A quién le faltaremos, a su espectro? Por otro lado, ¿No es acaso de lo que se trata cuando se hace un homenaje a un fallecido? El invocar su presencia en la convicción de su irreparable ausencia. Desde esta extraña paradoja que se inscribe como las palabras acuñadas en una lápida, se buscará una aproximación donde el filósofo y su pensamiento conserven la finitud de la experiencia y la trascendencia del legado. Estamos convocados a entablar un coloquio donde la muerte de Jacques el hombre y el tema de la muerte de Derrida el pensador, justifiquen presentarlo como un judío.
1. LO JUDÍO

Con respecto a su filiación con el judaísmo el pensador argelino mantuvo sus reservas. En un Coloquio de Intelectuales Judíos de Lengua Francesa que se realizó en París en diciembre de 1998 señaló: “A propósito del <>, prefiero confiarles, y quizá confesar, (...) que, antes de convertirse en lo que llaman ustedes un <>[hablando de sí mismo en tercera persona] fue un joven judío de la Argelia francesa.” [1] Refiriéndose a esa época de su vida comenta que por un lado fue segregado por los antisemitas y por el otro se sintió ajeno a lo que definió como “comunitarismo exclusivo”[2] que hacía de la vida comunitaria judía otra forma de segregación. Como resultado de esta experiencia nos comenta, hablando de sí mismo: “el niño del que hablo tuvo que romper entonces, de forma tanto irreflexiva como reflexiva, por los dos lados, con esos dos modos de pertenencia exclusivos, y en consecuencia excluyentes.”[3]

Para definir su ubicación frente al tema de la identidad, Jacques Derrida recuperó la figura del Cripto-judío y se declaró “una especie de marrano paradójico”[4] el cual expresaba su rechazo al sectarismo y su anhelo de universalidad pero también el conflicto de traicionar a los suyos. En la soledad de una identidad secreta que se rebeló silenciosa ante la opresión excluyente, el pensador encontró un nombre que se resistía a ser encasillado, un espacio sin lugar. No faltaron antisemitas que lo agredieron por de judío o judíos que lo acusaron de antisemita por su apoyo a la causa palestina. Esta situación paradójica, esta reducción a un individualismo radical, lo llevaron a encontrar un camino muy propio “llegando hasta el riesgo de seguir siendo el único y el último de los judíos”.[5] Regresaremos a esto más adelante, para comprender como se muere y se da la muerte desde el absoluto individualismo de la fe al que el pensador define como “marranismo paradójico”.

2. ANTE SU PROPIA MUERTE

El tema de la muerte ocupó a Derrida, quien consideraba que: “Cada uno debe asumir, (...), su propia muerte, a saber, la única cosa del mundo que nadie puede dar ni quitar.”[6] En este contexto, la defunción del hombre no puede pasar inadvertida como corolario póstumo de sus reflexiones. Nos referimos más bien al moribundo, a aquel que ya se prepara para dejarnos. En esta frontera, en donde el deseo de permanencia se rebela contra la conciencia del fin absoluto, nos encontramos con un documento donde el vivo habla desde su tumba. Bruno Clément comenta[7] que, lo que a continuación presentaremos, es un escrito que Jacques dejó para que su hijo Pierre lo leyera en su sepelio.

“Jacques no ha querido ritual ni oración [fúnebre]. Sabe por experiencia qué dura
prueba es ésta para el amigo que deba ocuparse de ello. Me pide que les agradezca
el haber venido; que los bendiga, que les ruegue que no estén tristes, que piensen
sólo en tantos momentos felices, en la dicha que ustedes le proporcionaron al
compartirlos con él.
Les pido que me sonrían, dijo, como yo les habré sonreído hasta el final.
Prefieran siempre la vida y reafirmen sin descanso la supervivencia …
Los quiero y les sonrío desde donde quiera que me encuentre.”[8]

“Ni rituales ni oraciones”, escribe, tampoco quiere que nadie se despida de él ante su tumba, los quiere a todos sonrientes, felices, a pesar del dolor de perderlo. Cómo interpretar este último documento, que sentido darle a su voluntad final. Parece un regalo para aquellos que lo sobreviven, una manera de darles su muerte. Pero que sucede con el duelo, cómo privarles a los cercanos la posibilidad de despedirse. Pero quién es él, si ya no está cuando ha muerto. Es un espectro que habla desde un papel, es la voluntad de una conciencia ausente, la voz de un recuerdo que regala su olvido.

Ante estas solicitudes que llegan de ultratumba, los amigos tampoco quedan bien parados. A quién le cumplen, a la voluntad de aquel que no está. Quién es él para decirles como recordarlo o cómo superar su dolor o compartir su pérdida. Cómo justificar su fidelidad al que ya se fue. ¿No es esto acaso otra forma de ritual? No es otra forma de hacerle un culto al muerto.

3. LA HERENCIA DE SADE

En una conferencia pronunciada el 15 de julio de 1992[9] al abordar los trabajos de Philippe Ariès se detiene a reflexionar sobre el testamento del Marques de Sade, citado por el autor, para cuestionar su interpretación. A continuación presentamos la cita a la que Derrida hace referencia:
“(...)que se envíe una nota urgente al señor Le Normand, (...) a fin de pedirle que vaya él mismo, seguido de su carreta, en busca de mi cuerpo para ser transportado(...)quiero que sea depositado sin ninguna ceremonia, en el primer matorral espeso(...) Podrá hacer que le acompañen en dicha ceremonia, si quiere, aquellos parientes y amigos míos que, sin ningún tipo de parafernalia, hayan querido darme esa muestra de afecto. Una vez recubierta la fosa, encima se sembrarán bellotas, a fin de que, (...)las huellas de mi tumba desaparezcan de encima de la tierra, igual que yo me precio de que mi memoria se borrará del espíritu de los hombres, (...)con la excepción,(...), del reducido número de aquellos que han tenido a bien quererme hasta el último momento y de quienes me llevo un dulce recuerdo a la tumba”[10]

Al comparar los dos testamentos no podemos dejar de pensar que las palabras del Marqués estuvieron presentes en la conciencia moribunda del filósofo, por lo que sus comentarios acerca de esta forma de despedirse se vuelven relevantes. Acepta que contiene “contradicciones internas” y que considera que “pide (...) que se monumentalicen las huellas de ese borrarse” y que “se haga una ceremonia de la ausencia de ceremonia,(...)”[11], al final califica la solicitud del escritor como “la intempestividad de un excéntrico que se equivoca de época”[12]Como entender entonces a Derrida que dos siglos después, en otro lenguaje y desde otras circunstancias pide algo parecido, una “ceremonia en ausencia de ceremonia” que permita su olvido en un recuerdo alegre y fugaz.

4. EL PENSAMIENTO Y LAS APORÍAS

Para acercarnos a una posible respuesta, si es que la hay, debemos partir de lo que para Derrida es la función principal del pensamiento. Su sentido aporético, o sea, la capacidad racional de encontrar sus propios límites. Las dudas como elementos fundantes del propio razonamiento. No la incertidumbre, ni la duda metodológica cartesiana, a lo que se refiere el pensador argelino es a la posibilidad de entender a partir del reconocimiento de los límites y las contradicciones de nuestro entendimiento. Él define “aporía” como “una experiencia interminable” y agrega que “ésta debe permanecer como tal si se quiere pensar, hacer que advenga o dejar que venga algún acontecimiento de decisión o de responsabilidad.”[13]

El filósofo sostiene que la riqueza del pensamiento radica en la crítica, en la posibilidad inagotable de evadir el cerco que se cierra por la misma dinámica argumentativa. La experiencia humana, según esta aproximación, debe encontrarse más allá de los límites que establece el correcto ejercicio de la razón.

5. RECAPITULANDO

Como una parada a mitad de camino, para colocar todas las piezas que han resultado de estas reflexiones, nos detendremos para hacer un inventario. Por un lado el judío pasó a ser un “marrano paradójico”, un individuo que se identifica con aquellos otros que por distintas circunstancias han quedado excluidos de toda tradición y definen la suya, radicalmente sólo suya, como una expresión creativa de resistencia a la exclusión.

Pasamos luego al momento en el que Jacques buscó dar su muerte a pesar de pensar que nadie lo podía hacer. Esta presentación se complicó aun más al recuperar sus comentarios críticos sobre la herencia del Marques de Sade donde lo calificó de “un excéntrico que se equivoco de época” por haber solicitado algo parecido a lo que él haría, pedir una ceremonia que cancele la ceremonia y un olvido que haga memoria.

Por último hemos enmarcado todo esta dispersión dentro de una intencionalidad teórica a la que describimos a partir de lo que Derrida llama “aporías”. Continuaremos el itinerario, pero avanzando en el sentido inverso, buscaremos recolocar las piezas en busca de ese sentido trascendente al que debe apuntar el desmantelamiento.

6. DAR LA MUERTE Y LA RESPONSABILIDAD

Cuando Jacques decide escribir una nota para liberar a sus seres queridos del duelo y les pide que sean felices, se está haciendo responsable de ellos, busca darle un sentido a su vida ante la muerte, se hace responsable de ella y se las da a los otros. Como ya se ha señalado, este acto de responsabilidad frente a la finitud nos conduce a una serie de aporías.

La finitud, entendida como absoluta, cancela toda lógica de trascendencia. Después del fin ya no hay más, ni más-allá ni más-acá, por otro lado, la permanencia cancela el fin, lo hace relativo, le quita su especificidad. Desde esta perspectiva pensar que el fallecido no se ha extinguido del todo le quita a la muerte su ser muerte. La memoria del difunto la destruye porque le quita su sentido definitivo. Para el que va a perecer la supervivencia de los demás deja de tener relevancia ante el fin radical. Con su extinción se termina todo porque no hay más. La responsabilidad en cambio, transita en sentido contrario, hay responsabilidad porque hay “otro” radicalmente “otro”, porque hay trascendencia. Considerar a los que sobreviven implica suponer que algo permanece después de la propia muerte. Que el fin no lo es del todo.

Frente a la muerte como fin radical y como cancelación de toda trascendencia surge la primer aporía. La conciencia se encuentra, como diría Rosenzweig,[14] con la imposibilidad de verse a sí mismo como nada. No se trata de una consideración especulativa, la imposibilidad de la nada se experimenta a pesar de toda racionalidad posible. El “yo”, no puede experimentarse como “nada”. Al intentar concebir su disolución, su extinción, su borramiento, siempre queda “algo”. No le es posible reducirse a “nada”. En el silencio de esta aporía existencial, la contundencia de la conclusión racional se resquebraja. Al enfrentar la posibilidad de una cancelación total del todo la trascendencia aparece nuevamente en el horizonte.

La segunda aporía se relaciona con la responsabilidad. La trascendencia se orienta hacia el “otro” radicalmente “otro”, pero como podrá distinguirlo aquel que no es radicalmente “uno”. Es la experiencia de la muerte, de la finitud absoluta la que encuentra al individuo con su ser uno y único, la que le confiere su singularidad. La otredad del “otro” adquiere sentido al experimentar la soledad radical.

La muerte marca estos dos momentos simultáneos y contradictorios. Sin trascendencia no hay fin radical y sin terminación absoluta no hay otredad. No hay responsabilidad sin la muerte y no hay fin sin ser para los otros. En el momento en el que se experimenta este choque de sentidos al interior de la experiencia singular, surge la motivación de “dar la muerte” como un regalo paradójico. Es ahí donde se comprende el sacrificio. No hay una secuencia, ni un primero ni un después, al mismo tiempo que se asume la soledad radical adquiere sentido la responsabilidad por los que quedan.

Pero esta no es la finitud que expresa la razón filosófica ni la trascendencia de la fe religiosa. Es la respuesta existencial de un absoluto individualismo de la fe que se acompaña de un pensamiento radicalmente crítico. Surge en esa rebelión a la cultura que Derrida a denominado “marranismo paradójico”.

7. LA MUERTE AL SERVICIO DE LA TRADICIÓN

La muerte para la cultura tiene una dimensión distinta de la que tiene para el individuo, es parte de una tradición. En la extinción de sus individuos construye la cultura su permanencia. Mientras que para cada uno, el experimentar la propia finitud conduce a una soledad radical y a una responsabilidad absoluta, para el conjunto social la muerte de alguien es una oportunidad para la cohesión, el borramiento de lo singular y la transvaloración de la responsabilidad por culpa. Aquí es donde nacen los rituales fúnebres y las distintas formas de hacer los duelos. Es aquí donde se hace de la memoria un instrumento de control destinado a perpetuar el lugar del “deudo”.

El fallecido ha quedado silenciado, no sólo por su desaparición física y la descomposición o desintegración de su cuerpo, la sociedad se apropia de su finitud y la recicla para sus propios intereses. La tradición lo despoja de su derecho a ser “uno” más allá de rituales y oraciones, lo entierra en el olvido de la “fosa común del recuerdo indistinto” mal llamado memoria.

8. DAR LA MUERTE POR UN MARRANO PARADÓJICO.

Derrida se definió a sí mismo como un marrano paradójico. La figura del cripto-judío es retomada por él para representar un espacio de la condición humana que va más allá de la definición de un momento histórico. Él define al marrano de la siguiente mera:

“[...]Si se llama marrano, figuradamente, a cualquiera que permanezca fiel a un secreto que no ha elegido, allí mismo donde habita, en casa del habitante o del ocupante, en casa del primer o del segundo arribante, allí mismo en donde reside sin decir no pero sin identificarse con la pertenencia, pues bien, en la noche sin contrario en donde lo mantiene la ausencia radical de cualquier testigo histórico, en la cultura dominante que, por definición, dispone del almanaque, dicho secreto conserva al marrano antes incluso de que éste lo guarde a él.”[15]

Para comprender mejor esta figura tomemos el ejemplo histórico, pensemos en los criptojudíos que habitaron estas tierras hace varios siglos. El criptojudío fue un hombre que ante la sociedad católica debía practicar todos y cada uno de los rituales que esta religión le demandaba y debía evitar cualquier conducta que lo identificara como judío. Por el otro lado, en la clandestinidad buscaba cumplir, lo más y mejor posible, con los rituales judíos.

Debía aparecer en todas las ceremonias religiosas, misas, bodas, comuniones. Conocer los rezos, confesarse, comulgar, debía casarse ante un sacerdote católico, bautizar a sus hijos, enterrar a sus muertos en sepultura cristiana. Debía comer públicamente cerdo y alimentos prohibidos para el judaísmo, no debía guardar el sábado, ni circuncidar a sus hijos, no podía pronunciar palabras en hebreo ni demostrar ninguna simpatía por los que habían sido acusados de judaizantes.

El ritual y la oración que debía seguir el criptojudío eran de la fe que abominaba, mientras que la que callaba y a la que renunciaba era aquella que pronunciaba en silencio, la que guardaba en secreto. Un marrano le regalaba a sus seres queridos su muerte permitiendo ser enterrado en lo que él consideraba rituales y oraciones idólatras, para protegerlos de los tentáculos de la inquisición. Lo que le daba fuerza es aquella fe guardada en secreto, en soledad como el último y el único judío.

9. A MANERA DE CONCLUSIÓN

La figura histórica del criptojudío ejemplifica lo que Derrida describe como “marranismo paradójico” y su manera de entender aporeticamente el “dar la muerte”. Ante la finitud radical, frente a esa experiencia de la singularidad total, todos los rituales y oraciones se muestran como lo que son, manifestaciones culturales de una culpa que exige su cuota hasta el último de los momentos. Nadie parece poder escapar, porque si el moribundo no cumple, la deuda les queda a sus seres queridos. Quien no se somete a los dictámenes de la tradición es víctima de los mecanismos opresivos de la culpa.

Derrida acepta ser considerado judío, sólo si entendemos el judaísmo como criptojudaísmo, o sea, como espacio histórico de resistencia. Como espacio sin lugar que acoge a todos los exiliados de la historia, de todas las culturas, que viven y mueren ocultando sus secretos. Jacques nos dio su muerte como corolario aporético de su vida. Sin “rituales ni oraciones”, sin sentimientos de culpa, sin adeudos interminables e impagables con la cultura dominante que reditúa con ella.
A la manera “marrana” pidió un ritual del no ritual, una plegaria que desconstruyera las oraciones. Como respuesta a su solicitud, y ya que se trata de un homenaje, regalémosle a él y a todos los que nos han “dado su muerte”, una sonrisa que exprese que preferimos la vida y reafirmamos sin descanso la supervivencia.

BIBLIOGRAFÍA

1. Derrida Jacques, Adiós a Emmanuel Lévinas; Palabras de Acogida, Traducción de Julián Santos Guerrero, Trota, Madrid, 1998
2. Derrida Jacques, Aporías; Morir-esperarse (en) <> Traducción de Cristina de Peretti, Piados, Buenos Aires, 1998
3. Derrida Jacques, “Confesar- Lo Imposible. <>Arrepentimiento y Reconciliación ” Versión castellana de Patricio Peñalver, en, La Filosofía después del Holocausto; Edición Confiada al Cuidado de Alberto Sucasas, Riopiedras Ediciones, Barcelona 2002. pp. 149-181
4. Derrida Jacques, Dar la Muerte, traducción de Cristina de Perretti y Paco Vidarte, Piados, Barcelona, 2000.
5. Derrida Jacques, Derrida Jacques, en Salut à Jacques Derrida, Revista del Collège International de Philosophie, Número 48, Presses Universitaires de France, París, 2005.
6. Derrida Jacques Mal de archivo; Una impresión Freudiana, Traducción de Paco Vidarte, Editorial Trota, Madrid, 1997
7. F. Rosenzweig. La Estrella de la Redención, traducción de Miguel García-Baró, primera edición en alemán en 1921,Sígueme, Salamanca, 1997.
Notas
[1] J. Derrida, “Confesar- Lo Imposible. <>Arrepentimiento y Reconciliación ” en, La Filosofía después del Holocausto; Edición Confiada al Cuidado de Alberto Sucasas, Riopiedras Ediciones, Barcelona 2002. pp. 149-181.Ponenecia presentada en el <> (París), diciembre 1998 Versión castellana de Patricio Peñalver. pp. 162
[2] Ibidem
[3] Ibid. pp. 162-163
[4] Ibid. 163
[5] Iibidem
[6] J. Derrida, Dar la muerte, traducción de Cristina de Perretti y Paco Vidarte, Piados, Barcelona, 2000. p.49
[7] J. Derrida, Derrida Jacques, en Salut à Jacques Derrida, op. cit.
[8] Ibidem. La palabra final del primer texto, la survie, que traduje supervivencia, tiene el sentido de sobrevivir físicamente, como en español, pero también alude a la vida después de la muerte. En español esa segunda posibilidad exige explicitarla, como en la expresión “sobrevive en el recuerdo”, o en “la vida que sigue a la terrenal”, según las creencias religiosas. En francés está implícita. N.T.
[9] Publicada en: J. Derrida Aporías; Morir-esperarse (en) <> Traducción de Cristina de Peretti, Piados, Buenos Aires, 1998.
[10] Ibid. nota 9, p.86. La cita no es directa, lo que se está citando es Philippe Ariès, El hombre ante la muerte, p. 292
[11] Ibid. p.86
[12] Ibid. p.87
[13] Ibid. p.36
[14] F. Rosenzweig. La Estrella de la Redención, traducción de Miguel García-Baró, primera edición en alemán en 1921, Sígueme, Salamanca, 1997. p.44

[15] J. Derrida Aporías; Morir-esperarse (en) <> op.cit. pp.129-130

[*] Esta ponencia se presentó el día 9 de noviembre del 2005 en el “Coloquio Internacional sobre Humanismo en el Pensamiento Judío” organizado por la Universidad Iberoamericana de México, el cual se le dedicó a Jacques Derrida. N.A.
[**] J. Derrida, Derrida Jacques, en Salut à Jacques Derrida, Traducción María Isabel Hernández Guerra, Revista del Collège International de Philosophie, Número 48, Presses Universitaires de France, París, 2005. p.6 Quiero agradecer al Dr. Roberto Castro por haberme facilitado este material.

sábado, 15 de noviembre de 2008

EL KAFKA DE BENJAMÍN

El título de esta reflexión “El Kafka de Benjamin” dibuja los contornos de esta aproximación. Se trata de presentar lo que un filósofo piensa de la obra de un literato y consiste también en investigar en que medida existe una identificación entre el crítico y el autor que analiza. Decir que Kafka es de Benjamin no significa que existen varios “Kafkas”, la expresión se refiere a la naturaleza del encuentro. Por medio de su elección el pensador se compromete a hablar por ambos, sin que el otro pueda defenderse. Nuestra responsabilidad es la de revertir esta injusticia, buscando ofrecerle un foro para que responda, compromiso que se extiende a los participantes. Sea pues una invitación para hacer justicia desde la palabra.
“El Kafka de Benjamin” nos conduce a 1934. Walter Benjamin[1], filósofo alemán de origen judío, se había exiliado de Alemania después del ascenso del nacionalsocialismo. En este año, un diario judío alemán, el Jüdische Rundschau, publicó la primera y la tercera parte de su ensayo sobre Kafka. Fue un trabajo que según cuenta su amigo Gershom Scholem, también pensador judío alemán de origen judío, le fue encargado gracias a su intervención personal.[2] Lo que motivo este interés fue el décimo aniversario de la muerte del escritor Checo de origen judío. Cuatro años después, en el verano de 1938 y dos años antes de que se quitara la vida huyendo de los nazis, Benjamin le escribe a su amigo Scholem que radica en Palestina una carta dedicada a sus reflexiones sobre Kafka[3].
Antes de abordar los textos nos detendremos en las biografías[4]. Ambos provenían de familias judías en las que sus respectivos padres se habían alejado de la religión, conservando tan sólo una expresión tradicionalista más cercana a lo que se podría definir como una vida laica. Si bien Kafka era checo, debemos tener presente que en esos años, Praga se encontraba bajo el dominio del Imperio Austro-húngaro. La cultura en la que se educó fue la alemana. El idioma en la que los dos escribieron fue el alemán.
Los padres de ambos tenían una personalidad muy dominante, eran hombres de buena posición económica pero a los que sus hijos temían y en alguna parte rechazaban. Para ambos la relación con sus respectivas madres fue de cercanía emocional y de identificación pero, en ambos casos, la figura paterna se impuso sobre la materna. Para los dos el tema de sus relaciones amorosas fue tormentoso.
Los dos pensadores tenían una relación compleja con el judaísmo, los dos sentían una atracción nostálgica hacia una tradición que no les fue legada y la que no terminaban de hacer propia. En ciertos momentos de sus vidas se sintieron atraídos por el Sionismo y estudiaron hebreo con la intención de viajar a Palestina. Ninguno de los dos concreto este plan. Tanto uno como otro sentían un acercamiento que se tradujo en relaciones personales fundamentales, como es el caso de la amistad de Kafka con Max Brod y de Benjamin con Gershom Scholem. Estos dos amigos mantuvieron activo su judaísmo, emigraron a Palestina y vivieron la creación del Estado de Israel.
En el caso de ambos, el deseo de participar de una vida judía, sea religiosa o nacional, no se conciliaba con el sentido de pertenencia al proyecto universal. Ellos orientaron sus palabras en un sentido cosmopolita, resistiéndose a la tentación nacionalista. Ambos fueron dignos representantes del exilio, herederos de la ilustración judía conocida por su nombre hebreo Haskalah.
En el caso de Kafka su postura queda asentada en su diario cuando afirma: “No me condujo por la vida la mano del Cristianismo, por otra parte en pesada mengua como Kierkegaard, ni pude tampoco aferrar el último borde del abrigo de la plegaria hebrea, que ya se iba, como los sionistas. Yo soy principio y fin.”[5]. En Benjamin encontramos también una declaración al respecto cuando afirma en una carta a Ludwig Strauss del 11 de septiembre de 1912:
“Es así que el Estado judío aparece como la única salvación. La cual sería aceptable, quizás, si se piensa en los judíos de Europa oriental. (...) Para el judaísmo de Europa occidental las cosas no son así. Existe la posibilidad de conducirlo a la autoconciencia, precisamente a través de una organización de la vida espiritual judía en lengua alemana. Éste me parece ser hasta ahora el único camino viable.” [6]

La compleja relación de Benjamin con el judaísmo y su identificación en este aspecto con el escritor checo, quedó de manifiesto en la polémica que sostuvo, a partir de su ensayo sobre Kafka, con otro amigo suyo, Bertold Brecht. Esto sucedió en una de sus visitas en Svendborg en Dinamarca, durante su exilio. En sus anotaciones del día 31 de agosto de 1934 escribe: “Anteayer, un largo y acalorado debate sobre mi Kafka. Su fundamento: la acusación de que Kafka favorece el fascismo judío, de que aumenta y extiende la oscuridad en torno a esta figura en lugar de disiparla.” [7] Unas líneas más adelante recuerda que en esta polémica su anfitrión comentó que: “El pequeño burgués tiene por fuerza que fracasar. Su situación es la de Kafka.” [8] Y luego recuerda como lo cuestiona a partir de su trabajo como abogado en el sector de los seguros, afirmando que: “Es una ironía kafkiana que el hombre que de nada se muestra tan convencido como de la caducidad de todas las garantías sea funcionario de seguros.”[9] Benjamin debatió con Brecht sobre Kafka pero en el fondo estaba hablando de sí mismo, de su ser judío y pequeño burgués ante la mirada crítica de un marxista al que respetaba.
Estos trazos paralelos de sus vidas personales y de su relación con el judaísmo nos permiten avanzar en la presentación del “Kafka” de Benjamin. Max Brod, el amigo del escritor checo, escribió una biografía basada en la autoridad que le había conferido su amistad. En ella escribe: “La categoría de la santidad (y no la de la literatura) es la única bajo la cual pueden ser contempladas la vida y la obra de Kafka”[10]. Benjamin rechaza la “tesis de que Kafka se encontraba en camino de la santidad”[11] y para rebatirla le escribe a Scholem: “La obra de Kafka es una elipse, cuyos focos, muy alejados entre sí, están determinados, por un lado, por la experiencia mística (que es, sobre todo, la experiencia de la tradición [Cábala]), y por otro, por la experiencia del hombre moderno de la gran ciudad.”[12]
Como si estuviera hablando de sí mismo, Benjamin aborda la obra kafkiana en términos de una situación polarizada donde la escritura no consigue asentarse en ninguno de lo extremos. La Cábala judía, nombre con la que se define la tradición mística, y en cuyo centro se ubica la figura del Mesías, se encuentra al otro extremo del mundo que ha construido el capitalismo en el corazón de Europa. Esta forma geométrica de describir completa las parábolas con las que habla de Kafka en su texto de 1934.
El filósofo alemán se ve a sí mismo representado en la vida y la obra del escritor checo. El siente que su propia experiencia desgarrada en la Europa fascista y antisemita lo condena, al igual que al literato, a perder toda esperanza. Desde esta perspectiva aborda el tema del mesianismo cuando escribe:
“De <> puede inferirse que los procedimientos legales no le permitan al acusado abrigar esperanza alguna, aun en esos casos en que existe la esperanza de la absolución. Puede que sea precisamente esa desesperanza la que concede belleza únicamente a esas criaturas kafkianas. Eso por lo menos coincide perfectamente con ese fragmento de conversación que nos trasmitiera Max Brod. <>, escribió. <<”Somos”, dijo, “pensamientos nihilísticos, pensamientos suicidas que surgen en la cabeza de Dios”. (...) “Nuestro mundo no es más que un mal humor de Dios, uno de esos malos días.” “¿Existe entonces esperanza fuera de esta manifestación del mundo que conocemos?” El sonrió. “Oh, bastante esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros”>>” [13]

Para Benjamin, al igual que para Kafka, había dejado de haber esperanza. Europa se iba cubriendo de un manto fascista que enarbolaba el antisemitismo como una de sus principales consignas. El viajar a Palestina significaba para ambos “el último bote en un barco que naufragaba” significaba claudicar al sueño de una cultura universal. En carne propia experimentaron la enajenación que en unos pocos años después se traduciría en exterminio. Auschwitz habría de darle a la frase “Oh, bastante esperanza, infinita esperanza, sólo que no para nosotros” el carácter de sentencia de muerte en un proceso cuyo término no lograron ver.
Benjamin, con una mano en la dialéctica y con la otra en la tradición judía buscó una lectura a este callejón sin salida, y reconoció hasta que punto Kafka ya lo había comprendido. Antes de continuar es importante recordar que Gershom Scholem dedicó su vida al estudio de la mística judía, no sería exagerado afirmar que fue uno de sus más importantes investigadores. Estos temas acompañaron su amistad a lo largo de los años, en su correspondencia constatamos este intercambio. Una expresión de la relevancia de esto último se encuentra en el poema Saludo del Angelus [14] que Scholem le escribió a Benjamin haciendo alusión al cuadro de Paul Klee Angelus Novus, y de donde el filósofo tomó una parte para ponerla como epígrafe en su tesis IX de Filosofía de la Historia.
En el relato cabalista, para crear el mundo, el Infinito Bendito Sea, se constriñe a Sí Mismo para formar la Nada. Este proceso de nihilización voluntaria que es precondición para la creación del mundo, en hebreo recibe el nombre de Tzimtzum. Dios entra al mundo a partir de su alejamiento radical, por lo que la redención presupone este momento de total oscuridad que permite el surgimiento de la luz. Es tarea del hombre “auxiliar” a Dios a regresar de su autoexilio, a esto se le llama tikun o corrección.
Para que el hombre no escape a su responsabilidad, esperando que las cosas se resuelvan sin su intervención, Dios se aleja y vacía el mundo de esperanza, ahí radica el sentido místico en el que se inspira la interpretación que hace Benjamin de la dialéctica. El Mesías representa el ideal del hombre que, renunciando a toda expectativa mitológica, asume la total responsabilidad en una praxis revolucionaria.
Para comprender el sentido de este mesianismo de lo concreto que surge en un mundo donde “hay una infinita esperanza, solo que no para nosotros”. Y para abordar la obra de Kafka, Benjamin recurre al cuento jasídico. El Jasidismo, fue un movimiento que agrupó a miles de judíos en la Europa Oriental. Este movimiento data de principios del siglo XVIII, responde a la decepción ante el falso mesianismo de Shavetai Tzvi y a las masacres del líder cosaco Bogdan Jmielnicki que entre 1648 y 1656 asesinó a más de 100,000.00 judíos con lujo de crueldad[15]. Estos creyentes abrazaron una fe que consistía en la exaltación de la vida piadosa, pero a través de los trabajos característicos de una clase media rural de pequeños artesanos y comerciantes. Los miembros de las pequeñas aldeas vivieron durante décadas con una vitalidad que contrastaba con su pobreza y persecución.
La figura del Mesías y la tradición cabalista se tradujeron en una forma cotidiana de vida donde la esperanza dejó de ser una espera en lo que vendrá y se convirtió en una fuerza de realización práctica. La desilusión ante la promesa en forma de mito, el reconocimiento de que la redención no llegará, desencadenó una praxis solidaria donde la responsabilidad por el prójimo se acompañó de una revitalización de la esperanza. En esta expresión mística, que Martin Buber definió como “mesianismo de la continuidad”[16], el relato tuvo una función primordial. En los cuentos jasídicos, en su mayoría trasmitidos oralmente, se exigía del oyente un ejercicio hermenéutico que condujera a una enseñanza práctica.
Para hablar de Kafka, Benjamin nos cuenta que: “En un pueblito jasídico (...) en una fonda miserable[17]” los asistentes se pusieron a contar sus fantasías, “Uno pidió dinero, el otro un yerno, y el tercero un banco de carpintero” al terminar todos presionaron a un mendigo desconocido sentado en un rincón para que contara su fantasía, ante la presión aceptó revelárselas y les contó lo siguiente:

“<> Los demás se miraron atónitos unos a otros. <>, atinó a preguntar uno. <>”[18]

La literatura de Kafka es para Benjamin como la historia que cuenta el mendigo. Una parábola que nos conduce por la fantasía más absurda cuya finalidad primordial es iluminar la miserable condición en la que nos encontramos agazapados. El relato se enfrenta a la fantasmagoría, frente a la utilización que hace el mercado de los sueños, frente a la apropiación que el capitalismo hace del futuro ilusorio en la promesa de progreso, la literatura kafkiana y su crítica literaria, exhiben el presente desnudo, nos regresan al pasado de las injusticias no resueltas. Por eso nos dice que:
“Esta historia nos adentra en las profundidades del gobierno del mundo de Kafka. Nadie afirma que las deformaciones que el Mesías corregirá una vez llegado, sólo correspondan a nuestro espacio. Son ciertamente también las deformaciones de nuestro tiempo. Kafka sin duda pensó en ello.”[19]

Este mesianismo de lo concreto, esta esperanza en el futuro que nace de la total desesperanza en el presente y que mira al pasado para corregirlo, está en el escritor checo, su definición del Mesías no deja lugar a dudas. En su diario escribe: “El Mesías llegará sólo cuando no haga ya falta, llegará sólo un día después de su propia llegada, no llegará en el último día, si no en el ultimísimo”.[20] Esta imagen compartida del Mesías abreva de la misma tradición que les era bastante conocida a ambos.
Gershom Scholem lo resume de esta manera: “Por su origen y esencia, el mesianismo judío es una teoría de la catástrofe, cosa que nunca se subraya demasiado. Esta teoría hace hincapié en el elemento revolucionario y demoledor que se encierra en el tránsito del presente histórico al futuro mesiánico.”[21] El sentido de la catástrofe que la tradición denomina como los “dolores del parto del Mesías”[22] se produce en el mismo momento que la utopía como parte del mismo movimiento, “en su unicidad hacen valer en toda su fuerza ambas caras del acontecimiento mesiánico.”[23]
El Mesías no es una figura mitológica para ninguno de los dos, tampoco simboliza un lugar ideal de un futuro que sirve para justificar las políticas del presente y las injusticias del pasado. La salvación surge en un mundo donde toda esperanza ha sido desterrada. Cuando las condiciones concretas de la misma experiencia humana han creado un mundo ruinoso, inhóspito en el que el hombre lo único que quiere es dejar de estar en él, evadirse desesperadamente. Este es el significado que Benjamin encuentra en su forma de interpretar dialécticamente el concepto tradicional de catástrofe, a la que hace alusión la frase: “dolores del parto del Mesías”.
Así es como también entiende la obra de Kafka, a esto se refiere con la imagen de la elipse en la que en un foco está la mística y en el otro la experiencia del hombre moderno. Por eso escribe que:

“Con Kafka callan las sirenas. Quizá también porque allí la música y el canto son expresiones, o por lo menos fianzas, de evasión. Una garantía de esperanza que rescatamos de ese entre mundo inconcluso y cotidiano, tanto consolador como absurdo, en el que los asistentes se mueven como en su casa.”[24]

El escritor consigue, según la interpretación del filósofo, plasmar en imágenes literarias el mundo ruinoso que logra ver el Ángel de la Historia. Los lúgubres pasillos de una asfixiante burocracia, los infructuosos esfuerzos por encontrar al responsable anónimo de nuestra miseria, la condena del tirano que con el título de padre justifica su impunidad. Como “campanazos”[25] sus imágenes nos obligan a mirar la realidad que permanece cuando se desvanece la ilusión creada por la fantasía. Cuando despertamos, junto con Gregorio Samsa o José K., del sueño fabricado por la lógica del mercado y su creación de necesidades.
Las criatura kafkianas, nos hacen experimentar el exilio radical en el que la sociedad nos ha confinado. Para explicarlo, y nuevamente al estilo jasídico, Benjamin nos cuenta un cuento:

“La leyenda cuenta de una princesa que en el destierro, lejos de sus compatriotas, languidece en un pueblo cuyo idioma no comprende. Un día le llega una carta; su prometido no la ha olvidado, la ha ubicado, y ya está en camino para venir a buscarla. El prometido es el Mesías, dice el rabino, la princesa es el alma, y el pueblo en que está desterrada es el cuerpo. Y para expresar su alegría al cuerpo, del que no conoce la lengua, no tiene más recurso que organizar una comida. Este pueblo talmúdico nos transporta al centro del mundo kafkiano. Tal como K. habita en el pueblo del Monte del castillo, habita hoy el hombre contemporáneo en su propio cuerpo; se le escurre y le es hostil.”[26]

El insecto en el que Gregorio Samsa queda atrapado, ese cuerpo que le estorba, que lo aprisiona y termina llevándolo a la muerte. Representa, para Benjamin, el otro foco en la elipse, la situación insostenible de la que debe nacer la esperanza, precisamente porque ya no queda ninguna. El alma que alimenta al cuerpo en la historia talmúdica es la respuesta que encuentra el filósofo para las figuras de la literatura kafkiana. El cuerpo nos es hostil, tal y como lo habían entendido los ascetas, pero la solución que Benjamin reconoce en Kafka transita en el sentido contrario a su abandono. Lo que exige el hombre es que le permitan volver a vivir en el mundo del que ha sido desterrado. La sociedad moderna se ha construido sobre una paradoja; entre más materialista se vuelve más nos aleja de la materia. Esta es la condena a la que nos ha sometido el idealismo.
La reproducibilidad técnica[27] que expresa la racionalidad instrumental del capitalismo, destruye la singularidad y la reemplaza por la serie. El individuo deja de habitar el mundo en lo que fue su espacio y es reasignado dentro de un nuevo orden. El cuerpo que recibimos ya no es el nuestro, hemos reencarnado en números, en estadísticas, en definiciones que ya no nos pertenecen. A esto se refiere cuando afirma que:

“Cambiando de palabra, Kafka hubiera podido definir la organización como destino. Eso se lo planteó no sólo en relación a las hinchadas jerarquías de funcionarios de El Proceso y de el Castillo, sino de forma más palpable en las complicadas e inabarcables empresas de construcción, cuyo digno modelo trató en La Construcción de la Muralla China.”[28]

La palabra tiene entonces ese doble filo que la hace tan peligrosa. Con un lado se despliega para hacer de la organización un destino, se convierte en el instrumento que fábrica los sueños requeridos en la lógica del mercado. Nos arranca del mundo y nos reencarna en esos cuerpos extraños que describe Kafka. Pero por el otro, puede cortar las ataduras por medio de representarnos a donde nos hemos dejado conducir. Se convierte en una suerte de espejo que, ante nuestra lectura, nos regresa la imagen real de nuestra existencia deteriorada.
El fin de Benjamin parece seguir los pasos de Kafka. Aunque es cierto que el escritor murió de tuberculosis en 1924, y el filósofo se quitó la vida en 1940, para los dos su vida culminaba en el fracaso. Al referirse al testimonio de Brod que cuenta como su amigo le pidió que a su muerte destruyera sus escritos, Benjamin comenta que: “Este testamento que ningún tratamiento sobre Kafka puede ignorar, habla de la insatisfacción del autor con sus textos, de lo que considera como esfuerzos fallidos, de que cuenta entre aquellos condenados al fracaso.” [29]
El mismo Kafka se refiere a sí mismo como un fracasado, en su diario comenta: “No es haraganería, mala voluntad, necedad (...) lo que me ha hecho fracasar, o no me ha dejado ni siquiera fracasar en todas mis cosas: la vida familiar, la amistad, el matrimonio, la profesión, la literatura, si no la falta de terreno bajo los pies, de aire, de leyes” [30]. Ambos mueren muy jóvenes sin tierra, sin aire y sin leyes. Mueren dando cuenta de lo que significa una infinita esperanza pero no para ellos.
A muy pocos años de su desaparición, sus más terribles imágenes literarias se convirtieron en realidades. Los nazis transportaron seres humanos a la muerte en vagones de ganado, marcaron con fuego números en los brazos de las personas, ejecutaron inocentes por millones sin requerir de sentencias, acusándolos de llevar sus culpas en sus propias genealogías. Llevaron a los hombres a experimentar un infierno donde las necesidades vitales se convirtieron en ins trumentos de tortura. El hambre, el frío y las enfermedades obligaron al prisionero a convertir su propio cuerpo en celda y herramienta para su ejecución.
Desde nuestra mirada privilegiada podemos verlos a ambos y comentarles que el olvido no silencio su palabra. Que sus textos, traducidos a la mayoría de los idiomas, convocan a pensadores de todo el mundo a encuentros como este. Que gracias a ambos, a su inapreciable esfuerzo por hablar desde la antesala del infierno, podemos hoy en día trabajar para que una parte de esa esperanza sea también para nosotros.



1. Benjamin Walter, Escritos Autobiográficos, Traducción Teresa Rocha Barco, Alianza Editorial, Madrid, 1996
2. Benjamin Walter y Scholem Gershom, Correspondencia 1933-1940, Versión castellana de Rafael Lupiani, Taurus, Madrid 1987
3. Benjamin Walter Cuatro cartas sobre judaísmo y sionismo (1912-1913),en, Pensamientos de los Confines, número 1, segundo semestre de 1998, Universidad de Buenos Aires y Diotima, Buenos Aires, 1998, pp. 95-105
4. Benjamin Walter, Franz Kafka, en, Para una Crítica de la Violencia y otros Ensayos, Iluminaciones IV, Introducción y selección de Eduardo Subirats, Traducción de Roberto Blatt, Taurus, Madrid, 1999. pp.- 135-161
5. Benjamin Walter, La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica, en Discursos Interrumpidos I, Prólogo, traducción y notas de Jesús Aguirre, Taurus, Madrid, 1973
6. Brod Max, Kafka, traducción de Carlos F. Grieben, Emecé Editores, Buenos Aires, 1951
7. Buber Martin, Dos Modos de Fe, Caparrós Editores, Madrid, 1996
8. Kafka Franz, Consideraciones Acerca del Pecado el Dolor la Esperanza y el Camino Verdadero, Editorial Alfa Argentina, Buenos Aires, 1975
9. Robert Marthe, Franz Kafka o la Soledad, Traducción J. F. Santana, Fondo de Cultura Económica, México, 1982
10. Scholem Gershom, Conceptos Básicos del Judaísmo; Dios, Creación, Revelación, Tradición, Salvación, Traducción José Luis Barbero, Trotta, Madrid, 1998
11. Scholem Gershom, Walter Benjamin; Historia de una Amistad, Ediciones Península, Barcelona, 1987
12. Witte Bernd, Walter Benjamin; Una Biografía, traducción Alberto L. Bixio, Gedisa, Barcelona 1990
[1] Para el apoyo biográfico, ademas de las obras citadas, ver: B. Witte, Walter Benjamin; Una Biografía, traducción Alberto L. Bixio, Gedisa, Barcelona 1990
[2] G. Scholem, Walter Benjamin; Historia de una Amistad, Ediciones Península, Barcelona, 1987. p. 205
[3] W. Benjamin y G. Scholem, Correspondencia 1933-1940, Versión castellana de Rafael Lupiani, Taurus, Madrid 1987. p. 242-251
[4] Para la biografía de Kafka, además de la de Brod que se cita adelante ver: M. Robert, Franz Kafka o la Soledad, Traducción J. F. Santana, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.
[5] F. Kafka, Consideraciones Acerca del Pecado el Dolor la Esperanza y el Camino Verdadero, Editorial Alfa Argentina, Buenos Aires, 1975. p. 87-88.
[6] W. Benjamin Cuatro cartas sobre judaísmo y sionismo (1912-1913)en Pensamientos de los Confines, número 1, segundo semestre de 1998, Universidad de Buenos Aires y Diotima, Buenos Aires, 1998. pp. 95-105. p.95
[7] W. Benjamin, Escritos Autobiográficos, Traducción Teresa Rocha Barco, Alianza Editorial, Madrid, 1996. p. 251
[8] Ibid. P. 252
[9] Ibidem
[10] M. Brod, Kafka, traducción de Carlos F. Grieben, Emecé Editores, Buenos Aires, 1951. p. 62
[11] W. Benjamin y G. Scholem, op. cit. p. 243
[12] Ibid. p.246
[13] W. Benjamin, Franz Kafka, en Para una Crítica de la Violencia y otros Ensayos, Iluminaciones IV, Introducción y selección de Eduardo Subirats, Traducción de Roberto Blatt, Taurus, Madrid, 1999. pp..- 135-161. pp.139-40
[14] W. Benjamin, Correspondencia, op. Cit. p. 95
[15] M. Gilbert, Atlas de la Historia Judía, Lasser Press Mexicana, México, 1979. p. 55
[16] M. Buber, Dos Modos de Fe, Caparrós Editores, Madrid, 1996. pág. 102
[17] W. Benjamin, Franz Kafka, op.cit. p. 157
[18] Ibidem
[19] Ibidem
[20] F. Kafka, Consideraciones Acerca del Pecado el Dolor la Esperanza y el Camino Verdadero,op. cit. p. 65.
[21] G. Scholem, Conceptos Básicos del Judaísmo; Dios, Creación, Revelación, Tradición, Salvación. Traducción José Luis Barbero, Trotta, Madrid, 1998. p. 106
[22] Ibidem
[23] Ibid. p.107
[24] W. Benjamin, Kafka,op. cit. P.141
[25] Ibid. p. 144
[26] Ibid. p. 149
[27] W. Benjamin, La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica, en Discursos Interrumpidos I, Prólogo, traducción y notas de Jesús Aguirre, Taurus Madrid, 1973. p. 16-60.
[28] W. Benjamin, Kafka, op. cit. p. 146
[29] Ibid. 152
[30] F. Kafka, Consideraciones Acerca del Pecado el Dolor la Esperanza y el Camino Verdadero, op. cit. p. 87.